BOLBORETA 45
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El vapor ascendía de la cocina en densas columnas, empañando mis gafas. El aroma de verduras frescas era tibio y cotidiano, un gesto casi absurdo de normalidad para alguien como yo, cuyo cuerpo y alma habían sido devorados la noche anterior.

El cuchillo golpeaba la tabla con un tic-tic errático, aumentando mi nerviosismo. Entonces, unos pasos descendieron por las escaleras. El metal tembló en mi mano y una gota de sudor se deslizó por mi sien.

Salí de la cocina; la falda rozaba mis muslos de forma incómoda, demasiado corta, hasta que me detuve en el recibidor. Luther fue el primero en bajar los escalones. Al verme, sus ojos se abrieron un instante, con una breve chispa de sorpresa.

―Luna ―murmuró Tony a su lado, apretando la mandíbula al ver mi atuendo. La furia cruzó su rostro antes de que desviara la mirada, sofocando cualquier emoción que pudiera delatarlo.

El siguiente en aparecer fue Dustin, quien se quedó parado a medio camino.

―Lu-Luna… ―musitó con la voz hecha añicos.

Quise abrazarlo, protegerlo de todo… hasta que Niklaus irrumpió en lo alto de las escaleras. Su mirada era puro horror y rabia al verme con el uniforme. Bajó un peldaño, pero Egbert le sujetó el hombro antes de que pudiera avanzar. No dijo nada; agachó la cabeza, conteniéndose a duras penas.

―Buen chico ―habló su padre, lo bastante alto como para que yo lo oyera.

Niklaus descendió los últimos escalones sin mirarme y pasó de largo, como si no existiera. Luther, Tony y Dustin salieron tras él.

―Señor Brauer. ―Incliné la cabeza por inercia, tal como me había enseñado Adelaida.

Su sonrisa se ensanchó.

―No regresaremos hasta la noche. Ocúpate de la cena. Tendremos un invitado especial. A partir de ahora, toda la casa queda bajo tu responsabilidad.

―¿Yo sola?

Arqueó una ceja.

―Completamente sola ―dijo, saboreándolo―. Adelaida ha sido despedida. Los cocineros, las sirvientas… todos se han ido. No queda nadie aquí para ayudarte ni para protegerte.

Sola… encerrada en su territorio, sin testigos ni aliados, sin escapatoria.

―¿Lo has entendido?

―Sí… señor Brauer.

―Gut. So gefällt es mir (Bien. Así me gusta).

Me incliné de nuevo, casi hasta el suelo, como si estuviera frente a un rey. Y lo estaba. Era el rey de la Spinnenmafia, y yo… su súbdita.