BOLBORETA 44
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Me desperté con un dolor sordo atravesándome la cara y el cráneo. Parpadeé, intentando recomponer los fragmentos de la pesadilla: Dustin, Egbert, lloros, golpes, sangre… y, entre todo, la mirada preocupada de Niklaus.

Un crujido casi imperceptible vino desde atrás. Adelaida se sentó en el borde de la cama, escurriendo una toalla en un cuenco con agua tibia.

―Debería haberte protegido mejor ―murmuró, presionando con cuidado la tela contra mi mejilla hinchada―. Tendría que haberte sacado de aquí antes de que los Brauer te arrastraran a su mundo.

―La culpa no es tuya. Es de Egbert.

Me llevé la mano a la cara, tocando la venda que me cubría la nariz y el labio.

―¿Qué hora es? ¿Cuánto tiempo he estado dormida?

Adelaida guardó silencio.

―Necesito verlos… a Niklaus, a Dustin.

―Nein (No).

Le aparté la toalla de un manotazo y me incorporé, apoyándome en los codos. Me puse las gafas y la habitación, antes borrosa, se volvió nítida de golpe.

―No puede ser… ―musité al ver mi uniforme recortado hasta lo indecente para humillarme―. ¿Para esto me ha dejado con vida? ―pensé en voz alta.

Ella suspiró, agotada.

―Luna, ignóralos. Actúa como si no existieran. Como si no los conocieras. Por tu bien… y por el de ellos.

―¿Qué les han hecho?

―Nada, siempre que obedezcas. Hazme caso… mantente lejos de ellos. No los mires, no les hables, ni siquiera susurres sus nombres. Aquí las paredes escuchan. ―Se detuvo en el umbral―. Vístete. El señor Brauer no tolera la impuntualidad.

Cuando la puerta se cerró, me incliné hacia delante con el estómago revuelto. Agarré el uniforme con asco y me acerqué a la rejilla de ventilación. Estuve a un segundo de lanzarlo al exterior, de verlo desaparecer, de arrancarle a Egbert un pedazo de su dominio. Sin embargo, las palabras de Adelaida me detuvieron: «Nada, siempre que obedezcas».

Respiré hondo y me despojé de mi ropa. El uniforme me envolvió como una promesa de resistencia:

«Usa sempre as túas ás para evitar as arañeiras que se crucen no teu camiño

(Usa siempre tus alas para evitar las telarañas que se crucen en tu camino)».

Mis alas… eran mi escudo y mi arma. Con ellas debía esquivar cada trampa que Egbert había tendido para atraparme.