BOLBORETA 43
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No podía apartar la mirada de ella ni un solo segundo. Estaba sentada en una silla de madera, con las muñecas y los tobillos atados. A su alrededor, en un círculo cerrado, estaban mis hombres: los que me habían jurado lealtad… y que ahora obedecían a mi padre.

La rabia me quemaba bajo las costillas, pidiendo sangre. Quería saltarle al cuello, arrancarle el anillo del dedo a mordiscos.

Nada de aquello formaba parte del plan. Pero tenía que seguir ejecutándose: moverme y pensar como él, anticiparme a sus jugadas. Si mi padre detectaba una sola fisura, Luna pagaría el precio. Todo en mí era utilizable ―mis gestos, mis palabras― y él lo sabía: la masacre de los Vanetto, mis movimientos en Alemania, mi alianza con Luna… la mujer que jamás habría considerado digna de este mundo.

Cuando sus ojos me recorrieron, brilló en ellos esa satisfacción retorcida que siempre aparecía cuando descubría una nueva forma de romperme por dentro.

Gott! (¡Dios!).

El olor a humedad, a sangre seca y a tierra lo llenaba todo, alimentando mi nerviosismo.

―Was hast du mit ihr vor? (¿Qué piensas hacer con ella?) ―pregunté.

―Creo ―dijo, alargando la «r»― que será mejor hablar en español… así tu esposa podrá entender exactamente lo que decimos. ¿No te parece?

Respiré hondo por la nariz cuando se acercó a Luna, inclinándose sobre ella para rozarle la mejilla con los nudillos.

―Scheiß drauf (A la mierda)… ―musité con voz apenas audible.

―Nik ―Luther me llamó desde atrás―. No lo hagas. Todavía no.

―Así que esto es lo que te ha hecho caer tan bajo ―comentó mi padre, captando mi atención―. Con tantas mujeres para escoger, tantos linajes, tantos pactos posibles… ―Su voz rezumaba desprecio―. Y decides poner mi imperio en peligro. ―Le agarró la mandíbula y la obligó a levantar la cabeza de un tirón―. Por una puta insignificante.

Luna gimió, asustada, y avancé hacia ella sin pensar, movido solo por la necesidad de protegerla. Pero unas manos me frenaron en los hombros. Tony y Luther. En sus miradas lo entendí todo: si daba un paso más… ella moriría.

―¿Fue Alessandro quien te lo contó? ―inquirí, yendo directo al grano.

Mi padre siguió sujetando el rostro de Luna, girándolo mientras la examinaba como si fuera mercancía sin valor.

―Ojalá Alessandro fuera mi hijo ―confesó, aumentando la presión de su agarre.

Quería herirme con eso… pero la verdad era que yo también deseaba lo mismo. Que él fuera su padre, no el mío.

―Hazme daño a mí, lo que quieras… a ella no la toques.

Carcajeó y se apartó de Luna para quitarse los guantes.

―Mi reunión con Francesco fue un desastre. ―Cambió de tema―. Un viejo hipócrita hasta la médula. Y su hijo menor… un inútil. Ambos eran inservibles. La única decisión acertada de tu miserable existencia, Niklaus, fue acabar con esas víboras. Has puesto a Alessandro al mando. Él sí entiende de negocios, tiene visión. Algo que, sinceramente, siempre te ha faltado.

―Alessandro intentó aliarse conmigo para destruirte a ti y a su propio padre. No es de fiar. No respeta las reglas ni responde ante nadie. Haría cualquier cosa por ganar… y ya lo demostró cuando envió a sus hombres a matarnos.

―Niklaus, nadie es de fiar. Ni siquiera tu propia familia ―murmuró, jugando con el anillo del meñique mientras se acercaba de nuevo a Luna.

Luther tragó saliva, tenso. Tony avanzó un paso, pero se congeló cuando Egbert lo fulminó con la mirada.

―Ahora mismo, lo único que te mantiene vivo es la lealtad que me has demostrado desde el principio. Porque cuando Alessandro te ofreció destronarme, lo rechazaste.

Alessandro, ese hijo de puta malnacido, me la había jugado.

―Me habló de ti, de tus errores, de tus emociones descontroladas ―continuó, observando a Luna―. De tu debilidad.

Ella se quedó sin aire… y yo con ella.

―Me dijo que estabas perdiendo el rumbo y que debías ser corregido. Juntos montamos este teatro. Quería ver hasta dónde llegarías por ella, si aún eras útil… o si había llegado el momento de reemplazarte como hijo.

Dustin retrocedió, tambaleante, con el párpado hinchado, mientras nuestro padre le colocaba un mechón de cabello detrás de la oreja.

―Eres blando. Lo has sido siempre. Este mundo no tiene lugar para gente como tú ni para tu hermano. ―Le besó la coronilla y después lo empujó con tanta fuerza que cayó sobre Luna.

―Dios mío, Dustin… ―musitó ella, inclinándose lo que las ataduras le permitían―. Estás sangrando.

Egbert se volvió hacia mí con una sonrisa ufana.

―Aquí tienes un claro ejemplo de debilidad. Esto es lo que destruye a los hombres ―explicó con un bufido de desdén, antes de señalar a Luna con el mentón―. Schlag sie (Golpéala) ―le ordenó a mi hermano.

―N-nein (N-no) ―balbuceó―. No… no puedo…

―Shh… tranquilo, no lo escuches ―le susurró Luna, sin comprender el verdadero significado de las palabras de mi padre.

―¡Qué conmovedor! Ya te están enseñando a desobedecerme. ―Chasqueó la lengua y, acto seguido, agarró a Dustin del pelo.

Scheiße! (¡Joder!).

Luther me bloqueó el paso. ¿Cómo se suponía que debía mantener la calma mientras Dustin chillaba y Luna, entre sollozos, intentaba arrastrarse hacia él?

―¿Ves lo que pasa cuando me desafías? Mach es (Hazlo)… o sentirás un dolor que no olvidarás jamás.

―No… no puedo… papá… ella no… por favor…

Pum.

Dustin se estrelló contra el suelo, jadeando de agonía.

―¡BASTA! ―gritó Luna, fuera de sí―. ¡Eres un monstruo! ¡Es tu propio hijo!

Egbert lo alzó del brazo sin la menor compasión, como si sus llantos no existieran, y lo colocó frente a Luna.

―Hazlo, o seguiré golpeándote hasta que pierdas el conocimiento.

Ella frunció el ceño, atónita, al comprender demasiado tarde lo que ocurría.

―Dustin, mírame…

Mi hermano la observó y soltó un sollozo cuando ella le dedicó una sonrisa suave y maternal.

―Sé que no quieres hacerme daño…

―Ich kann das nicht (No puedo hacerlo).

―Por favor. Déjame cargar con esto… así él no podrá lastimarte más.

―No… Luna…

Ella cerró los ojos y tomó una respiración tan profunda que pareció vaciarse por dentro. Pero cuando volvió a abrirlos, el miedo había muerto dentro de ella.

―Niklaus ―susurró Luther detrás de mí―. No mires.

¿Cómo no iba a hacerlo? Cada parte de mí le pertenecía… incluso mientras se destruía por nosotros.

Mi hermano levantó la mano, temblando.

―Confía en mí. Sé que puedes hacerlo…

PLAS.

Luna se estremeció de dolor, pero, en lugar de alejarse, se inclinó aún más hacia Dustin, haciendo crujir las cuerdas.

―Tranquilo… ya pasó… has sido muy valiente…

Dustin la abrazó.

―Tut mir leid (Lo siento)… Tut mir leid (Lo siento)… ―repitió entre sollozos―. Perdóname…

―¡Magnífico! ―exclamó mi padre, palmeándole la espalda―. Otra vez.

El color abandonó el rostro de Dustin, igual que el aire de sus pulmones. Incluso los hombres que rodeaban la escena ―asesinos― empezaron a removerse incómodos. Esto no era una lección… era puro sadismo.

―No me falles ahora, hijo. Demuéstrame que eres digno de mi sangre.

Dustin dio un traspié, perdido en el pánico. Me zafé de Luther.

―¡Se acabó! ―rugí.

Di un paso. Luego otro. Pero el tercero nunca llegó.

Clic.

Egbert desenfundó la pistola. El cañón se apoyó en la nuca de Dustin. Una sola bala. Una trayectoria perfecta: atravesaría su cráneo y alcanzaría a Luna. Dos objetivos en un solo disparo.

―Muévete un centímetro más y no tendrás que elegir a quién salvar. Yo lo haré por ti.

Me quedé inmóvil, incapaz de apartar la mirada de su dedo en el gatillo.

Luna sonrió, como si su propio sufrimiento no importara frente a lo que estaba protegiendo.

―No llores… no es tu culpa. Nada de esto lo es.

―No quiero volver a hacerte daño ―sollozó Dustin.

―Tienes que hacerlo. Acabemos con esto de una vez.

―Luna…

―Solo… hazlo rápido.

Egbert bufó.

―Se me está acabando la paciencia, pequeño inútil.

Dustin gritó desgarradoramente y golpeó a Luna. Su rostro se deformó bajo el impacto, recibiendo toda la rabia que mi hermano ya no podía contener. El primer golpe fue torpe, inseguro. El segundo, más pesado. El tercero ya no dudó. Después siguió… sin pensamiento ni freno.

―Mach weiter, hör nicht auf! (¡Sigue, no te detengas!) ―le ordenó nuestro padre.

Clavé las uñas en las palmas, buscando en ese dolor la única forma de mantenerme en pie. No podía hacer nada… no mientras aquella pistola siguiera apuntándolos.

El cabello de Luna se agitaba con cada arremetida; las lágrimas le recorrían las mejillas mientras la sangre de su nariz empezaba a mezclarse con ellas…

Ploc.

El sonido de una gota contra el suelo arrancó a Dustin de su trance. Volvió en sí como si saliera de una pesadilla y se desplomó.

―Luther ―dijo Egbert, chasqueando los dedos.

Mi compañero se aproximó, temiendo cuál sería el siguiente castigo para Luna.

―Bring Dustin in sein Zimmer. Jetzt (Lleva a Dustin a su habitación. Ahora).

Asintió.

―Lu-Luna… Es tut mir leid (Lo siento) ―balbuceó, estirándose hacia ella, pero Luther lo sujetó y lo apartó antes de que Egbert se molestara.

―¡Luna! ¡Lo siento! ¡Por favor, perdóname! ―rogó, mientras Luther lo arrastraba lejos, hasta que desaparecieron por completo.

―Gott (Dios) ―susurré, preocupado al verla con la cabeza ladeada y el rostro oculto tras el cabello. No daba señales de vida.

A punto de acercarme a ella, mi padre se interpuso en mi camino. Yo era más alto, más joven, más fuerte… y, aun así, había algo en él imposible de vencer: su absoluta falta de humanidad. La pistola seguía firme, apuntándome al pecho, como si mi corazón no fuera más que otro objetivo en su interminable lista de víctimas.

―Apártate ―gruñí―. No voy a repetirlo.

―No, hijo. Aún no hemos terminado tú y yo.

Hice el amago de esquivarlo y el arma cambió de dirección al instante, encañonando a Luna.

―Sabes perfectamente de lo que soy capaz, Niklaus. Si quieres que tu mujercita siga con vida, obedecerás sin discutir.

No respondí. No por cobardía, sino porque cualquier palabra equivocada podía costarle la vida a ella.

―A partir de ahora ―continuó, guardando la pistola y ajustándose los guantes―, tienes prohibido mirarla.

Dio un paso hacia mí.

―Tocarla.

Otro puto paso más.

―Ella no existe para ti. ¿Entendido?

Solo se oía mi respiración acelerada y el al goteo lento de la sangre de Luna contra el suelo.

Ploc, ploc…

―Te he hecho una pregunta, Niklaus.

Me pasé la lengua por el interior de la mejilla, aferrándome al plan… Der Schattenzirkel (El Círculo de Sombras). Sí. Tenía que aguantar. Mi venganza estaba demasiado bien construida como para derrumbarla ahora… aunque la idea de romperle la cara a mi padre y llevarme a Luna lejos de allí era jodidamente tentadora.

―Entendido.

Su sonrisa se ensanchó, retorcida, y yo bajé la cabeza, aplastando mi orgullo. Haría lo que fuera necesario para salvarla.

Todo… absolutamente todo por ella.