BOLBORETA 42
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La noche afuera parecía no terminar nunca. Y Niklaus seguía sin aparecer.

Dustin gimió en sueños, hundido bajo las mantas. Horas antes había prometido que no cerraría los ojos, que me cuidaría. Tenía la sangre de un Brauer, pero seguía siendo un niño. Dormía en paz, confiando en el regreso de su hermano. Yo, en cambio, no podía apartar la mirada de la puerta, temiendo exactamente lo contrario.

Ajusté la chaqueta de punto sobre mi pecho y mis dedos rozaron el anillo: «NJDB». Su despedida no había sido un adiós cualquiera ni una marcha apresurada… había sido un beso que sabía a final. Me masajeé las sienes para despejar la mente y avancé hacia la ventana. De repente, una sombra atravesó el jardín a toda velocidad. Después otra. Y otra más, moviéndose entre los árboles.

Me tapé la boca, pero la casa ya había empezado a gritar sin mí. La alarma se activó, perforándome los oídos.

―¡Luna! ¿Dónde estás? ¿Qué está pasando? ―chilló Dustin con los ojos desorbitados.

Lo abracé para estabilizarlo.

―Estoy aquí, estoy contigo… no pasa nada… ―mentí.

Un disparo estalló cerca, seguido de un grito masculino, desgarrado, que rebotó en las paredes. Dustin se desmoronó en sollozos, aterrorizado. Otro impacto tronó junto a la ventana y el cristal tembló.

―Dustin… ―susurré, sosteniendo su rostro entre mis manos empapadas de sus lágrimas―. Necesito que guardes silencio y hagas lo que te diga. ¿Me has entendido?

Asintió levemente.

Abrí la puerta con cuidado. El pasillo estaba sumido en la oscuridad, pero nos movimos hasta el descansillo. Me asomé por la barandilla y vi a varios hombres encapuchados y armados, ocupando la planta baja.

Dustin me apretó la mano. Lo miré y posé un dedo sobre sus labios. Éramos dos corzos atrapados en un claro, con lobos alrededor que ya habían olido la sangre y no pensaban detenerse.

Las escaleras parecían no tener fin, pero saltamos los últimos peldaños y caímos en el salón.

La salida estaba ahí, tan cerca… hasta que uno de ellos emergió de la cocina con la pistola en alto.

Tiré de Dustin, lo estampé contra la pared y le cubrí la boca con la mano. El asaltante inspeccionó la estancia, acercándose poco a poco a nuestro escondite. Pero entonces, cuatro de sus compañeros aparecieron tras él y le hicieron un gesto hacia la planta superior… ¡nos estaban cazando!

Aprovechamos su distracción y nos escurrimos por la puerta trasera, la que conducía al jardín.

Joder. ¿Dónde estaban Tony y Luther?

―¡Vamos, Dustin! No mires atrás, corre.

Y corrimos… porque la muerte ya venía detrás de nosotros.

Pum, pum, pum…

Los disparos cortaron el aire sobre nuestras cabezas. Dustin chilló mientras lo arrastraba, bordeando la mansión. Los encapuchados nos siguieron, gritando en un idioma que no supe reconocer… ¿alemán? ¿Español? No importaba. Nada más existía aparte de correr. Sin embargo, al doblar la esquina… me detuve en seco y Dustin chocó contra mí.

Egbert Brauer, en carne y hueso. El monstruo que incluso Niklaus evitaba nombrar en voz alta. Estaba de pie, escoltado por dos hombres trajeados, con las manos a la espalda y observando la escena.

Mi visión, empañada por la miopía, apenas me dejaba distinguir formas. Aun así, vi a uno de los encapuchados hablando, gesticulando con nerviosismo, mientras Egbert permanecía en silencio, escuchando… hasta que desvió la mirada y nos descubrió espiándolo.

El hombre notó el cambio en su expresión y empezó a girarse, confundido, tratando averiguar qué había captado la atención del jefe de la Mafia Alemana. No llegó a hacerlo. Egbert alzó el brazo y…

Pum.

El cuerpo del desconocido se precipitó hacia delante, sin vida, con un agujero limpio en la nuca.

Dustin enterró la cara contra mi pecho mientras Egbert deslizaba el arma bajo su abrigo. No supe si respirar aliviada por la caída de un enemigo… o temerlo aún más por haber sido él quien lo había abatido.

De los árboles, los muros, de la nada, surgieron más siluetas: los hombres de Egbert. Entraron por puertas, ventanas y grietas abiertas a la fuerza. La mansión volvió a llenarse de disparos y alaridos, y los encapuchados comenzaron a caer uno a uno, apagándose como velas.

Quería creer que Egbert había venido a salvarnos. Sin embargo, no tenía sentido que hubiera intentado dialogar con uno de los atacantes. ¿Y si estaba detrás de todo esto? No… tampoco encajaba. No después de haberlos exterminado.

Chasqueó los dedos y sus dos guardaespaldas avanzaron. Retrocedí, pero ya era demasiado tarde. Uno me sujetó del brazo y el otro levantó a Dustin, echándoselo al hombro.

―¡No! ¡Dustin!

―¡Luna! ―Pataleó con desesperación―. ¡Luna, por favor, no me dejes!

―¡Soltadlo! ¡Es solo un niño!

Lo dejaron caer frente a su padre. Egbert se retiró el guante negro de la mano izquierda con una parsimonia enfermiza. Luego acomodó el anillo de su meñique, girándolo hasta alinear las iniciales.

―No… Egbert, no… por favor… ―supliqué―. No lo hagas…

No me escuchó. Su mano ya se había alzado.

―¡NOOOO!

El golpe arrojó a Dustin hacia atrás. Se encogió, cubriéndose instintivamente, mientras la sangre le recorría la mejilla, aún mezclada con lágrimas.

―¡Dustin!

―Quietecita ―dijo el matón, apretando el agarre.

―¡Suéltame, joder! ―Forcejeé, tirando del brazo con rabia.

Egbert ni siquiera se inmutó ante el llanto de Dustin.

―Du bist eine Schande für die Familie. Ein Brauer weint niemals. Ein Brauer darf niemals Angst zeige (Eres una vergüenza para la familia. Un Brauer nunca llora. Un Brauer nunca debe mostrar miedo).

―¡Ni se te ocurra tocarlo otra vez, maldito hijo de puta!

Acababa de insultarlo, pero él sonrió con cinismo. Flexionó los dedos, preparándose para el siguiente golpe. Alcé el mentón, aceptando lo que venía. Si así mantenía a Dustin a salvo, merecía la pena.

―¡LUNA! ―rugió Niklaus.

Intenté enfocarlo mientras corría hacia nosotros. El abrigo se agitaba a su alrededor y respiraba como si hubiera atravesado el mundo entero solo para llegar hasta mí. Sus ojos recorrieron la escena con rapidez: Egbert, los guardias, Dustin en el suelo… y yo, entre ellos, retenida.

―Lass meine Frau los! (¡Suelta a mi esposa!).

Luther y Tony surgieron tras él justo cuando intentó alcanzarme… pero Egbert le estampó un puñetazo que lo hizo perder el equilibrio. La sangre asomó en la comisura de su boca. Se la limpió con el dorso de la mano y alzó la mirada hacia su padre. No había visto nunca unos ojos con tanto odio. Detrás de él, sus hombres ocuparon posiciones, formando una barrera, listos para morir… o para matar.

Tony me observó y, aunque el miedo era evidente en su expresión, vi la promesa de que no iban a dejarme sola.

Entonces, la mansión escupió más soldados. Los de Egbert. Merda (Mierda)… nos superaban en número. Estábamos perdidos.

―Ich bin euer Chef, also gehorcht mir, verdammt! (Soy vuestro jefe, ¡así que obedecedme, maldita sea!) ―exclamó Egbert.

Los hombres de Niklaus bajaron las armas y cruzaron la línea, como si algo los empujara sin posibilidad de elección. Luther y Tony fueron los últimos en resistir; en sus rostros se libraba una batalla muda… hasta que, con un suspiro, también cedieron y cambiaron de bando.

―Bringt sie in den Keller. Jetzt (Llevadla al sótano. Ahora) ―ordenó Egbert.

Niklaus soltó un gruñido e intentó impulsarse hacia mí, pero cuatro tipos lo interceptaron, sujetándolo con fuerza para impedírselo.

Egbert quería castigar a sus hijos a través de mí, obligándolos a presenciar cómo me arrastraban hacia el sótano. Gemí, horrorizada, cuando la puerta se abrió… y el infierno apareció ante mis ojos.