BOLBORETA 41
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«Mi padre… nunca la aceptará. Nunca».

El pensamiento explotó en mi cabeza como un disparo a quemarropa. Recorrí el despacho de un lado a otro, con la mandíbula tensa y los sentidos en alerta. Llevaba las manos entrelazadas a la espalda, con los nudillos blancos por la presión. No era miedo ni nervios. Era pura contención.

Alessandro lo contaría todo, y mi nombre quedaría manchado en cada palabra… igual que el de Luna. Luna Brauer.

El tiempo nunca jugaba a mi favor. Sabía reconocer a un enemigo de inmediato, y el reloj siempre había sido de los más crueles. No quedaban días ni horas: mi padre vendría en cuanto pudiera.

Um Himmels willen! (¡Por el amor de Dios!).

La puerta se abrió sin previo aviso. No me giré. Solo alguien en concreto sería lo bastante audaz ―o lo bastante estúpido― como para irrumpir así.

―¡Te lo advertí, Niklaus! ―exclamó Luther―. Esto iba a pasar.

Me desplomé en la silla de cuero, sin dignidad, sin máscara, sin el papel de jefe. Solo quedaba un hombre acorralado por su propia rabia… un hombre condenado por su peor pecado: amar.

Golpeé el escritorio con la palma abierta.

―La va a matar ―gruñí―. Mi padre no lo dudará ni un segundo. Ese cabrón nunca lo hace.

―¡Por supuesto que lo hará! Para él, ella es una amenaza que debe eliminar.

―Luna es familia ―dije, tensando los puños en los reposabrazos―. ¡Es mi esposa!

―Para ti. Para Egbert no significa nada.

―Si la toca… si siquiera piensa en hacerle daño, te lo juro, Luther… mataré a mi propio padre.

Tragó saliva, inquieto.

―Nik, quizá ha llegado el momento de activar el plan.

Alcé la mirada.

―¿Estás seguro?

Asintió, decidido.

―Si Alessandro habla, Egbert vendrá. No habrá distracciones ni mentiras que la protejan. Si quieres que viva… este es el único camino.

―Ese plan… significa guerra ―susurré.

―La guerra empezó el día que te casaste con ella. Esto no es más que la cuenta atrás.

Me incorporé lentamente, aplastado por el peso de cada palabra.

―Niklaus, si vamos a cruzar esta línea, necesito oírlo directamente de ti.

Exhalé con fuerza:

―Der Schattenzirkel (El Círculo de Sombras).

El plan que solo se activaba cuando no había salida: reservado para traidores, guerras inevitables… y para aquello que no podía permitirme perder.

―Te recuerdo que esta estrategia llevaba meses preparada. Pero entonces apareció Luna y te distrajo. Perdiste el tablero de vista… y también a tus enemigos.

Negué de forma tajante.

―Nunca pierdo de vista lo que me importa. Así que, si tengo que elegir entre salvar a mi mujer o seguir el plan… que se joda el maldito plan. Que arda el puto mundo.

―Der Schattenzirkel (El Círculo de Sombras) no es una simple «jugada». No se creó para negociar. Se construyó para borrar nombres y convertirlos en cenizas. Y, sobre todo… para destruir a nuestro enemigo número uno. El mismo que te ha estado cazando desde que descubriste la verdad, hace un año, en España.

―Lo sé…

―Habrá sangre.

―También lo sé. Scheiße! (¡Joder!). Hazlo, ponlo en marcha y avisa a Romero. Quiero que sea él quien ejecute el primer golpe.

―¿Prefieres que lo llame?

―Envía al chófer. Que vaya y se lo explique todo en persona.

Amagó con sacar el teléfono, pero se detuvo.

―Nik, si Robert entrega toda la información, Romero lo tomará como algo personal. Actuará sin remordimientos… y nadie podrá detenerlo.

―Eso es exactamente lo que quiero.

―Habrá consecuencias que no podrás contener.

―¡No quiero contenerlas! ¡Esto dejó de ser contención desde que mi mujer se convirtió en el objetivo de mis enemigos! ―Me pasé una mano por el cabello, frustrado―. Robert entregará el mensaje. Exacto, sin añadir ni quitar nada. Dile que el hilo maestro de la telaraña se ha cortado.

Sus ojos se abrieron con sorpresa.

―Esa frase…

―Ich weiß, verdammt! (¡Lo sé, maldita sea!).

Luther suspiró, vencido.

―¿Algún otro mensaje?

Me giré hacia la ventana. Berlín estaba envuelto en un gris opresivo, un cielo de plomo que anticipaba lo inevitable.

―Sí. Hazle saber a Romero que, si algo me pasa, Luna quedará bajo su protección.

―¿Estás seguro? Eso sería condenarla directamente a la oscuridad.

―Prefiero la oscuridad de un aliado antes que la de mi propio padre.

Luther iba a protestar, pero lo frené.

―No he terminado. ―Me acerqué lo suficiente como para que no pudiera ignorarme―. Si algo me ocurre… quiero que me lo jures. Aquí. Ahora.

―Dime.

―Júrame que la protegeréis. No como la esposa del jefe, no como una viuda… sino como vuestra nueva líder.

―¿Estás diciendo que Luna tomará el control de la Spinnenmafia?

―Estoy diciendo que, si caigo, la telaraña responderá solo a ella. La respetaréis, la obedeceréis… y moriréis por ella si hace falta.

Luther inhaló hondo y se desabrochó la camisa. Luego presionó el tatuaje de la telaraña en su pecho, símbolo de una lealtad absoluta.

―Ich schwöre es bei meinem Leben, Niklaus Johann Derek Brauer (Lo juro por mi vida, Niklaus Johann Derek Brauer). Juro seguir a Luna Brauer como líder. Juro protegerla y obedecerla sin excepción. La telaraña permanecerá intacta bajo su mando. Ninguno de los nuestros la tocará, desafiará ni traicionará.

Tragué saliva, tratando de deshacer el nudo en la garganta.

―Pon el plan en marcha ―ordené.

No había espacio para el miedo, aunque lo sintiera jodidamente real. Si esto fallaba… mi imperio sería lo de menos. La perdería a ella.

Salí de allí y subí las escaleras. Al llegar al rellano me apoyé en la barandilla; estaba temblando, joder.

―Señor Brauer ―susurró Adelaida. No me había dado cuenta de que estaba allí.

Pasé de largo y la ignoré, entrando en mi habitación. Dustin estaba sentado en el borde de la cama, con los puños cerrados, preparado para defender lo que más amaba. A su lado, Luna movía la pierna arriba y abajo sin darse cuenta, nerviosa. Cuando levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron, el pecho se me oprimió de culpa. Había activado ese maldito plan para mantenerla a salvo… y, aun así, podía destruirnos a todos.

―Schmetterling…

Se incorporó de un salto.

―Niklaus… ¿qué ocurre? ¿Qué…? ―Su voz se rompió a mitad de la frase.

―Shh…

Le enmarqué el rostro con las manos y la besé. No fue suave ni cuidadoso, sino un beso desesperado, brutal, cargado de todo lo que no podía decir, como si el mundo se estuviera cayendo y ese fuera el único punto de equilibrio. Un beso que se despedía sin admitirlo. Porque, joder… quizá ya era una despedida.

―Me estás asustando…

―Escúchame ―murmuré―. Pase lo que pase… no dudes de mí. Nunca.

―No me hables así… no como si esto fuera a ir mal.

Posé mis labios en su frente y la rodeé con mis brazos.

―Si te pido que confíes en mí… ¿lo harás?

―¡Siempre!

Me incliné hasta rozar su oído:

―Für dich würde ich die Welt verbrennen, mein Schmetterling (Por ti quemaría el mundo, mi mariposa).

Me aparté de golpe. Un segundo más, y habría perdido toda posibilidad de alejarme de ella.

―Dustin. ―Lo observé, serio, apretando la mandíbula―. Cuídala. Es tu responsabilidad. No la pierdas de vista.

―¿Niklaus…? ―musitó Luna, a punto de llorar.

No la miré, no podía; si lo hacía, todo se vendría abajo: la guerra, el plan, mi decisión… yo mismo.

Me retiré de la habitación, aunque mis pasos no me llevaron lejos.

―¡Derek!

La voz de Dustin me alcanzó al final del pasillo. No solía llamarme así. Y cuando lo hacía, nunca era buena señal.

Lo encaré y su rabia me sorprendió. Ya no parecía un crío, sino un adulto listo para ocupar su lugar en la mafia.

―¡Me estás ocultando algo! ¡Lo sé!

―Cuanto menos sepas, mejor. En cuanto tengas una mínima pista, te meterás donde no debes.

―No decidas por mí.

Solté una risa breve, sin rastro de humor.

―Claro que lo haré. Te conozco. Sé exactamente lo que harías y hasta dónde llegarías.

―¿De qué estás hablando?

―De que vendrías detrás de mí a incendiar el puto mundo por ella, sin pensarlo dos veces.

Frunció el ceño.

―¿Es tan grave?

―Es peor de lo que imaginas.

―¿Ella está en peligro? ―insistió.

Dejé que el silencio respondiera por mí.

―No puedes hacernos esto… no puedes abandonarnos así.

Lo sujeté de la nuca y le levanté la cabeza.

―Lo que se avecina… Luna no debería vivirlo. ―Dolía reconocerlo―. Pero no hay forma de evitarlo. Ocurrirá. Y la hará sufrir más de lo que merece.

―No entiendo… no entiendo nada…

Lo agarré más fuerte, obligándolo a escucharme.

―No pierdas la esperanza. ¿Me oyes?

―¿Esperanza en qué? Sag es mir, verdammt! (¡Dímelo, maldita sea!).

Mi cabeza se llenó de ruido, de pensamientos chocando entre sí.

«En sobrevivir a lo que viene».

«En que mi padre no nos destruya».

«En que el plan no os arrastre conmigo».

Nada de eso podía salir de mi boca. No a él, no en ese momento. Así que mentí.

―A veces, para ganar… hay que hacer que el enemigo crea que tiene el control ―murmuré, sosteniéndole la mirada el tiempo justo para sembrar la duda, no la verdad―. Cuídala. No la dejes sola.

―Derek…

―Versprich es mir (Prométemelo).

Asintió.

―Ich verspreche es (Lo prometo).

Lo solté y salí de la mansión, con la culpa de haber hecho llorar a mi mujer y a mi hermano. Pero era mejor así: que me odiaran antes que enterrarlos conmigo.