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Dustin iba a mi lado dando pequeños saltos, aferrado a mi mano, mientras los hombres de Niklaus ―Luther y Tony entre ellos― nos seguían en formación, con las manos cerca de las armas y una vigilancia constante. Niklaus iba unos pasos por detrás, abarcándolo todo. No se le escapaba nada.

La gente nos veía y se apartaba de inmediato; algunos incluso bajaban la cabeza y cruzaban de acera.

―Schau, schau! (¡Mira, mira!) ―exclamó Dustin―. ¡Luna, mira eso!

Se paró frente al escaparate repleto de botas, cinturones de cuero y sombreros de ala ancha.

―¡Ropa de cowboy! Quiero ese ―dijo, señalando el marrón―. ¡Parece el uniforme de un sheriff!

―Ni lo sueñes. No voy a criar a un forajido ―murmuró Niklaus.

Dustin siguió mirando la vitrina y comentó:

―Llegas tarde, vaquero.

Tony soltó una risilla, Luther carraspeó para disimularla y yo me mordí el labio para no reír también.

―Supongo que esto te resulta raro ―me susurró Dustin―. Ir por la calle con hombres que siempre parecen enfadados. Lo siento.

Me agaché un poco para quedar a su altura.

―No me importa si estamos juntos.

Sonrió y se acercó a su hermano. Luego entrelazó nuestros dedos y seguimos caminando así: él en el centro, Niklaus a un lado y yo al otro. Parecíamos una familia.

―Si alguien nos dispara, Nik se pone delante ―habló Dustin.

―Qué detalle el tuyo, hermanito… ―gruñó Niklaus.

―Es sentido común. Eres el más peligroso.

―Y el más inteligente. Por eso no pienso ser el escudo de nadie.

―Mentira ―replicó Dustin―. Lo harías por nosotros.

Niklaus me observó de reojo y se humedeció el labio inferior. Era cierto: daría la vida por su hermano… y por mí.

―¿Podemos ir a la tienda de cowboy, por favor? ―me preguntó Dustin, haciendo ojitos.

―Claro que sí ―respondí.

―¡Bien! ¡Le compramos un sombrero a mi hermano!

Niklaus exhaló, irritado, y se inclinó hacia mí, deslizando los dedos por mi espalda.

―Cuando lleguemos a casa, te castigaré duramente.

Mi nariz rozó la suya.

―No he hecho nada malo…

―Lo harás si no usas ese sombrero conmigo… desnuda… en mi cama.

Mis mejillas ardieron de vergüenza al ver las expresiones tensas de sus hombres, convencida de que habían escuchado lo que no debían… pero no era eso. Niklaus reaccionó primero y empujó a su hermano detrás de él. En segundos, todos formaron un semicírculo cerrado.

Tony se colocó a mi lado, mientras Luther sujetaba a Dustin por el hombro.

Niklaus se adelantó y me bloqueó la visión por un instante. Cuando volvió a abrirse, apareció Alessandro Vanetto, impecable en su traje blanco, flanqueado por ocho hombres.

―¿De paseo con la familia, Brauer? ―preguntó, sin obtener respuesta―. No eras precisamente de hablar mucho. Así que voy directo: gracias.

Niklaus frunció el ceño mientras Alessandro añadía:

―Has matado a mi padre y a mi hermano… me has despejado el camino. Y ahora, oficialmente, soy el líder de la Mafia Italiana.

―Lo tenías todo planeado. Enviaste a tu padre al club sabiendo que de allí solo uno saldría con vida.

―Cualquiera de las dos opciones me servía. El resultado era el mismo. Perfecto.

―Perfecto para ti. Para mí… esto no hace más que alimentar mi sed de venganza.

―Relájate un poco, amico mio (amigo mío).

Cuando su mirada se posó en mí, Niklaus estalló:

―Aparta los ojos de ella o te los arrancaré.

―Tranquilo, solo he venido a retomar lo que dejamos pendiente. A hablar de negocios.

―Fick dich! (¡Que te jodan!).

Los hombres de Alessandro llevaron las manos a las culatas de sus pistolas, aún enfundadas en los cinturones. Niklaus no se inmutó.

―Te dije que te fueras de Alemania. ¿Estás buscando que te mate?

Dustin se abrazó a mí, temblando contra mi pecho.

―Y yo te amenacé con contárselo todo a tu padre.

―¿Y? ¿Crees que eso me afecta?

Avanzó un paso, y los guardaespaldas italianos retrocedieron instintivamente.

―Para los Brauer, la muerte de Francesco fue un alivio. Mi padre jamás habría confiado en él; nunca habría existido un acuerdo entre la Mafia Italiana y la Alemana.

Dustin me soltó la mano y se colocó junto a su hermano, como si su presencia bastara para endurecer la amenaza. Pero Alessandro desvió la atención. Niklaus y Dustin giraron al mismo tiempo, siguiendo su mirada… hasta encontrarme.

Alessandro se agachó frente a Dustin.

―Aprende esto, piccolo (pequeño). En la mafia, jamás se muestran los puntos débiles.

No señaló a nadie. No hizo falta… se refería a mí.

Dustin le escupió en la cara. Los hombres de Alessandro se abalanzaron; los de Niklaus ya tenían las armas listas para responder. Me interpuse entre ambos bandos.

―¡Luna! ―rugió Niklaus.

Alessandro se enderezó y sacó un pañuelo para limpiarse la saliva.

―Porca puttana (Joder).

―Lárgate de mi puta vista, Vanetto. Es la última vez que te lo advierto ―dijo Niklaus.

―Hazle caso a mi marido ―añadí.

La sonrisa de Alessandro se apagó. La de Niklaus apareció de inmediato, triunfante, como si aquellas dos palabras ―«mi marido»― hubieran sellado todo.

―Espero que mantengas ese coraje cuando estés frente a tu suegro, cara mia (querida mía). Tu esposo confía demasiado en la reacción de su padre. Si yo fuera él… no estaría tan tranquilo.

Niklaus apoyó su mano en mi espalda, mientras Dustin se aferraba a mí, buscando seguridad.

Alessandro nos lanzó una última mirada antes de perderse entre las calles de la ciudad.

Joder. Egbert Brauer… Imaginé su rostro, frío y retorcido, decidiendo si merecía vivir. Mi respiración se aceleró. Alessandro no exageraba. Egbert no perdonaba errores ni traiciones, ni a las mujeres que alteraban el orden de su familia. Y yo lo había alterado todo.

―Mírame ―susurró Niklaus, atrayéndome con firmeza. Choqué contra su torso, temblando, pero su mano tatuada ya había atrapado mi mentón―. Quien intente tocarte… primero tendrá que matarme.