39
Sonreí con los ojos cerrados, aferrada a la almohada. Estiré una pierna bajo la colcha en busca de su calor… pero solo encontré vacío. Al girarme, contuve el aliento. Niklaus estaba sentado en el sillón de la esquina, observándome con una intensidad inquietante, como si hubiera pasado la noche entera vigilándome en silencio.
Su postura fingía tranquilidad. Un brazo descansaba sobre el apoyabrazos; el otro sostenía un vaso de whisky donde danzaban reflejos ámbar con la luz que se filtraba entre las cortinas.
Maldita sea… estaba increíblemente guapo.
Vestía uno de sus trajes negros, impecable salvo por la camisa blanca arrugada como si hubiera sido abotonada entre la furia y el insomnio. La tela dejaba entrever la sombra de sus tatuajes, y el chaleco marcaba una silueta tan elegante como amenazante. Parecía preparado para el entierro de quien se atreviera a tocarme.
―¿Vas a seguir haciéndote la dormida? ―murmuró, echándose el cabello húmedo hacia atrás.
―Depende… ¿vas a seguir mirándome como si fueras a devorarme?
Su boca se curvó en una sonrisa ladeada.
―Solo estoy decidiendo por dónde empezar.
La colcha cubría mi desnudez, pero su atención se detuvo en el pliegue de la tela entre mis muslos.
Carraspeé, nerviosa.
―¿Cuánto tiempo llevas ahí… vigilándome?
Apuró el último sorbo de whisky y dejó el vaso sobre la mesa. Después se incorporó, se ajustó el chaleco y caminó hacia mí con las manos hundidas en los bolsillos. Cuando empezó a acercarse, su sombra se extendió sobre la cama antes que él, como si incluso ella se negara a mantenerse lejos de mí.
―Lo suficiente para saber cuándo dejaste de fingir que dormías.
―Podías haberme despertado…
El colchón cedió cuando se sentó a mi lado.
―¿Para qué? Estaba disfrutando del espectáculo.
Retiró una mano del bolsillo y la pasó por mi antebrazo.
―Te amo, Schmetterling. Habitas cada rincón de mi mente ―dijo, llevando mi palma a su rostro―. Y también este. ―La apoyó sobre su pecho. Bajo mi mano, su corazón golpeó con fuerza, como si quisiera pronunciar mi nombre por él.
―Niklaus…
Apartó la sábana y colocó una mano en el cabecero, quedando sobre mí y reduciendo el mundo a ese único espacio entre los dos.
―Quiero follarte.
―Pues hazlo… ―musité con la respiración entrecortada.
―Vas a tener que ser muy, muy silenciosa… todos ya están despiertos ―susurró mientras su otra mano se deslizaba hacia mi entrepierna.
―Entonces… mantén mi boca ocupada. ―Desvié la mirada al bulto de sus pantalones.
Gruñó, arrastrado por el deseo, a punto de lanzarse sobre mí…
―¡Luuuunaaaa!
Dustin irrumpió sin avisar, aún con los vaqueros a medio abrochar y la camisa mal cerrada. Me abrazó y llenó mi rostro de besos. Reí, correspondiéndole, mientras Niklaus retrocedía un paso y murmuraba entre dientes.
―Verdammt noch mal (Maldita sea)…
Hundió las manos en los bolsillos del pantalón, rígido, luchando por contenerse y ocultar su erección.
―Tony me dijo que pasaron cosas malas ―comentó Dustin―. Que te hicieron daño.
Niklaus intervino antes de que pudiera responder; recargó el hombro en la pared y cruzó los brazos.
―Tony tiene la lengua demasiado larga… tal vez debería cortársela.
Dustin abrió los ojos, asustado.
―Niklaus… ―lo frené.
Se limitó a encogerse de hombros, impasible.
―¿Qué? Le estaría haciendo un favor. Habla demasiado… de donde yo vengo, eso se paga con la muerte.
―Tony es mi amigo ―replicó su hermano.
―Todo está bien, Dustin. Nadie va a matar a nadie… ―lo tranquilicé.
Fulminé a Niklaus con la mirada, pero él me devolvió un guiño.
Dustin se levantó de la cama de un salto.
―¡Entonces vámonos, Luna! ―exclamó, tirando de mi mano con impaciencia―. ¡Levántate, vístete, tenemos que irnos!
Parpadeé, sujetando la colcha contra mi cuerpo para cubrirme.
―¿Irnos? ¿A dónde?
―A comer ―respondió―. Nik nos invitará.
Quise seguir preguntando, pero me interrumpió y, desde la puerta, alzó la voz:
―¡Adelaida, ven! ¡Luna ya está despierta!
No obtuvo respuesta. Farfulló en alemán ―con un tono nada amable― y salió disparado a buscarla.
Niklaus no perdió la oportunidad y se acercó a mí.
―Te noto sorprendida.
―Solo un poco ―admití―. No te imaginaba así… tan sociable.
―No lo soy ―dijo, seco―. Pero lo hago por Dustin… y por ti.
―¿Por qué?
―Quiero que mi hermano tenga algo parecido a una infancia normal…
―¿Y yo?
Sus ojos se oscurecieron, fijos en los míos.
―Porque quiero que todos sepan que eres mía.
El calor me subió por el cuello y sonreí, casi sin darme cuenta. Niklaus arqueó una ceja, intrigado.
―¿Por qué sonríes?
―Porque el afecto de alguien frío… nunca es falso.