BOLBORETA 38
77%

38

Las luces se deshacían contra el cristal mientras el coche avanzaba. Robert, el chófer, guardó silencio, pero sus ojos en el retrovisor me escudriñaban, buscando un rastro de cordura. No había nada. Solo sangre en mis manos y ese olor a pólvora pegado a la piel como una condena.

«He matado a un hombre». La frase se enroscó en mi mente. «Lo he matado, lo he matado…».

El coche se detuvo. Robert bajó y me abrió la puerta.

―Señora Brauer.

El frío me azotó el rostro en cuanto salí. En la entrada de la mansión, los hombres de Niklaus formaron un pasillo e inclinaron la cabeza. Respeto, miedo… todo mezclado. Me veían como la esposa del jefe, como la mujer que sostenía el poder de la Spinnenmafia. Las lágrimas amenazaron con desbordarse, pero me negué a dejarlas caer. Una reina no mostraba debilidad ante los suyos.

―¿Desea algo, señora Brauer? ―preguntó uno con cautela―. ¿Necesita un médico o…

―No.

Seguí mi camino escaleras arriba, sin sentir realmente los pasos bajo mis pies, hasta llegar a la habitación de Niklaus. Cerré la puerta y me aislé del mundo. Apoyé la frente contra la madera y dejé escapar un gemido. Entonces, todo cedió. Las piernas me fallaron y me desplomé en el suelo.

―¿Que fixen? Meu Deus (¿Qué he hecho? Dios mío).

Entré en la ducha sin desvestirme. El chorro caliente cayó sobre mí como un castigo, mientras la tela empapada se adhería a mi cuerpo y tiraba de mí hacia abajo. El agua se tiñó de rosa, luego de rojo oscuro, antes de desaparecer por el desagüe. Pero la sensación seguía ahí. Me froté la piel una y otra vez, sin conseguir arrancármela de encima.

―Fuera ―susurré―. Fuera…

El cristal de la mampara me devolvió un reflejo borroso.

«Unha bolboreta vermella chea de sangre (Una mariposa roja llena de sangre)», pensé, mientras mi vista descendía lentamente a mi muñeca.

Rasqué la tinta con el pulgar y el escozor me arrancó un jadeo. Intenté contener los sollozos, aferrarme a la idea de ser fuerte, de ser la mujer que él merecía. Pero al final me cubrí el rostro con las manos y lloré como nunca, dejando que el vapor me envolviera.

Golpeé la pared con la palma.

―No puedo… no puedo más…

Una sombra cruzó al otro lado del cristal empañado. Por un segundo, pensé que era mi mente traicionándome, un resto de Francesco negándose a soltarme. Pero el vaho se desplazó, se abrió lo justo… y entonces apareció él…

―Niklaus…

Enderecé la espalda, alcé la barbilla y enterré el temblor donde nadie pudiera verlo.

«Los Brauer no pueden llorar».

La camisa le colgaba abierta, pegada al torso húmedo de sangre, marcando cada línea de su cuerpo, cada herida. Aun así, seguía erguido, firme, como si no conociera sus límites, como si el dolor no bastara para derribarlo.

La ternura en sus ojos era casi violenta, impropia de un hombre como él. El Príncipe Oscuro de la Mafia Alemana, el que nunca cedía, el que sobrevivía a todo… se quebró. No por una guerra, ni por una bala. Por mí.

La mampara se deslizó con un chasquido. El vapor se agitó al pasar el umbral y lo envolvió junto a mí. El agua golpeó su cuerpo, resbalando sobre la sangre… sin embargo, no vaciló.

―Sal de aquí… ¡vete!

No me hizo caso. Siguió avanzando, ignorándome, y retrocedí instintivamente hasta que la pared me detuvo.

―Oculta tus debilidades al mundo, Schmetterling… pero no conmigo. No con tu marido.

Un sollozo me rompió la respiración.

―Lo… lo he matado… por ti. Y no desaparece. Está aquí… ―Bajé la mirada a mis manos―. Aunque me las limpie, sigue aquí.

Rasgué la palma con la uña y la piel ardió. Niklaus gruñó y me sujetó las manos.

―Genug! (¡Ya basta!).

Entrelazó sus dedos con los míos y nuestros anillos chocaron.

―No me amas ―musité.

Él frunció el ceño, confundido, molesto.

―No puedes amar. No sabes hacerlo ―continué―. No mereces lo que yo siento por ti.

Apretó la mandíbula hasta que la vena en su cuello palpitó.

―Soy una idiota… estúpida por enamorarme de ti.

En cuanto lo dije, me arrepentí. Me cubrí la boca, como si pudiera devolver las palabras.

Niklaus me miró, sorprendido. Se pasó la mano por el rostro y el gesto se le torció en una mueca de dolor.

―Tienes razón: no sé amar. Nadie me enseñó cómo hacerlo. Solo aprendí a sobrevivir… y a destruir todo lo que toco. ―Me arrancó el anillo del dedo con un tirón seco―. Pero eso no significa que no tenga sentimientos. Le supliqué a ese hijo de puta por tu vida, Luna. He llorado por ti… ―Cerró el puño alrededor del anillo―. ¿Qué más quieres de mí? ¿Qué más pruebas necesitas para entender que yo también te amo?

Y lo imposible ocurrió:

Niklaus Johann Derek Brauer cayó de rodillas ante mí.

«―Si de verdad piensas que soy tuya, si quieres que sea tu mujer… Entonces, demuéstramelo. Pídemelo de rodillas, Niklaus.

―Nunca me he arrodillado ante nadie. Y mucho menos por una mujer. Soy un Brauer, el futuro líder de la Spinnenmafia. Los hombres como yo no suplican. Lo que tenemos lo tomamos por derecho, no por compasión».

Apoyó la frente contra mi abdomen. No había desafío ni necesidad de imponerse, solo una vulnerabilidad desnuda. La de un hombre que nunca había aprendido a amar y que, aun así, lo intentaba… por mí.

―Cuando te vi aferrada a esa pistola, aterrada y, aun así, sin soltarla… Scheiße! (¡Joder!). Nadie me había amado de esa manera.

―Niklaus…

―¿Quieres la verdad, Schmetterling?

Me tomó la mano; su tatuaje de araña rodeó mis dedos con una firmeza posesiva, mientras su pulgar recorría la mariposa de mi muñeca.

―Me enamoré de ti la primera vez que te vi. Lo negué, me engañé a mí mismo y te herí porque resultaba más fácil que enfrentar lo que sentía. Mein Schmetterling… nunca he sido el hombre que mereces.

Presionó sus labios contra mi tatuaje.

―Debí devorarte, romperte, hacerte huir. Pero no fui capaz. Eres la única presa que ha conseguido atrapar a la araña. Schmetterling… no sé amar sin destruir, y, aun así, daría todo lo que soy por no perderte. Te amo, Luna. Más que a mi propia vida.

Esbozó una sonrisa triste, esperando mi reacción. Sin embargo, yo seguía en shock, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. Todo se sentía irreal, como si fuera un sueño del que en cualquier momento despertaría.

Niklaus exhaló, nervioso, y su expresión se endureció al malinterpretar mi silencio.

―Luna… no te hablo como un hombre bueno ni como alguien digno de tu perdón. Te hablo como lo que soy: un hombre roto, peligroso… y completamente tuyo.

Me colocó el anillo en la punta de mi dedo anular, sin apartar la mirada.

―Cásate conmigo.

El agua le caía por el rostro, mezclándose con las lágrimas que ya no intentaba esconder.

―Eres la mujer que elegiría una y otra vez, aunque el precio fuera perderlo todo. Mi apellido, mi sangre, mi legado… nada pesa más que tú. No puedo prometerte un amor perfecto. Lo que sí puedo prometerte es que jamás volverás a enfrentarte sola al mundo mientras yo siga respirando.

Siguió de rodillas, como si solo desde allí pudiera dirigirse a mí. Como si levantar la vista ya fuera pedir demasiado.

―Dime algo, Schmetterling… una palabra, una mirada, cualquier cosa. Este silencio me está matando.

―Sí, Niklaus… quiero casarme contigo.

―Gott… du hast mich gerade zum glücklichsten Mann der Welt gemacht (Dios… acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo).

Cuando deslizó el anillo en mi dedo, comprendí que no existía marcha atrás. Quizá nunca la había habido. Incluso si hubiera dicho que no, Niklaus jamás me habría dejado escapar.

―Mein Schmetterling…

Enrolló la tela de mi vestido en mi cintura con una lentitud que me hizo contener el aliento. Sus ojos ya no eran los mismos; estaban oscuros, irreconocibles. Me estremecí de pies a cabeza cuando presionó su boca en mi entrepierna.

―Nik…

―Así… ―gruñó contra mi vello púbico―. No te contengas, preciosa.

Enganchó el pulgar en la tela de mi tanga para arrastrarla por mis piernas. Luego, con el dedo índice y el corazón, me abrió los labios y me lamió.

―Joder… ―Me aferré a su cabello cuando aplanó la lengua, explorando con toques lánguidos.

Se detuvo un instante, la punta de su lengua acariciando mi entrada, antes de penetrarme.

―¡Niklaus!

Mis piernas temblaron, pero él me aprisionó contra la pared, sus dedos clavándose en mí con posesividad.

―No pares… ―susurré, con mis caderas moviéndose frenéticamente mientras su barba rozaba mis pliegues―. Así… sí. Por favor…

Sollocé cuando mis rodillas volvieron a doblarse, incapaces de sostenerme. Niklaus rugió y me agarró el trasero con más fuerza.

―Te tengo ―ronroneó―. No voy a dejar que te caigas.

Tiró de mí hacia abajo, aplastando mi sexo contra su boca. Mis muslos lo enmarcaron, mi cuerpo entregado y mi equilibrio completamente en sus manos, mientras entrelazaba mis pies en su espalda.

Se irguió de un tirón, sin romper el sello húmedo de sus labios en mi intimidad. Sus palmas impactaron contra la pared a ambos lados de mi cabeza, con los dedos extendidos, como los de una araña tensando su red.

Cuando arqueé la columna, buscando más, él sonrió contra mi clítoris.

―Nik… no voy a aguantar… me voy a correr.

Mi respuesta hizo que él girase con mayor fervor su lengua en mi interior. Grité cuando alcancé el clímax, mientras él seguía exprimiéndome sin piedad, bebiendo de mí hasta la última gota de mis fluidos.

Mis uñas le arañaron los hombros y en su piel brotaron lunas crecientes y rojizas. Siseó de dolor antes de separarme los muslos. Intenté cruzar los tobillos detrás de su nuca para evitar que se alejara de mí, pero su mirada estaba fija en mi hinchado clítoris. De repente, cambió su agarre y me sujetó por la cintura, deslizándome por los azulejos hasta dejarme suspendida con los pies flotando sobre el suelo.

―Ich liebe dich, Schmetterling (Te amo, mariposa)…

Me embistió de golpe, estirándome con una brusquedad deliciosa que me hizo chillar, a punto de quedarme afónica.

―Te amo… lo eres todo para mí ―susurró.

Su boca me reclamó, mezclando el sabor de la sangre en mi labio inferior con la esencia de mi sexo, tornándolo todo más oscuro y retorcido.

Luego me dejó descender con delicadeza. En cuanto mis pies tocaron el suelo, me giró y me atrajo hacia él, envolviéndome con la solidez de su cuerpo. Jadeé cuando mis pechos se aplanaron contra la mampara.

―Niklaus… ―musité al sentir su erección resbalando entre mis pliegues.

Sus manos cubrieron las mías y las guiaron por el cristal empañado, borrando el vaho a su paso hasta elevarlas por encima de mí.

Sin más rodeos, me penetró salvajemente, balanceándose sin control.

―Eres mía… ―Me mordió el lóbulo―. Nadie toca lo que es mío. Y quien lo intente… morirá.

Su declaración era hermosa y oscura a la vez: un juramento propio de un Brauer, una forma retorcida de amor… y, aun así, amor

Me inmovilizó con una mano, mientras la otra recorría mi piel con una lentitud reverente, deteniéndose en mis imperfecciones, como si fuera lo más valioso que hubiera tocado jamás.

Gemí cuando el vello áspero en la base de su erección rozó mis muslos, mientras su dedo anular ―el que portaba el anillo― no paraba de torturar mi clítoris. Mi aliento chocó contra el cristal, haciendo un círculo que se desdibujó al instante, al mismo tiempo que el agua seguía corriendo por nuestros cuerpos, amplificando cada sensación y facilitando la penetración.

Niklaus liberó mis muñecas, solo para sujetar mi mandíbula y obligarme a mirarlo.

―Quiero verte la cara cuando mi polla te haga llorar de placer, cariño…

Mis labios se entreabrieron, mientras sus embestidas se volvían más erráticas. Finalmente, llegué al punto más alto del orgasmo. Mis facciones se contorsionaron, mis cejas se unieron en una mueca de desgarro y las lágrimas se acumularon en mis ojos, antes de deslizarse por mis mejillas sonrojadas.

Niklaus apretó su agarre cuando mis piernas dejaron de responder, manteniéndome de pie contra él.

―Schmetterling…

Sus caderas se desplazaron hacia adelante en torpes y desesperadas estocadas, impulsado por la necesidad de acompañarme en el orgasmo.

―Scheiße! (¡Joder!) ―gruñó en mi cuello, mientras mi sexo lo absorbía, recibiendo sus potentes chorros de semen.

No se apartó cuando todo terminó, ni siquiera me soltó. Al contrario, ralentizó cada movimiento, prolongando el contacto hasta envolverme en un abrazo.

Mi cuerpo se desplomó sobre el suyo y me mordí el labio inferior, a la vez que nuestros fluidos resbalaban entre mis muslos. Descansé mi cabeza en su hombro cuando me giró y me alzó en brazos.

―Mientras respire ―murmuró, acercándose a la cama―, tu dolor será mío, tu miedo mi enemigo… y tu vida, la única batalla que no pienso perder.