37 #2
Se oyeron disparos en distintos puntos del club. Francesco sonrió, satisfecho; su plan ya estaba en marcha. Apartó la vista de mí y la fijó en Luna. Ella retrocedió como pudo, arrastrándose con una mano mientras la otra apenas lograba sostener el arma. Su labio partido, la sangre… no fue lo único que me descompuso. Fue verla acorralada contra la pared.
La amaba. Maldita sea… la amaba más que a nada, incluso más que a mi propia vida. Y lo demostré haciendo algo que jamás creí capaz de hacer por nadie:
―Por favor, Francesco… te lo suplico.
Me miró como si acabara de presenciar un milagro. Y lo era: un Brauer suplicando por primera vez.
―Qué patético suena un hombre rendido.
Gruñí.
―¡Esto va contra las reglas! ¡Nuestras mujeres no participan en conflictos de la mafia!
―¿Y crees que eso me va a detener? Dirijo la Mafia della Vipera (la Mafia de la Víbora). La serpiente nunca respetó nada. Desde Adán y Eva, solo ha enseñado a romper las reglas y a elegir el pecado. ―Señaló el tatuaje de su antebrazo―. La vipera non segue regole. Colpisce quando fiuta la paura (La víbora no sigue reglas. Ataca cuando huele el miedo). E io… lo sto fiutando adesso (Y yo… lo estoy oliendo ahora mismo) ―dijo, con la atención fija en Luna.
―Si te acercas… no dudaré en disparar otra vez ―musitó ella.
―Dispara, piccola (pequeña). Vamos.
Luna se pegó más a la pared.
―¿Has visto cuánto te ama tu marido, bella mia (mi hermosa)? Mejor así. Que sufra mientras te destrozo el coño.
―Verdammter Hurensohn! Leg keine Hand auf ihn! (¡Maldito hijo de puta! ¡No le pongas la mano encima!).
―Disfruta de las vistas, Brauer…
Lloré, y la armadura que había construido durante años se resquebrajó. Las lágrimas ardieron al mezclarse con la sangre y cayeron sin control. Lloré porque estaba perdiendo lo único que me importaba… lo único que realmente me mantenía con vida.
Francesco deslizó las manos bajo el vestido de Luna, cruzando la frontera que yo mismo había impuesto como ley: nadie la tocaba.
―Mira a tu marido ―le murmuró―. Llorando por ti. Solo tú tienes el privilegio de provocar algo así.
―No… por favor… ―rogó.
La desesperación me empujó a querer arrancarme las muñecas a mordiscos, pero el sonido de otro disparo lo cambió todo.
Pum.
Francesco se quedó rígido. La mano, a medio camino de la entrepierna de Luna, cayó sin fuerza antes de que su cuerpo se desplomara sobre ella. La sangre comenzó a extenderse por el suelo. Entre sollozos, Luna intentó apartarlo, hasta que él convulsionó por última vez y terminó boca arriba, con la camisa blanca teñida de rojo.
Luna lo miró con los ojos abiertos de par en par, como si su alma acabara de abandonarla. Se llevó una mano a la boca para contener el llanto, pero entonces reparó en sus dedos, manchados con la sangre del hombre que acababa de matar.
―Luna… ―Mi voz tembló al pronunciar su nombre―. Schmetterling…
La pistola cayó al suelo y, con ella, mi mundo se tambaleó. Sentí orgullo, claro que sí… pero también un terror profundo al verla cargar con lo que acababa de hacer. Había matado por mí. No existía precio más alto que ese por amor.
―Luna, mírame, por favor…
No reaccionó. Seguía atrapada en el eco del disparo, perdida en un vacío del que parecía incapaz de salir. Tenía que sacarla de ahí, arrancarla de ese estado.
De repente, el pasillo estalló en una sucesión de pasos apresurados. Los hombres de Francesco llegaban para terminar la faena.
―¡Luna! Scheiße! Lauf! Jetzt! (¡Mierda! ¡Corre! ¡Ahora mismo!).
Sin embargo, los italianos nunca llegaron. En su lugar apareció Luther, con el arma en alto, seguido de Tony, con el rostro descompuesto por la carrera y el caos.
―Heiliger Gott! (¡Dios santo!) ―dijo Luther―. ¿Qué demonios ha pasado aquí?
―¡Luna! ―exclamó Tony, alarmado.
Ambos avanzaron hacia ella sin esperar mis órdenes. En cualquier otra circunstancia, habría sido una falta grave… motivo de muerte. Yo era su jefe. Der Boss (El Jefe).
Pero no sentí rabia. Todo lo contrario.
Porque Luna no era solo mi mujer… era el corazón de la Spinnenmafia. Mi mundo entero. Y todo lo demás orbitaba a su alrededor.
Tony se arrodilló frente a ella y le sostuvo el rostro, pero el simple contacto bastó para que Luna chillara y se apartara presa del pánico.
―¡No me toquéis!
Tony retrocedió, sin color en la cara. Sin embargo, Luther suavizó el tono:
―Luna, tranquila. Estás a salvo. Nadie te va a hacer daño.
Negó con la cabeza una y otra vez, con la mirada fija en algo invisible para nosotros. Se aferró al cabello, angustiada, los sollozos quebrándosele en la garganta, hasta que se puso en pie y salió corriendo. Mis hombres se asomaron al pasillo, pero ninguno se movió; ninguno se atrevió a detenerla.
―¿Qué coño hacéis mirando? ¡Desatadme de una puta vez!
Luther se acercó para liberarme.
―Niklaus, cálmate. Necesitas un médico. Estás herido y…
Lo aparté cuando soltó la cuerda de mi mano. Terminé de desatarme a tirones y me incorporé con un gruñido rabioso. El dolor estaba ahí, vivo en cada músculo, pero no gobernaba mi cuerpo.
―Mi mujer me necesita ―escupí, con la sangre resbalando por mis labios.
No existía herida suficiente para retenerme. Si el infierno quería reclamar a alguien esa noche, que me reclamara a mí, no a ella. Jamás lo permitiría…