BOLBORETA 37
73%

37

Las cuerdas se hundían en mis muñecas como mandíbulas hambrientas, tensándose con cada mínimo movimiento, dispuestas a desgarrarme la piel. Colgaba del techo, suspendido de una tubería en un ángulo tan antinatural que el cuerpo no estaba hecho para soportarlo. Mis rodillas apenas rozaban el suelo en un gesto que casi podría parecer misericordioso. El descanso estaba a un suspiro de distancia, pero no era para mí.

Entonces, llegó el golpe. Mi cabeza se sacudió hacia un lado y el mundo estalló en un blanco brutal que me arrancó la visión durante un segundo que se sintió infinito. Sonreí, saboreando el hierro de la sangre en mi boca, y lo insulté en alemán.

―Habla en español, figlio di puttana (hijo de puta).

Escupí a sus pies:

―El temblor en tu pulso… me recuerda a tu hijo.

El siguiente puñetazo fue más duro y la sangre empezó a resbalar por mi mentón. Aun así, un siseo de dolor se le escapó entre los dientes antes de que pudiera contenerlo.

―¿Eso es todo lo que tienes? ―murmuré con la mirada fija en cómo se tensaba al recolocarse el dedo roto―. ¿Te duele? Quédate con esa sensación… la vas a necesitar cuando empiece yo.

―Sonreír ahora es un error, Niklaus. En cuestión de minutos, tus hombres caerán, tu mujer quedará indefensa… y tú desaparecerás.

La palabra «mujer» me dolió más que todos sus golpes juntos.

―¿Eso te hizo creer Alessandro? ¿Que todo estaba bajo control?

―No pronuncies el nombre de mi hijo, maledetto bastardo (maldito bastardo).

―Te va a traicionar. Siempre ha querido tu trono. Yo solo soy el señuelo… mientras me tienes aquí, distrayéndote, él ya está ganando.

―¿De verdad crees que no reconozco a mi propio hijo? Él sabe cuál es su lugar.

―Sí, sobre tu cadáver.

Alzó la mano para abofetearme, pero se frenó a medio camino.

―Si crees que matándome vas a ganar, te equivocas ―le dije―. Mi padre no tolerará mi muerte. Y cuando lo sepa, no habrá negociaciones ni pactos… tu nombre será el primero en la lista. Después irá a por cualquiera que lleve tu apellido.

―Tu padre es un viejo avaricioso. Vino a Italia a perder el tiempo y ahora exige demasiado, como si pudiera quedarse con todo. Los Brauer os vais a pudrir en el infierno.

El dolor dejó de importar en el instante en que comprendí que Luna también era una Brauer.

Se quitó la chaqueta y se remangó. La serpiente tatuada en su antebrazo pareció cobrar vida.

―Un hijo por un hijo. Sería lo justo. Lástima que la justicia no me interese. Sono una vipera, e le vipere non perdonano (Soy una víbora, y las víboras no perdonan). Te mataré, Niklaus. Y después iré a por tu padre, por tu hermano…

Se detuvo justo donde sabía que dolía. Lo suficiente para que la amenaza calara, para que creciera en mi mente.

―…y por tu mujer.

Algo en mí se contrajo al mismo ritmo que las cuerdas. La piel terminó por ceder y la sangre, espesa y cálida, comenzó a correr por mis muñecas.

―Si la tocas…

Francesco soltó una carcajada incrédula, como si mi amenaza fuera un chiste mal contado.

―¿Pretendes matarme? ¿Tú? Mírate, Niklaus: reducido a esto. Atado, roto, sangrando… justo donde te quería. Tal como lo planeé.

Volví a tirar de las cuerdas, gritando, consumido por la frustración.

―Ah, povero bambino! (¡Ah, pobrecito!) ―fingió compasión―. Mi hijo murió por impulsivo, y tú insistes en repetir su historia.

Dio una vuelta a mi alrededor sin prisa, mientras la víbora tatuada en su antebrazo no me perdía de vista. Luego se acercó a la mesa y abrió el maletín: cuchillos, pinzas, sierras, alicates, limas… Eligió un cuchillo, lo clavó en la madera y lo hizo girar.

El miedo me atravesó, sí… pero no por mí, sino por ella. Por mi mariposa. Que ese cabrón hiciera conmigo lo que quisiera, que me rompiera los huesos o me arrancara la piel a tiras si le daba la gana. Pero a ella no. A ella que no la tocara, joder.

―Interessante (Interesante). El dolor no te está ganando. ―Su sonrisa se afinó―. Te duele ella.

El mareo me arrastraba hacia abajo, difuminando los bordes de todo lo que veía. No podía vencer así… no con el cuerpo hecho pedazos. Tendría que sobrevivir con la cabeza, pensar más rápido que él.

―Allora (Entonces)… ¿qué prefieres perder primero? ¿Los dedos con los que la tocas o la lengua con la que pronuncias su nombre?

Iba a jugar con él, a desviar su atención, a empujarlo a un fallo. Pero la puerta se abrió antes de que saliera una sola palabra. Pensé que era uno de sus hombres, atraído por la sangre, otro espectador para mi final… hasta que vi una silueta femenina recortada contra la luz.

―¿Quién mierda…? ―empezó Francesco, pero la frase se le atragantó cuando Luna dio un paso al frente y lo obligó a callar.

El rojo de la peluca caía sobre sus hombros como fuego líquido. El vestido negro de encaje se ceñía a su cuerpo sin pudor, hecho para provocar y captar miradas. Era Luna… y, al mismo tiempo, Bolboreta.

Sus ojos me buscaron y algo en ella se quebró: el miedo, el temblor en su boca, la necesidad de llegar hasta mí y cortar las cuerdas con sus propias manos. Estuvo a punto de hacerlo, de exponerse por completo. Sin embargo, se contuvo.

Francesco la examinó de pies a cabeza, atrapado entre el deseo que lo empujaba hacia delante y la desconfianza que lo forzaba a retroceder. Intentó encajar su rostro en algún recuerdo; estaba seguro de que Alessandro le había enviado fotos de Luna, pero la mujer que tenía ante él no coincidía con ella. La peluca, la postura, la forma en que sostenía el peligro en la mirada… la volvían irreconocible.

―Espero no haber llegado tarde ―susurró ella―. Odio cuando el entretenimiento ya está medio muerto.

«Mi hermano era una carga. Heredó la sangre de Francesco: rápida, volátil… y, a la larga, inútil», recordé las palabras de Alessandro. De pronto, el plan de Luna dejó de parecer una locura y empezó a sentirse como una oportunidad.

―Tuo figlio Alessandro mi ha mandato… per farti compagnia (Tu hijo Alessandro me ha enviado… para hacerte compañía) ―pronunció con un italiano dulcificado por su acento español, mientras deslizaba la palma por el torso de Francesco y lo rodeaba.

Él soltó el cuchillo y su postura cambió, más relajada. Casi me convencí de que había ganado tiempo, pero entonces la atrajo por la cintura, y no hubo alivio posible al ver sus manos ―todavía teñidas de mi sangre― sobre mi mujer.

―Parli italiano, bella? (¿Hablas italiano, hermosa?) ―murmuró junto a su oído.

Luna tardó en responder y, en ese segundo, vi cómo el miedo y el coraje chocaban dentro de ella.

―No hablo muy bien italiano ―dijo al fin―, pero aprendo rápido.

Giró sobre sus talones y apoyó la espalda contra el pecho de Francesco, moviéndose con un vaivén deliberado que él aceptó con una sonrisa satisfecha. Sus labios descendieron hasta la nuca de Luna, dejando besos húmedos. Ella alzó la vista entre lágrimas y nuestras miradas se engancharon. Negué levemente, rogándole sin voz que desapareciera de allí.

De repente, Francesco le atrapó la mano y se fijó en el anillo… mi anillo. Mierda. Sus dedos rozaron las iniciales ―«NJDB»― y bajaron hasta el tatuaje.

―Farfalla (Mariposa)…

Alessandro había hablado más de la cuenta con su padre sobre Luna: detalles que nunca debieron salir a la luz, secretos imposibles de deshacer.

Por reflejo, Luna le golpeó la entrepierna con la rodilla. Él se dobló con un jadeo ahogado, tambaleándose hasta apoyar la mano en la mesa… cerca del cuchillo.

―¡Luna, huye! ―grité desde lo más hondo.

No obedeció. En un movimiento casi imperceptible, llevó la mano bajo el borde del vestido, encontró la liga y extrajo de ella una pistola pequeña.

―Si vuelves a tocar a mi marido… te mato.

La vergüenza le ensombreció el rostro a Francesco, junto a un orgullo herido que no soportaba haber sido desafiado así… y menos por una mujer.

―No me asustas si crees que…

―¡Aléjate de la puta mesa! ―exclamó, interrumpiéndolo.

Francesco apretó los dientes, a punto de ir por el cuchillo, pero Luna sacudió el arma y lo detuvo en seco.

―Tranquila, bella (hermosa).

―Deja de reír o te cierro la boca de un tiro.

Francesco se aferró a la risa, haciéndola más ruidosa y forzada, como si pudiera ocultar lo evidente. Sin embargo, el sudor en su sien lo delataba: estaba cagado de miedo.

―¡Dispara! ―gruñí―. ¡Luna, dispara!

―No lo hará, Niklaus. No está hecha para esto… no es de los nuestros.

Era cierto, pero ahí estaba, con el arma apuntando al corazón de la Mafia Italiana para protegerme.

―Ahora entiendo por qué te casaste con ella ―murmuró―. Tiene más cojones que mi hijo muerto.

Avanzó un paso y el color se le fue del rostro a Luna. Sus dedos se aferraron a la pistola y el temblor le recorrió el brazo.

―¡Para o disparo!

Él sonrió con crueldad.

―No te acerques a ella, Hurensohn (hijo de puta) ―rugí.

―Cambio de planes, Brauer. Antes de quitarte la vida, quiero que veas cómo me follo a tu mujer… y que ese recuerdo te persiga mientras te desangras.

Chillé y tiré de las cuerdas, llevando mi cuerpo al límite hasta que los huesos respondieron con un crujido de protesta.

―Os conviene que sea yo quien os otorgue este final ―dijo―. Porque si Egbert descubre que todo esto empezó por una mujer, lo único que os quedará será rezar para que os maten deprisa.

Siguió avanzando y Luna inhaló hondo, cerró los ojos y apretó el gatillo. El disparo falló; la bala rebotó en la madera y las astillas saltaron en todas las direcciones. Una le alcanzó la mejilla a Francesco, abriéndole un corte.

―Cagna schifosa! (¡Perra asquerosa!).

La abofeteó y el impacto la hizo tambalearse hasta caer al suelo.

―¡Maldito hijo de puta! ¡Aléjate de ella!

Sollozó, con la peluca fuera de sitio, mientras intentaba ponerse en pie. Respiraba. Mein Gott (Dios mío)… al menos seguía respirando.

Me dejé caer contra las cuerdas, tensándolas.

―¡Te voy a matar, Francesco!

―Qué enternecedor, Brauer. Todavía crees que esto puede terminar bien.

Pum.