BOLBORETA 36
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Si Francesco ya estaba tan fuera de sí, no quería ni imaginar la furia que desataría al enterarse de que un Brauer había asesinado a su hijo menor.

Alessandro bloqueó el móvil.

―Esta es la situación, Niklaus ―comentó―. Si estuviera en tu lugar… le pediría a tu mujer que se apartara. Esto es asunto de hombres.

―Si estuviera en tu lugar, guardaría silencio.

―¿Te das cuenta? Ese es tu error: confundes lo personal con lo profesional, y lo personal… siempre acaba siendo una debilidad. ―Observó el reloj de su muñeca―. Por cierto, deberías empezar a vaciar el club. A mi padre no le gustan los imprevistos.

Niklaus apretó el puente de su nariz con los dedos.

―Vete, Luna.

―No…

―¡Luna! ¡Es una maldita orden, lárgate de aquí! ―rugió, tan enfadado que incluso Alessandro dejó de sonreír.

Me dirigí hacia la cocina, dejando la puerta entreabierta. Desde allí, escuché la conversación.

―Te hace falta enseñarle a tu mujer quién manda; ya parece que es ella quien lleva las riendas. En la mafia, las esposas están para complacer y adornar, no para interferir en lo que nos atañe.

―Fillo de puta (Hijo de puta)… ―musité con voz apenas audible.

―Admite que este matrimonio no fue más que una provocación hacia tu padre. Venga, Niklaus… no lo escondas detrás de excusas de amor. Nadie aquí es tan ingenuo como para creerlo.

―No sigas, Vanetto… estás cavando un agujero más profundo del que deberías.

Sin embargo, Alessandro ignoró la advertencia y continuó hablando:

―El matrimonio es solo una transacción: poder, ganancias y conveniencia. Así que ahórrate el drama. No estamos en un cuento de hadas, ni en la puta fantasía que quieres venderme. Cazzo! (¡Joder!). El matrimonio te ha ablandado. Hazme caso: necesitas ser más duro con ella. No hay otra forma de que esto funcione.

Abrí la boca, conteniendo un jadeo, cuando Niklaus estampó a Alessandro contra la mesa. Cogió el cuchillo de la fuente y lo clavó en la madera, el filo rozándole la oreja lo bastante cerca como para hacerle un leve corte. Una gota de sangre cayó sobre el mantel blanco…

―Estás hablando de mi mujer, Hurensohn (hijo de puta).

Alessandro forzó una sonrisa, intentando mantener su aire de superioridad, pero su voz se quebró, dejando al descubierto una grieta en su fachada:

―Si me matas, mi padre…

―Sí, lo sé, vendrá a por mí… y encontrará lo que yo quiera que encuentre. Como te dijo mi esposa: si vuelves a cruzar esta puerta, la próxima cena será tu funeral.

Desde mi escondite, sonreí satisfecha, saboreando el momento.

Alessandro se apartó de la mesa y se ajustó el traje con evidente frustración.

―Te quedan treinta minutos ―advirtió, señalando el reloj con el dedo índice―. A mi padre no le agrada la impuntualidad; la considera una falta de respeto que no tolera.

Niklaus maldijo en alemán, conteniendo la ira, y llamó a Luther. Este cruzó la estancia con rapidez.

―Ruf den Club an und sag ihnen, dass sie ihn sofort räumen sollen (Llama al club y diles que lo desalojen inmediatamente).

―Verstanden. Ich kläre alles (Entendido. Me encargaré de todo).

Niklaus no desvió la mirada de Alessandro; tenía toda su atención puesta en él mientras seguía hablando con Luther, sin perder el hilo de la conversación.

―Puertas cerradas. Dos escuadrones en cada entrada. Ningún hombre de Francesco fuera de nuestra vigilancia. Prepara el coche. Salimos al club ahora mismo, sin retrasos ―ordenó, esta vez en español, como si quisiera asegurarse de que Alessandro también entendiera el mensaje.

Luther asintió y desapareció del comedor.

―Si esto es una trampa, Vanetto, mataré a tu padre.

Alessandro carcajeó.

―No esperaba menos de ti…

―Y después, tú serás el siguiente ―concluyó.

La risa de Alessandro se apagó al instante.

―Madonna santa! (¡Madre santa!). Todo esto por una mujer. Siempre es por una mujer.

Niklaus lo fulminó con la mirada.

―Llama a tu chófer y sal de mi puta casa.

Alessandro se ajustó la corbata mientras tecleaba frenéticamente en su móvil. Niklaus, impaciente y harto, se dio la vuelta y se marchó con sus hombres. Alessandro, solo en el comedor, miró hacia la puerta de la cocina… pero no me vio. Afuera, los motores rugían, listos para partir.

―Attiva il piano (Activa el plan).

Caminó de un lado a otro, recorriendo la estancia con la mirada. Una sonrisa fugaz de desdén curvó sus labios.

―Avvisa mio padre e digli tutta la verità… Che Niccolo è stato ucciso da Niklaus (Avisa a mi padre y cuéntale toda la verdad… Que Niccolo fue asesinado por Niklaus).

«Avvisa mio padre. Digli tutta la verità…». El alemán me resultaba difícil, pero el italiano tenía suficiente afinidad con el español como para que pudiera entenderlo. «Avisa a mi padre. Cuéntale toda la verdad…».

Tragué saliva con tanta cautela que cualquier movimiento me habría delatado.

―Fallo… invia le immagini. Lascia che le prove parlino da sole (Hazlo… envía las imágenes. Deja que las pruebas hablen por sí solas).

Apreté el anillo con nerviosismo hasta que las iniciales de Niklaus mordieron mi piel.

―Per ora non coinvolgere Egbert. Voglio gestire io i fili e muovere il burattino a modo mio (Por ahora, no involucres a Egbert. Quiero llevar yo las riendas y mover los hilos a mi manera).

Colgó el teléfono y salió de la mansión. Me quedé junto a la puerta, con el corazón desbocado. Niklaus ya iba camino al club. Luther no me escucharía; sus hombres jamás me tomarían en serio… salvo uno. Busqué su número en la pantalla del móvil. El tono de llamada me taladró el oído.

Uno… dos… tres…

―¿Luna?

Solté un sollozo. Su voz fue como aire fresco en una habitación sin oxígeno.

―Tony, no hay tiempo para florituras.

―¿Qué ha pasado? ¿Niklaus te ha hecho daño?

―No…

―Te ha obligado a casarte, ¿verdad? Te juro que si ese hijo de puta se atreve…

―¡Tony! ―lo corté―. ¡Niklaus no me ha hecho nada! Pero le harán daño… y no puedo quedarme de brazos cruzados.

―¿Quién?

―Los italianos. Francesco se reunirá con él en el club.

―Mein Gott (Dios mío)… ―masculló―. Se supone que no deberías estar al tanto de esto. ¡Es peligroso!

―Si no haces exactamente lo que te voy a pedir… Niklaus morirá.

Inspiró hondo.

―Está bien. Te escucho.

―Alessandro nos lleva ventaja. Tiene pruebas. Francesco ya dispone de toda la información.

―Scheiße (Mierda).

―En cuanto Niklaus llegue al club y se quede a solas con Francesco… ―No pude continuar; la frase se me apagó en la garganta―. Luther y tú os ocuparéis de los hombres de Francesco. Yo… me encargaré de él personalmente.

―¿Te has vuelto loca? ¡Ni de puta coña!

―¡No hay otra opción!

―¿Cuál es tu plan, entonces? Esto roza la locura… y lo sabes.

Se lo conté, con cada detalle trazado como si ya hubiera ocurrido: la puerta trasera quedaría sin cerrojo, el pasillo libre de guardias que pudieran reconocerme. Entraría sola y, una vez dentro, le enviaría un mensaje para que él y Luther eliminaran a los hombres de Francesco uno a uno, sin levantar sospechas.

―Te reconocerán ―protestó.

―No. Diré que Alessandro me ha enviado como un regalo para su padre. Seré su distracción.

El aire se le escapó, dejando tras de sí un silbido fino, casi dolido.

―Te va a reconocer, Luna.

—Puede que tenga fotos mías, pero nunca ha visto a Bolboreta.

―Luna…

―No me falles, Tony.

Se oyó un golpe seco, quizá su puño contra la pared. No pregunté.

―¿Entiendes que, si esto sale mal, no habrá vuelta atrás? Que, si te pasa algo…

―Si me pasa algo… al menos Niklaus saldrá con vida.

―Joder, Luna, siempre consigues arrastrarme contigo al peor de los infiernos.

―Porque sabes sobrevivir en ellos. Confío en ti.

―Si sales herida, no podré perdonármelo. Y Niklaus no me dará tiempo ni para asumirlo: vendrá a por mí, como Liam Neeson en Búsqueda implacable: «Te buscaré, te encontraré… y te mataré».

Reí al imaginármelo.

―Te voy a pedir un último favor: esconde una pistola en los camerinos, dentro de mi armario.

―¿Una pistola? ¿Al menos sabes usarla?

―Te sorprenderías.

―No me asusta que la sostengas. Me aterra el momento en que tengas que usarla. Si lo haces, no volverás a ser la misma.

―Lo sé. Pero si tengo que elegir entre huir o proteger a quienes amo… ya sabes qué voy a elegir. Cuento contigo. Espera mi señal.

Colgué antes de que pudiera contradecirme. Me encerré en mi habitación y me transformé en Bolboreta: peluca roja, vestido negro y medias de encaje.

Me acerqué al espejo hasta que mi aliento lo empañó y apoyé la frente en el cristal, inhalando esa versión de mí que ya no debía existir.

Al salir de casa, la lluvia me golpeó como una bofetada fría, empapándome en cuestión de segundos.

«Tu oscuridad no se parece a la mía, Schmetterling. Aún estás muy lejos de ser un monstruo… como yo. Si alguna vez esa rabia te arrastra… vienes a mí. No te voy a dejar sola con ese peso. Nunca».

Miré el anillo y, después, mi mente voló a la de Niklaus. La araña y la mariposa, unidas por el mismo hilo. Depredador y presa, condenados a cruzarse sin poder separarse sin romperse. Dos almas obligadas a rozarse, sabiendo que el contacto podía significar el fin… y, aun así, quizá en ese veneno estuviera mi única salida… mi salvación.