35
El espejo me devolvía a alguien que ya no reconocía. El vestido negro se ceñía a mi cuerpo, no para embellecerme, sino para imponerme. Mi cabello caía liso sobre los hombros, oscuro y contenido, demasiado ordenado para quien alguna vez tembló de miedo. Labios rojos, tacones del mismo tono… y en mi dedo, frío y pesado como su voluntad, el anillo de Niklaus.
―Estás preciosa ―susurró Adelaida a mi espalda mientras me ajustaba la cremallera―. Niklaus ya está abajo con Alessandro, esperándote. Mein lieber Gott! (¡Por el amor de Dios!). No sé si me asusta más la cena o la calma inquietante que se respira esta noche.
Vi su reflejo en el espejo e intenté tranquilizarla:
―No te preocupes. Alessandro no es tan imprudente como para atacar la mansión de los Brauer con decenas de hombres alrededor.
―No me asusta él, sino Niklaus. Cuando está así, callado y distante, no me gusta nada.
Giré el rostro hacia ella.
―¿Crees que algo podría salir mal… con todo lo que hemos preparado?
―Con esos dos en la misma habitación, el riesgo siempre existe. Solo espero que esta noche no sea la que lo desencadene.
Inhalé, sintiendo cómo el nudo en mi estómago se tensaba cada vez más.
―No soy buena rezando ―admití con una sonrisa melancólica―. A veces creo que Dios me olvidó hace treinta y dos años.
―Entonces haz lo que haría un Brauer: enfréntate al diablo cara a cara, y no te dejes intimidar.
Volví la vista al espejo, con los ojos fijos en el reflejo, intentando encontrar en mí una chispa de coraje.
―¿Estás lista? ―inquirió.
―No… pero eso nunca ha sido un impedimento, ¿verdad?
Me sostuvo la mirada un instante más antes de apartarse. Su gesto fue una invitación: el camino quedaba ahora solo delante de mí.
―¿Y Dustin?
―Está en su habitación. Niklaus ha asignado a dos hombres para vigilarlo y le llevarán la cena. Está bien; no le ocurrirá nada.
―Escóndete con él y asegúrate de cerrar la puerta con llave ―le ordené.
Bajé las escaleras; cada peldaño dejaba atrás una versión de mí: la que temblaba ante los gritos, la que se hacía pequeña, la que pedía permiso para existir… todo quedó atrás, como ceniza al viento. Respiré hondo, exhalé despacio y seguí adelante, con la espalda firme y la barbilla en alto.
Los hombres de Niklaus me escrutaron con una atención que delataba reconocimiento y lealtad. Tras la puerta del comedor, las voces se entrelazaban: la de Niklaus, dura y afilada; la de Alessandro, educada y medida… aunque el veneno se filtraba en cada sílaba. Luther estaba allí, junto a la entrada. Antes de que pudiera avanzar, me detuvo del brazo.
―Bajo ningún concepto muestres miedo. Ni el más mínimo temblor.
Mis dedos se aferraron a la tela del vestido, y la angustia me hizo vacilar. Él lo notó. Su pulgar presionó mis nudillos con calma, como si pudiera ordenar mis pensamientos.
―¿Qué pasa si intenta manipularlo? ―pregunté, temerosa de la respuesta―. ¿Y si logra que mi marido pierda el control?
La palabra se me atascó en la garganta: «mi marido».
―Si Alessandro se atreve a llegar tan lejos, deja que Niklaus haga lo que mejor sabe hacer.
Aflojó su agarre, abrió la puerta y entré en el comedor.
El aire estaba cargado de vino tinto, parmesano recién rallado y trufa negra. La mesa larga se extendía con precisión milimétrica: platos, copas y servilletas alineados al detalle.
Alessandro ocupaba la cabecera derecha, relajado, girando la copa de vino entre los dedos. Me observó por encima del cristal sin molestarse en disimularlo. Sentí el impulso de retroceder, pero la advertencia de Luther volvió a mí: «Bajo ningún concepto muestres miedo. Ni el más mínimo temblor».
Niklaus me clavó la mirada desde la cabecera opuesta. Sus ojos azules se fijaron en mí y, por un instante, todo lo demás desapareció. El cabello negro, peinado hacia atrás, endurecía aún más su mandíbula. La camisa blanca, ajustada bajo el chaleco negro, marcaba la tensión de su cuerpo.
Tragué saliva al fijarme en su mano izquierda, apoyada sobre la mesa. Un anillo nuevo le rodeaba el dedo anular. Podía ser plata, oro blanco o un metal más fino, pero no fue su valor lo que me cortó la respiración, sino el detalle escondido. Entrecerré los ojos, agradeciendo las gafas. El grabado era casi invisible, salvo para quien supiera dónde mirar: una araña entrelazada con una mariposa.
Dos camareros irrumpieron por la puerta lateral que conectaba la cocina con el comedor, con pasos rápidos y torpes, seguidos por el chef: un hombre bajo, sudoroso, con la expresión de quien preferiría desactivar una bomba antes que atender aquella mesa. Traían el último plato: un risotto de setas con trufa negra.
―Retiraos ―ordenó Niklaus.
Dejaron la comida y se desvanecieron en silencio. Yo seguí de pie, como si esperara una reprimenda.
«Genial, Luna. Qué entrada triunfal», pensé.
―¿Va a quedarse ahí toda la noche como una estatua, signora Brauer (señora Brauer)? Le aseguro que no muerdo.
Sonreí.
―Entonces procure no acercarse, signore Vanetto (señor Vanetto). ―Avancé―. Porque, créame, yo sí muerdo cuando me provocan.
Parpadeó, incrédulo.
―Me enseñaron que la impuntualidad es señal de debilidad ―dijo, echando un vistazo al reloj.
―Y a mí que los hombres que llegan demasiado pronto suelen estar desesperados.
Niklaus soltó una risa contenida mientras yo tomaba asiento en el centro de la mesa, justo en el punto donde se equilibraban dos mafiosos sedientos de sangre.
―Parece que me corresponde felicitaros ―comentó Alessandro, saboreando el risotto―. No es habitual enterarse de una boda tan… repentina. No sé si sois conscientes de lo que habéis hecho. Las alianzas apresuradas siempre acaban resquebrajándose.
―¿Te preocupa mi estabilidad? ―preguntó Niklaus―. Creí que habías venido a hablar de negocios, no de mi matrimonio.
Alessandro alzó la copa y dio un sorbo de vino.
―¡Tienes razón! Me alegra verte tan dispuesto a cooperar. ¿Has reflexionado sobre mi oferta?
―He reflexionado bastante, pero en todas mis opciones siempre acabas muerto.
―Creo que has malinterpretado mis palabras, Brauer. No pretendía amenazarte, aunque las circunstancias puedan llevarte a esa conclusión.
―No me toques los cojones, Vanetto. Desde el primer minuto, tú y tu hermano me habéis estado chantajeando… un truco propio de cobardes.
―El chantaje solo funciona cuando no hay salida. Y tú la tienes. Puedes seguir siendo el hijo obediente del demonio que te engendró… o liberarte y tomar tu propio camino, sin cadenas. No olvides a tu esposa: también forma parte del trato. Su seguridad depende de lo que decidas esta noche. La guerra no distingue inocentes. Y en tu familia… las mujeres nunca han tenido un final distinto.
Niklaus se enderezó bruscamente y la silla se estrelló contra el suelo.
―No vuelvas a hablarme de esa forma en mi puta casa.
―Solo hablo de posibilidades, Brauer.
―La única posibilidad que hay en este momento es que Francesco reciba tu cabeza en una caja.
―Vaya, vaya… ¿y ahora quién está amenazando a quién? ―Me observó con malicia.
Niklaus cerró los puños con fuerza; las venas de su cuello palpitaron, delatando la ira que iba en aumento.
―Mantén tus ojos lejos de mi mujer.
Me levanté de inmediato y extendí los brazos en cruz, con la esperanza de apaciguar la tensión antes de que todo terminara en una tragedia.
Niklaus rozó mi cintura, mientras Alessandro se incorporaba con elegancia y se ajustaba la americana blanca sobre los hombros.
―Ha sido un placer conocerla, signora Brauer (señora Brauer). Espero que la próxima cena sea más… placentera.
―Si vuelves a cruzar esta puerta o a acercarte a mi familia… la próxima cena será tu funeral ―escupí sin pensarlo. No lo quería cerca de Dustin.
Alessandro dio un paso hacia mí, pero Niklaus se interpuso, bloqueándole el camino.
―Esta reunión ha llegado a su fin.
―Niklaus, si te niegas a aceptar mis condiciones, ya te imaginas cómo acabará todo.
―¿Eso crees, Vanetto? ―Chasqueó la lengua―. Aquí, quien determina el final soy yo.
Alessandro metió la mano en el interior de su chaqueta, pero antes de que pudiera hacer nada, Niklaus me empujó hacia atrás. Clac. El seguro de la pistola se desenganchó, apuntando directamente a Alessandro. Sin embargo, el italiano no mostró ni una chispa de sorpresa y, en vez de un arma, sacó su teléfono móvil…
―Tranquilo, amico mio (amigo mío). No todo en esta vida se arregla apretando un gatillo…
Niklaus no cedió. El cañón permaneció firme, esperando el momento preciso para liberar sus balas.
―Tienes tres segundos. Te aconsejo que no los desperdicies en idioteces.
Alessandro giró el teléfono para mostrar la pantalla y la luz le iluminó una sonrisa calculadora. Había mensajes y un nombre: Francesco.
―Antes de esta cena, consideré que sería buena idea avisar a mi padre.
La mandíbula de Niklaus se tensó.