BOLBORETA 34 #2
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―No digas eso. No te pongas al nivel de lo que te rompió. Los monstruos no dudan, no sienten culpa… no lloran después de desear la muerte a quien los hirió. Tu oscuridad no se parece a la mía, Schmetterling. Aún estás muy lejos de ser un monstruo… como yo.

No había orgullo en su voz. Solo una verdad amarga, como si sostenerla le pesara más de lo que estaba dispuesto a admitir.

―Si alguna vez esa rabia te arrastra… vienes a mí. No te voy a dejar sola con ese peso. Nunca.

―¿No me has escuchado? ¡He deseado la muerte de mi padre… y la de Izan! ¡Soy un maldito monstruo!

Él sonrió.

―Lo siento. Siento haberte arrebatado ese deseo.

―¿Qué…

―Izan no volverá a molestarte.

―¿Qué has hecho?

Ladeó la cabeza, como si la respuesta fuera obvia.

―Si es necesario, también me ocuparé de tu padre. Solo tienes que pedírmelo.

Cualquier otra habría huido en mi lugar. Yo no lo hice. Ni siquiera lo pensé… no después de verlo enfrentarse al peligro por protegerme.

Se subió al colchón y retrocedí hasta chocar con el cabecero. El arma se me cayó de las manos y golpeó el suelo. Me acurruqué, abrazando las piernas contra el pecho, atrapada en su mirada.

―Quiero ser un monstruo para el mundo… pero no para ti, Schmetterling. No me temas.

Grité cuando me sujetó por los tobillos y tiró de mí hasta quedar sobre mi cuerpo. Luego, sin previo aviso, me besó con una pasión arrolladora.

―¿Me has entendido? ―murmuró, sin darme espacio para responder.

Sus labios trazaron un camino ardiente por mi cuello, dejando chupetones, mientras sus manos recorrían mi cuerpo.

Gemí cuando sus dientes se hundieron en mi hombro.

―Si vuelves a quitarte mi anillo… ―Me rodeó la muñeca con fuerza y la apretó―… lo soldaré a tu piel.

Me besó con furia, a la vez que su pulgar acariciaba mi clítoris y sus dedos me penetraban, moviéndose en un vaivén desesperado.

―Me encanta cómo me respondes… ―dijo, lamiéndome el pezón.

Me mordí la palma, sofocando los gemidos que se me escapaban.

―Necesito saborearte de nuevo, Schmetterling. Voy a hacer que te corras en mi puta lengua.

Cubrí mi intimidad lo mejor que pude, intentando levantar una barrera que, en realidad, nunca había existido.

―No… estoy sudada.

Rugió, un sonido grave que me vibró en el pecho, y en un solo movimiento apartó mis manos y me sujetó las muñecas con firmeza.

―Abre las piernas, Schmetterling.

Lentamente, las abrí. Niklaus soltó mis muñecas y tomó mis rodillas, separándolas aún más.

Sus labios descendieron y me arqueé. Desde esa posición, alzó la vista y vi cómo sus pupilas se dilataban al encontrarme en ese rincón tan vulnerable.

―Qué rica estás… Scheiße (Joder) ―gruñó―. Te comería sin descanso, todo el día.

Regresó a su tarea, incansable, su lengua sin darme tregua, hasta que sus dedos se unieron al juego. Mi cuerpo, finalmente, cedió, estremeciéndose de placer. Sin embargo, él no se detuvo; continuó reclamándome, alargando el orgasmo.

―Ahora me toca a mí ―susurró.

Me preparé para lo que venía, dispuesta a cumplir con lo que él deseaba: hacerle una buena mamada; pero su expresión cambió, un matiz en sus ojos que me desconcertó.

―No, Schmetterling ―murmuró, pasando el pulgar por mi labio inferior―. Esta noche no quiero que uses tu boca… estoy sudado.

Se levantó del colchón y se deshizo de los pantalones. ¡Dios! Las venas de su pene estaban muy marcadas.

Al ver mi reacción, una sonrisa hambrienta apareció en su rostro mientras se colocaba entre mis piernas.

―Relájate… no tienes que estar tensa. Confía en mí; sabes que puedes hacerlo.

Jadeé cuando me penetró de una estocada.

―Eso es… ―susurró en mi oído―. Solo yo puedo estar dentro de ti…

Al principio, se balanceó despacio, su mirada fija en la mía, mientras sus caderas presionaban cada vez más. Enrosqué mis piernas en su cintura, clavando mis talones en su trasero. Gruñó y apoyó mis muslos sobre sus hombros, embistiéndome salvajemente.

La habitación entera parecía vibrar con el ritmo frenético de nuestras respiraciones entrecortadas y el sonido húmedo de nuestros cuerpos al chocar.

―Schmetterling…

Grité sin pudor, alcanzando el clímax una vez más. Niklaus no tardó en seguirme. Lo sentí tensarse, su aura de peligro desvaneciéndose por un instante cuando su miembro comenzó a pulsar en mi interior.

Con un suspiro, me besó la punta de la nariz y se dejó caer sobre mí, completamente rendido.

―Mañana tengo una cena de negocios.

«Negocios». La forma en que lo dijo, tan cargada de ironía, me hizo cuestionar si realmente se trataba de eso.

―Alessandro vendrá a casa ―explicó, dando más detalles.

―¿Aquí?

Asintió. Intenté levantarme, pero me atrapó la muñeca y me atrajo de nuevo hacia su torso.

―Nein (No).

El impacto me hizo gemir, y sus dedos se entrelazaron con los míos; la araña y la mariposa se enredaron, tinta sobre tinta, piel contra piel.

Con un gesto posesivo, giró el anillo.

―Eres mi mujer. Mañana quiero que te vean como una Brauer: orgullosa, valiente y aterradora, sin que nadie se atreva a dudar de ti.

―Eso está complicado. Siempre he sido sumisa, obediente, complaciente… la que se arrodilla y pide perdón incluso cuando no tiene ninguna culpa.

No me dolió decirlo. Me dio auténtico asco.

―Si vas a ser sumisa, que sea solo con tu marido.

Negué con la cabeza, nerviosa, intentando a toda costa mantener la conversación bajo mi control, aunque sabía que esa batalla no iba a ser fácil.

―¿Quieres que infunda miedo y respeto a un mafioso? ―bufé, frustrada―. Por Dios, Niklaus… no sé cómo hacerlo. Yo no soy así…

―Sí que sabes… lo vi cuando sostuviste el arma, cuando hablaste de tu padre, cuando me enfrentaste con las manos temblando. Algunos confunden el miedo con debilidad… yo no. La valentía la reconozco cuando la tengo delante. Y tú la tienes.

Me mordí el interior de la mejilla, pensativa, repasando los momentos en los que estuve a punto de apretar el gatillo, de terminar con Izan y mi padre… sin embargo, nunca lo hice.

―No quiero ser un monstruo…

―Es mejor ser temido como un monstruo que ser débil y esperar a que te aplasten.

Su dedo tatuado se posó sobre mi mariposa, recorriendo con la yema sus líneas.

―Los monstruos no siempre destruyen, Schmetterling… a veces solo protegen lo que más aman. ―Apoyó su frente en la mía―. Y yo… mataría al mundo entero antes de permitir que alguien te haga daño.