BOLBORETA 34
67%

34

La tormenta rugía fuera, golpeando los ventanales con una violencia capaz de arrancar la mansión de sus cimientos. No supe cuándo el sueño dejó de serlo. Solo lo sentí: el peso, la amenaza, el terror… Niccolo. Quise gritar cuando la pistola apareció entre mis piernas…

Pum.

El disparo quebró el aire. Niccolo se desplomó hacia atrás, la sangre abriéndose paso mientras su cuerpo perdía tensión. Desde la penumbra, Niklaus apareció con el arma aún humeante entre los dedos…

―Schmetterling…

Me desperté de un salto, jadeando, empapada en sudor. Un relámpago iluminó la habitación y lo vi: Niklaus, sentado al borde de la cama. Su camisa, aún húmeda por la lluvia, se le pegaba al cuerpo; el cabello oscuro caía sobre su frente. Olía a pólvora, a whisky… a él.

Tragué saliva al ver la cajita de terciopelo abierta en sus manos. El anillo brillaba en su interior, mientras mi dedo seguía desnudo.

No levantó la mirada; permaneció inclinado hacia delante, con los codos apoyados en los muslos, como si contuviera algo que pugnaba por salir.

―Was für eine Ehefrau trägt nicht ihren Ehering? (¿Qué tipo de esposa no lleva su anillo de casada?).

―¿He… hecho algo malo? ―Mi voz tembló.

―Nein (No)… ¿Qué tiene de malo que mi mujer no me espere en nuestra cama? ¿Que no lleve puesto mi anillo?

Arrastró las palabras, acentuando la «r» con ese deje alemán tan característico.

«Mi mujeR. NuestRa cama».

Cada sílaba cayó como una chispa en un barril de gasolina.

―Tal vez no entiendes lo que significa llevar mi apellido.

―No es eso…

Me rodeó la muñeca y su pulgar se detuvo justo sobre el tatuaje de la mariposa. La araña atrapando a la mariposa. Y yo me sentí exactamente así: atrapada… y, al mismo tiempo, peligrosamente excitada.

―Eres demasiado frágil para mi mundo… y, aun así, sigues aquí, resistiendo donde otros habrían caído de rodillas.

―Niklaus… me estás asustando.

Me tiró hacia él con tanta fuerza que perdí el equilibrio y caí sobre el borde del colchón. La caja rodó al suelo, vacía, mientras el aro se deslizaba por mi dedo hasta encajar por completo.

―Ahora sí ―murmuró―. Casi todo está donde debe estar.

Alzó mi mano entre nosotros.

―Mi anillo. Mi esposa…

Me levantó en brazos y jadeé, sorprendida por la rapidez del gesto.

―Solo falta una cosa… mi cama.

Me llevó escaleras arriba mientras la tormenta se desataba como un ejército furioso.

―¡Niklaus, suéltame!

―Baja la voz o despertarás a todos.

Mis mejillas ardieron.

―Oh, Schmetterling… acostúmbrate a esto, a ser mía.

Me colocó sobre su hombro en un movimiento fluido y golpeó mi trasero con la palma de la mano.

Plas.

―Vergiss nicht, wer dein Mann ist! (¡No olvides quién es tu marido!).

―¡Niklaus! ―protesté, pataleando―. ¡Estás loco!

―Siempre lo he estado. La diferencia es que ahora lo estoy por ti.

Subió los escalones de tres en tres, decidido, como si el tiempo fuera una amenaza y yo el premio que no podía perder. Apoyé los codos en su espalda y, abajo, en el recibidor, vi a Adelaida y a Luther sonriendo ampliamente.

―Merda (Mierda)…

Niklaus giró la cabeza, dirigiendo la mirada hacia ellos por encima del hombro… o, mejor dicho, por encima de mí.

―¿Algún problema? ―inquirió.

―Ninguno ―respondió Adelida.

Luther resopló.

―Una entrada triunfal, jefe ―comentó con ironía―. Típica de los recién casados.

Niklaus me dio otro nalgazo mientras avanzaba. Empujó la puerta de su habitación con el pie y la cerró de golpe. Antes de que pudiera reaccionar, me lanzó sobre el colchón, donde reboté entre los cojines.

Se detuvo al pie de la cama, con la mirada fija en mí, mientras se desabrochaba el chaleco y la camisa. Cada botón cedía bajo sus dedos, y la pistola reposaba en la funda de cuero en su cintura.

―No apartes los ojos. Si vas a temerme, hazlo mirándome a la cara.

Deslizó el arma hasta dejarla a unos centímetros de mi muslo.

―Nunca olvides con quién te has casado.

Se quitó el cinturón y abrió la cremallera del pantalón.

―Te deseo desesperadamente, Schmetterling.

Avanzó un paso. Luego otro…

―Te has metido en mi cabeza, en mi maldita sangre, y no hay forma de sacarte de aquí… de mi corazón.

Se deshizo de los zapatos.

―La noche ha sido un desastre. He tenido que corregir errores ajenos… y todo esto empieza contigo.

―Si el problema soy yo… déjame ir. No volverás a verme jamás.

Observó mi mano, el anillo en mi dedo. Instintivamente, lo escondí tras la espalda.

―¿Huir? Luna… nadie puede huir de un Brauer. Menos aún tú, que ahora eres mi esposa.

El miedo me empujó a hablar sin detenerme a reflexionar.

―¿Acabaré igual que tu madre?

Enarcó una ceja.

―Los Brauer tenemos poder suficiente para borrar ciudades y personas del mapa. Pero hay una regla que no se rompe: nunca traicionamos a nuestras mujeres.

Negué, confundida.

―Entonces… ella…

―No quiso pertenecer a nada: ni a su marido, ni a sus hijos… ni a la vida que aceptó al llevar nuestro apellido. Era una traidora, una puta, y una madre aún más ruin. Nos odiaba a Dustin y a mí. ―Apretó los dientes; las venas del cuello se le tensaron―. Decía que acabaríamos siendo monstruos como nuestro padre… y quizá no estaba del todo equivocada.

Guardó silencio un instante.

―Le fue infiel a mi padre tantas veces que dejó de ocultarlo. Traía a sus amantes a casa… incluso a su cama. Y él lo soportó todo: por amor, por orgullo, por una lealtad que lo devoraba. Ella lo fue rompiendo poco a poco, y él siguió aferrado a ella… hasta el final. Scheiße (Joder)… Amar así es desangrarse sin darte cuenta. Mi madre fue apagando lo poco que quedaba de mi padre. Y cuando no quedó nada… él la mató. Si no podía ser suya, no sería de nadie.

―¿Ese… será mi destino?

Frunció el ceño.

―¿De verdad piensas que podría matarte?

Otro trueno retumbó sobre la mansión.

―¿O lo que estás insinuando… ―continuó con los puños apretados a ambos lados del cuerpo―… es que también planeas traicionarme?

―¡Non! (¡No!).

No bastó. Estaba furioso, fuera de sí.

―Escúchame bien, Schmetterling… ellos nunca se amaron. Mi padre la veía como un trofeo, y ella lo fue rompiendo hasta dejarlo sin alma. Entre ellos no hubo amor, solo destrucción.

Se pasó la mano por el cabello, tirando de él con frustración, y soltó un suspiro largo antes de intentar recomponerse.

―No soy como él. Pero si alguna vez eliges a otro… si me traicionas…

―¿Me harás daño?

―¿A ti? Jamás. Sin embargo, a él le haría pagar de una forma que no puedes imaginar; un dolor que ningún ser humano debería soportar. ―Inclinó la cabeza hacia la pistola―. Cógela.

―¿Qué…

―No me hagas repetirlo, Schmetterling… o no te va a gustar lo que viene después.

Mis dedos, desobedeciendo toda razón, se extendieron hacia el arma.

―Sé que estabas soñando con Niccolo… lo vi en tu mirada. No quiero que la uses por capricho ni para convertirte en algo que no eres… solo para que puedas defenderte.

―No… no puedo… no puedo convertirme en eso…

―Esto no te convierte en una asesina, Schmetterling… ese puesto ya es mío. Nadie va a tocarte, eres mi responsabilidad. Pero si aprendes a usar un arma… podré dormir más tranquilo.

Lo que él no sabía ―lo que jamás habría imaginado― era que ya había empuñado un arma antes, no por curiosidad, sino por necesidad.

Los recuerdos volvieron como espectros que no pedían permiso. Mi padre tambaleándose por la casa con una botella en la mano, las discusiones creciendo hasta romper el aire, las puertas cerrándose de golpe, los puños abriendo grietas en la madrugada. Mi madre apagándose poco a poco… hasta aquella noche en que se marchó sin volver la vista atrás. Me dejó sola frente a lo que siempre había habitado aquella casa.

Y, aun así, no me derrumbé. Aprendí a sobrevivir. Conseguí la licencia de armas con una excusa simple: la caza. Pero no de animales, sino de un monstruo que compartía mi sangre. Un hombre que me enseñó que la ley no llegaba a tiempo… y que nadie vendría a salvarme.

―Lo primero ―dijo Niklaus, sacándome de mis pensamientos―: la seguridad. No apuntes a nada que no estés dispuesta a eliminar. Y no lleves el dedo al gatillo hasta tener claro lo que vas a hacer. Segundo: la postura. Pies firmes, centro de gravedad bajo. No dispares si…

Dejé de escucharlo a mitad de frase. Mis dedos se movieron por sí solos y el clic del seguro lo hizo callar.

Levanté el arma con ambas manos y apunté directamente hacia él.

―Tienes razón… soñé con Niccolo y desperté aterrada, como si lo estuviera viviendo otra vez. Pero él no fue el primer monstruo que me hizo daño… y tampoco eres el único que arrastra una infancia rota.

Niklaus se guardó las manos en los bolsillos del pantalón y me observó en silencio, como si cada palabra encajara o rompiera algo que llevaba tiempo intentando entender.

―Mi padre… era un maltratador. Bebía hasta perder el control y luego lo pagaba con nosotras, con mi madre y conmigo. Un día, ella se fue. Escapó de todo aquello. Y no la culpo… yo habría hecho lo mismo si hubiera podido.

―Crees que sabes usar un arma… ―cambió de tema, desviando la atención de aquella herida que no debía tocar.

No bajé la pistola.

―No lo creo… lo sé.

―Te falta la lección más importante.

―¿Y cuál es?

―Apretar el gatillo.

―¿Qué diablos estás insinuando?

―Que nunca has matado a nadie, Schmetterling.

Parpadeé, conteniendo las lágrimas.

―¿Cómo lo sabes?

―Tus ojos lo delatan.

Dio un paso hacia mí, como si al acercarse pudiera leerme mejor.

―Los que matan no tienen miedo en la mirada, Luna… solo calma, vacío. Tú no. En ti aún hay miedo… culpa… remordimientos…

―Ganas no me faltaron ―confesé―. Más de una vez lo deseé: que callara, que no volviera a entrar en casa, que dejara de destruirlo todo… que muriera.

Un sollozo me quebró por dentro al decirlo en voz alta.

―Tal vez tu madre tenía razón ―susurré―. Tal vez eres un monstruo… y quizá la mía se fue porque no quiso ver cómo yo también acababa convirtiéndome en uno.

Sus puños temblaron, aprisionados en los bolsillos.