BOLBORETA 33
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La noche se cernió sobre la mansión. Arropé a Dustin con cuidado y le besé la frente. Lo quería… y esa era precisamente la fuente de mi temor. No era una ternura inocente, sino un instinto salvaje que me empujaba a hacer lo que fuera para protegerlo. Mi niño.

Fue entonces cuando lo entendí… entendí a Niklaus.

Su amor no era dulce ni apacible, ni hecho de palabras suaves o gestos delicados. No me protegía con abrazos, sino con balas. Había matado al hijo de un mafioso, fracturado alianzas de años y encendido una guerra que podía destruirlo… todo por mí.

―Yo también te protegeré, aunque tenga que ensuciarme las manos de sangre ―murmuré sin apartar la mirada de Dustin.

Cerré la puerta tras de mí, conteniendo el aire hasta escuchar el clic. Luego, en el pasillo, dejé que mi espalda se hundiera en la pared.

―Soy una idiota…

Sí, una tonta por angustiarme tanto, por desearlo, por amar a un hombre que caminaba sobre cadáveres como escalones hacia algo más grande… más tenebroso.

Necesitaba verlo, asegurarme de que seguía vivo, de que seguía entero… porque si él caía, no sabía qué quedaría en pie dentro de mí.

Mientras bajaba las escaleras, mi corazón dio un salto al distinguir una sombra al final de los peldaños.

¿Era posible… que fuera él?

―Señora Brauer.

No era Niklaus, sino Adelaida.

―No me llames así. No quiero que nada cambie entre nosotras.

Sonrió.

―Deberías quedarte en la habitación.

―A eso voy… a mi habitación ―respondí, subrayando el «mi» con firmeza.

―Tu habitación es la de Niklaus. Sois marido y mujer.

Alargó la mano y la cajita de terciopelo negro cayó en mi palma.

―El anillo ha sido ajustado especialmente para ti.

Mis dedos se aferraron a la caja, sin atreverme a abrirla.

―¿Tienes miedo? ―inquirió.

―No… no es miedo. Solo me cuesta adaptarme a esta nueva vida… a él.

―Acostumbrarse al amor de un Brauer no es algo que se logre sin cicatrices. Cuando aman, devoran; cuando odian, arrasan. No conocen el amor a medias… y nunca sueltan lo que consideran suyo.

La sonrisa se apagó en su rostro, como una vela consumiéndose hasta la nada.

―¿Qué sucede? ¿Qué es lo que has recordado?

―Tonterías del pasado.

Mentía, y era evidente. Di un paso hacia ella, acortando la distancia.

―¿Qué le ocurrió a la señora Brauer? ¿Qué fue de ella?

―Luna… ―empezó a hablar, su voz vacilante―. No deberías…

―Adelaida ―la interrumpí―. Si voy a compartir su cama, su apellido y todo lo que eso conlleva, tengo derecho a saber qué ocurre con las mujeres que se entregan a un Brauer.

―No tienes que temer a Niklaus. Él no es como su padre, aunque lleven el mismo apellido.

―Adelaida… ―insistí, pero ella no parecía dispuesta a colaborar.

―Espéralo en su habitación. Porque cuando llegue, lo último que querrás será que te vea huyendo de él.

Miré la cajita en mi mano y no dije nada; asentí en silencio, despidiéndome de ella.

Subí los peldaños uno a uno, con la sensación de que la casa me observaba. Quería cumplir la orden de Adelaida, complacer a Niklaus… pero algo dentro de mí empezaba a resistirse. Me humedecí los labios, secos de repente, y el sótano ―mi habitación― se convirtió en la única opción posible.