BOLBORETA 32
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Niklaus no apareció en todo el maldito día. Traté de decirme que era algo normal, que tenía asuntos más importantes que atender, que su mundo no se detenía porque yo lo esperara. Sin embargo, con cada hora que pasaba, la incertidumbre comenzaba a envenenarme.

Me refugié en la limpieza, en el tedio de organizar lo que ya estaba ordenado. Moví cojines que no necesitaban arreglo, acomodé libros que nadie leería, cambié cosas de sitio…

―¡No, señora Brauer! ―exclamó Adelaida, con un tono que rozaba la desesperación―. Órdenes estrictas de su esposo: nada de trabajo. Mein lieber Gott! (¡Por el amor de Dios!). ¡Quítese ese uniforme y no lo vuelva a usar jamás!

«Señora Brauer».

Bajé la mirada. El vacío en mi dedo anular resonó dentro de mí como un eco sordo.

Adelaida suavizó el gesto.

―Debería descansar.

―Está bien… ―acepté.

Subí a la última planta y me senté en el borde de la cama. La vista se me fue a la cajita sobre la mesita de noche. El anillo seguía allí, esperándome. Niklaus lo había mandado a ajustar nada más salir de la mansión. Lo tomé y lo apreté en el puño, el frío del metal hundiéndose en mi palma mientras el corazón me golpeaba el pecho. Lo acerqué a mí y algo dentro cedió. Luego, con un suspiro, lo devolví a su caja…

La necesidad de aire fresco me empujó al jardín, pero la música me interceptó en el camino. «Footloose». Dustin estaba descalzo sobre el césped, saltando con energía.

―¡Ey! ―Sus manos me apresaron y me hicieron girar―. ¡Baila conmigo!

―¿Qué te pasa hoy? Estás… diferente.

―Estoy feliz porque mi hermano ya se encargó de los fantasmas que no te dejaban vivir.

―¿Mis fantasmas?

―Nada. Olvídalo.

―Dustin…

Apagó la música.

―Luna… sé lo que ha pasado con los Vanetto.

―¿Qué…?

―Sé que Nik mató a Niccolo.

Me quedé helada, con el aire atrapado en los pulmones. Esa madurez inesperada, ese brillo oscuro en sus ojos… no era solo peligroso: era inquietante.

«Típico de los Brauer», pensé.

―Te prometí que te protegería… y voy a cumplirlo, aunque tenga que enfrentarme a mi propio hermano.

Me agaché frente a él.

―Esto no es un juego ―musité―. Tenemos que irnos. Lejos.

―No podemos hacerlo. Sería doloroso.

―¿Para ti?

―Para mi hermano.

La saliva se me pegó en la garganta.

―Nik ha sufrido más de lo que nadie debería soportar ―susurró―. No voy a ser yo quien le arrebate lo único que lo mantiene en pie. Tú eres la razón por la que aún vuelve a casa.

―Dustin…

―¡Estoy convencido de que le gustas! No… ¡de que te ama! Y tú a él también.

―¿Cómo puedes estar tan seguro de lo que él siente por mí? Niklaus no es el tipo de hombre que se abre así.

―Vi a los guardias entregar su anillo a Adelaida, hecho a medida para tu dedo.

El calor me subió por el cuello.

―Mi hermano no es romántico, pero cuando toma una decisión es para siempre. No te preocupes, hablaré con él.

Lo miré, confundida, mientras daba un paso más, perdido en sus pensamientos. Algo se forjaba en su mente con una intensidad que me hizo sentir que estaba a punto de volverse real.

―¡Vais a tener una boda de ensueño! Luna, quiero verte vestida de blanco… ¡y ser el padrino de ese día!

Solté una risa nerviosa, ocultando la sorpresa que me provocó su comentario.

―Y después… ―prosiguió con una sonrisa traviesa―… vuestros hijos correteando por la casa. Un par de mini mafiosos.

Sacudí la cabeza. Al fin y al cabo, era solo un niño con una imaginación sin límites…

―¿Y no te parece una locura?

Se encogió de hombros con indiferencia.

―Toda esta familia es una locura, pero es la que tenemos.

Vi la mansión repleta de niños, jugando a dividir territorios con caramelos, ocultando pistolas de plástico entre los peluches, aprendiendo a sostener la mirada… a no ceder ante nada ni nadie.

Futuros Brauer. Inquebrantables. Letales.

―Dustin… usar el humor para restarle gravedad a esto no va a cambiar nada. El mundo en el que vive tu hermano no perdona errores… ni finales bonitos.

Esta vez, las imágenes que surgieron fueron distintas: el disparo, el cráneo de Niccolo abriéndose como una fruta madura, la sangre extendiéndose por el suelo…

―Lo sé. Yo tampoco concedo perdón. Y menos cuando el error es el que termina haciéndote daño.

Acaricié su rostro, mis pulgares siguiendo la línea firme de su mandíbula y descansando sobre sus mejillas.

―Prométeme algo… ―susurré con la voz cargada de ansiedad―. Que no te involucrarás en esto, que no harás nada imprudente por mí… que no te pondrás en peligro.

Sus manos ascendieron lentamente hasta encontrar las mías.

―No puedo prometerte eso.

―Dustin…

―¡No estoy bromeando! En mi mundo no hay infancia, ni padres que den afecto. No hay finales dignos de ser vividos. Pero tú… tú eres lo único que tiene valor.

Sollocé mientras lo atraía hacia mi pecho y nos abrazamos con todo el dolor que sentíamos.

―Ahora eres mi familia, Luna.