BOLBORETA 31 #2
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―Hurensohn (Hijo de puta)…

―Probablemente saldrás vivo de esto. Eres el heredero de la Spinnenmafia. Tu apellido te protege, tu posición te salva. Pero tu mujer…

―Ni se te ocurra, Alessandro, o…

―Sí, sí, sí… ya me sé el discurso: códigos, honor, reglas… blah, blah, blah… ―Su voz se tornó más burlesca, cargada de desprecio―. Tu mujer es oficialmente una Brauer, y los Brauer no necesitan nada más que su propia naturaleza para destruirse entre ellos.

―¿De verdad crees que puedes chantajearme? ―gruñí.

No podía perder el control, no delante de él, pero la sola idea de ver a Luna herida, en manos de otro, me convirtió en un animal letal e irracional.

―No la usarás como moneda ―dije―. No lo permitiré.

―No la usaré si cooperas. Si te niegas, olvídate de las guerras civilizadas. Será una carnicería… y tu mujer sabrá lo que es eso.

―Vuelve a mencionar a mi mujer, y te juro por Dios que no habrá trato ni futuro para ti. Solo una tumba sin nombre, en tierra enemiga, donde nadie recordará tu apellido.

―Ahí está el verdadero Niklaus. El Príncipe Oscuro de la Mafia Alemana. El que gobierna con el miedo como trono y la sangre como corona.

Atrapé la ira en un rincón de mi mente. No era el momento de romperle el cuello.

―Negociemos ―dije al fin, resignado.

―Rutas al este ―detalló sin prisa―. Dos estaciones de mercancía, acceso ilimitado a tus exportaciones de armas… y silencio.

―¿Silencio? ―pregunté, enarcando una ceja.

―Silencio total sobre la muerte de Niccolo y sobre esta reunión.

Sus condiciones me eran irrelevantes; lo único que me importaba era asegurarme de que Luna estuviera fuera de peligro.

―Escucha bien, Alessandro, porque esto no lo repetiré… Si alguien se atreve a tocar a mi mujer, amenazarla o siquiera pronunciar su nombre, nada os salvará de mí. Italia, Alemania, los viejos líderes de Europa… me da igual.

Alzó las manos en un gesto de rendición.

―Veinticuatro horas ―comentó―. Pasado ese tiempo, no te quedará opción. Hablaré con quien deba hablar.

―¿Veinticuatro horas? ―Solté una carcajada venenosa―. ¿Eso es todo lo que crees que vale la vida de mi mujer?

―Es todo lo que tienes para tomar una decisión.

―Si tu idea es intimidarme ―gruñí, acercándome hasta que mi sombra lo cubrió―, vas por el camino equivocado. No soy de los que se arrodillan ante un cuchillo en el cuello.

Alessandro se levantó, alisando su traje con las palmas, como si el mundo entero dependiera de la perfección de su fachada, ignorando la tensión en el aire.

―Espero recibir noticias tuyas pronto ―murmuró, dirigiéndose hacia la puerta.

―Te espero mañana en mi casa para cenar a las nueve. Ven solo… y con intención de negociar en serio.

Se detuvo en seco, con una sonrisa irónica.

―No sé si debería sorprenderme que me invites a la boca del lobo… o, mejor dicho, a la cueva de la araña. Ningún Vanetto ha cruzado jamás las puertas de una mansión Brauer. Y, créeme, los vínculos de mi padre con tu familia son más sólidos de lo que crees.

―No intentes jugar conmigo. Si haces un solo movimiento en falso, no saldrás vivo de mi casa. La muerte de tu hermano ya tendría que haberte dado una lección.

―Es una invitación audaz. Podría ser una trampa… o una señal de confianza. Benissimo! (¡Muy bien!). todo indica que comienza un nuevo capítulo entre nosotros.

Se dio la vuelta, erguido, silbando una melodía.

―No olvides que soy italiano. Sería un buen detalle que tu mujer me prepare algo digno… un plato que rinda homenaje a mi tierra.

«Ni loco. El único momento en que mi mujer cocine para ti… será con tus huevos», pensé.

―A presto, amici! (¡Hata pronto, amigos!) ―exclamó, canturreando más alto, antes de cerrar la puerta.

Me froté la cara, rugí… y la mesa salió volando por los aires.

―Scheiße! (¡Joder!).

―No debiste invitarlo a tu casa ―advirtió Luther―. Ese bastardo es peor que Niccolo. Al menos él no escondía sus intenciones.

Me apoyé contra la pared, derrotado, con la mente nublada y el corazón hecho pedazos.

―Tengo que mantenerlo cerca para anticiparme a sus movimientos antes de que se conviertan en un problema.

―Controlar a Alessandro es como intentar atrapar humo con las manos. Te quemará antes de que puedas respirar. Y tu padre… ―suspiró y negó con la cabeza―. ¿Has pensado en el verdadero riesgo que estás poniendo sobre ella? Tu padre no es algo que puedas manejar como a Alessandro.

Lo agarré del cuello de la chaqueta y lo estampé contra la pared.

―Si le pasa algo… no quedará nada en pie.

No me apartó la mirada, entendiendo que mi ira no era contra él. Lo solté bruscamente y, como si nada, se ajustó la chaqueta.

―Lo sé ―musitó―. Y por eso me preocupa.

Me pasé una mano por el cabello, desordenándolo. Necesitaba verla… tenerla cerca… sentirla…

―Prepara todo para mañana ―ordené―. Duplicad la seguridad sin escatimar. Y dile a Adelaida que contrate a un chef italiano. Quiero que Alessandro se sienta cómodo, que baje la guardia.

Asintió, entrando en modo operativo. Sacó el teléfono y empezó a dictar órdenes.

Me dirigí hacia la puerta, con cada fibra de mi ser clamando por una sola cosa: volver a casa, junto a ella… mi mujer.

―Solo un hombre enamorado actúa así ―susurró Luther.

Me detuve en el umbral, sin girarme, apretando los puños con fuerza. El silencio bastó para dejar que la verdad tomara forma.

―Sí… ―dije con calma, deslizando la mano al cinturón. Saqué la pistola, extraje el cargador y conté las balas antes de devolverlo todo a su sitio―. Dispuesto a incendiar el mundo por ella.