31
El humo del cigarro ascendía en espirales perezosas, reacio a mezclarse con el aire cargado de todo lo que había ocurrido.
Afuera, el club seguía latiendo. La música golpeaba las paredes con un ritmo constante; risas, copas chocando, cuerpos entrelazándose… un mundo ajeno, inconsciente, incapaz de imaginar que, bajo ese mismo techo, el infierno había abierto su boca la noche anterior.
Y aunque ahora todo brillaba, demasiado limpio, yo aún podía percibirlo: el olor de la sangre de Niccolo, de sus hombres… de todos los que pensaron que podían desafiarme y sobrevivir.
Bajé la mirada casi por impulso y mis ojos se detuvieron en mi mano tatuada. Algo no encajaba. Tardé un instante en comprenderlo: faltaba el anillo. El espacio que había ocupado durante años estaba vacío.
Solté una exhalación, incrédulo. Mi anillo ahora lo llevaba ella… mi esposa.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa mientras el cigarrillo se consumía entre mis dedos. Había matado por ella, y lo volvería a hacer sin dudar, sin ese parpadeo de humanidad que separa a los hombres de los depredadores, aunque eso me costara la vida.
Un carraspeo rompió el silencio. No me molesté en girarme. Era Luther. Podía sentir su presencia, esa mezcla incómoda de lealtad y juicio. Era el único hombre que cruzaba mi despacho sin permiso y salía vivo tras escupirme la verdad a la cara.
―Dilo ―gruñí―. Sea lo que sea, suéltalo de una puta vez.
El cuero de su chaqueta crujió al moverse, indeciso entre avanzar o quedarse junto a la puerta, por si mi temperamento decidía estallar.
―No hace falta. No es la primera vez que te lo digo.
Tomé el vaso y lo vacié de un sorbo; el whisky descendió ardiente, dejando un regusto amargo en mi garganta, como una vieja deuda.
―Entonces, repítelo ―murmuré, volviendo lentamente la cabeza hacia él―. A ver si tienes cojones…
―Puedes repetirte que no la amas tantas veces como quieras… pero estarías mintiéndote. Lo he visto en tu mirada, en tu rostro al escuchar su nombre, en cómo tu postura se endurece cuando desaparece de tu vista y en cómo tu respiración se altera cuando no sabes dónde está.
Mis dedos se cerraron con violencia alrededor del vaso.
―La quieres ―aseguró―. Scheiße, Niklaus! (¡Joder, Niklaus!). ¡La amas!
―Cierra la maldita boca…
―Eso es lo que más te jode. No la guerra con los italianos ni las consecuencias que te esperan… sino que, por fin, algo te esté rompiendo por dentro y no tengas el control.
La silla chirrió al deslizarse sobre el suelo cuando me levanté.
Me repetía a mí mismo que el destino era solo una fantasía, que los hombres como yo no caían en las trampas del amor, que esa palabra era para quienes podían permitirse perder… pero, contra todo lo que pensaba, seguía volviendo a ella. A su voz, a su mirada, a la forma en que empezó a desbaratar mi vida. Negarlo no la eliminaba. Solo la hacía más evidente.
―¿Alguna novedad sobre mi padre? ―inquirí, cambiando de tema de forma abrupta―. ¿Sabe algo?
El silencio entre nosotros se estiró, y sentí su decisión en ese vacío: insistir o dejarme escapar.
Eligió lo segundo.
Era lo más inteligente.
―No ―dijo.
―¿Y Francesco?
―Tampoco. Por ahora, ni tu padre ni los Vanetto saben nada sobre la muerte de Niccolo.
―Bien…
Deslicé una mano por el rostro y solté un suspiro de frustración.
―A veces me pregunto si esto fue simplemente una casualidad.
―¿De qué hablas?
―Ella. Si fue un accidente o si el destino decidió hacerme la peor jugada de mi vida.
―Puede que no haya diferencia. ―Se encogió de hombros―. A veces llamamos destino a lo que no podemos evitar, solo para no admitir que nunca tuvimos control sobre ello.
―¿Desde cuándo te has vuelto tan filosófico?
―Desde que te vi mirar a una mujer como si pudieras incendiar el mundo entero por ella… aunque el fuego también te consumiera.
Lo observé de reojo, cortando la conversación y arrastrándola de nuevo a ese terreno donde las emociones no tenían cabida.
―¿Ha llegado Alessandro?
Se llevó dos dedos al pinganillo y murmuró en alemán. Entornó los ojos mientras escuchaba la respuesta, calibrando cada palabra.
―Está aquí ―confirmó.
―Y bien… ¿te inspira confianza?
Soltó el aire por la nariz.
―¿Desde cuándo has confiado tú en alguien?
―Buen punto. ―Sonreí―. Niccolo era su hermano y, aun así, ha mantenido la boca cerrada.
―Eso no es lealtad. Es una jugada bien pensada. Pura estrategia. Quiere algo.
―Algo grande.
―¿Qué crees que viene a ofrecer?
―No viene a ofrecer nada. Viene a ponerme a prueba, a ver hasta dónde puede empujarme sin que le arranque la cabeza.
Me paré frente al ventanal, aparté la cortina y dejé que la ciudad se desplegara ante mí.
―Alessandro cree que tiene margen. Cree que, porque no he terminado de aniquilar a su familia, puede sentarse a negociar conmigo. ―Regresé a la mesa―. Nadie intenta acabar con la araña sin quedar atrapado en su red. Y él aún no entiende que ya está dentro.
―Entonces, ¿qué sugieres?
―Hacerle pensar que está al mando.
―Eso suena como una apuesta muy arriesgada.
―Para él ―dije, dibujando una sonrisa maliciosa―. Déjalo pasar. Y cuando cometa su error… cuando muestre la carta que guarda bajo la manga… ―Mis dedos se tensaron sobre la mesa―… le recordaré lo que significa desafiarme.
Luther asintió, habló por el pinganillo y la puerta se abrió.
Alessandro Vanetto cruzó el umbral. El heredero de la Mafia Italiana.
No había nada en él que evocase a Niccolo: nada de aquel caos ruidoso ni de aquella necesidad de ser el centro de atención a toda costa. Alessandro era calculador, meticuloso; un hombre que nunca se ensuciaba las manos… salvo cuando la situación lo exigía.
El traje blanco lo hacía parecer un ángel caído entre los vestigios de su propio apellido, con la calma de quien ya había hecho las paces con la pérdida de su hermano y la había convertido en ventaja.
Llegó hasta la mesa y se sentó sin pedir permiso, en la misma silla que su hermano había ocupado la noche anterior.
―Vaya… esta vez no hay espectáculo. Nada de alcohol ni de putas. ―Alzó la mano, señalando a uno de mis hombres como si tuviera derecho a hacerlo―. Un whisky ―ordenó.
Luther estaba a mi lado, listo para actuar, pero lo bastante distante como para respetar mi papel como jefe. Alessandro lo observó.
―Veo que has estrechado las riendas de tus «perros», Brauer.
Una media sonrisa tiró de mis labios, entre la diversión y la amenaza.
―Ahorremos tiempo, Vanetto. Hace menos de veinticuatro horas maté a tu hermano… y, aquí estás, sentado frente a mí, como si esto fuera una celebración. Así que dime… ¿qué quieres?
Olió el whisky recién servido antes de dar un sorbo ruidoso.
―Mi hermano era una carga. Heredó la sangre de Francesco: rápida, volátil… y, a la larga, inútil. Yo, en cambio, heredé la astucia de mi abuelo: la capacidad de esperar y decidir cuándo y cómo moverme.
Me importaban una mierda sus problemas familiares. Quería ir directo al grano:
―¿Por qué tu padre no ha cruzado ya la frontera para intentar matarme?
Alessandro alineó el vaso con el borde de la mesa.
―Porque vendría para destruirlo todo, no para negociar. Desataría una guerra abierta entre Alemania e Italia. Fronteras cerradas, rutas paralizadas, pérdidas millonarias… no voy a permitir que eso ocurra.
Encendí otro cigarro, dejando que la llama se reflejara en mis ojos.
Mi pulgar recorrió la araña tatuada en mi mano, un gesto casi mecánico, como un recordatorio de quién era.
―¿Y qué pasará cuando tu padre se entere? ―pregunté, expulsando el humo con cada palabra―. Porque lo hará. Siempre hay alguien dispuesto a hablar y complicarlo todo.
―Mi padre es muchas cosas, pero idiota no es una de ellas. Quiere a sus hijos, sí, pero su verdadera pasión es el poder. Y sé cómo apaciguarlo. Si la pérdida de Niccolo le garantiza estabilidad, no lo dudará. Una mentira bien construida siempre es más efectiva que la verdad. Le daré razones para evitar la guerra… para que sigas respirando.
―No le tengo miedo a tu padre. Que venga si quiere, me da igual. A ninguno os interesa tenerme como enemigo.
―Parece que no has captado mi indirecta. ―Se cruzó de piernas―. Cuando dije que tendrías razones para seguir respirando… no hablaba de ti, sino de ella.
Mi mandíbula se tensó hasta doler, y el pitillo se deshizo en mi puño cerrado.
―La mafia es despiadada, cruel cuando tiene que serlo, pero también tiene códigos que nadie se atreve a quebrantar. Jamás se toca a la mujer de un líder, y quien lo haga… paga con su vida.
Alessandro arqueó una ceja.
―¿Te has casado con ella?
La sonrisa se curvó en mis labios.
―Termina el whisky y regresa a Italia. No quiero que mi vida se cruce de nuevo con la tuya. ¿Queda claro?
Luther dio un paso adelante, firme. Alessandro no se inmutó.
―Sé perfectamente que existen reglas entre mafias, sus códigos y esas mentiras que nos contamos para creer que no somos monstruos. Pero hay algo que no has considerado… ¿qué hará tu padre cuando se entere de lo que has hecho? ¿Cuando descubra que su heredero ha perdido la cabeza por una mujer?
Luther tensó los dedos junto a la culata de su arma, consciente de que no estaba frente a un enemigo cualquiera, sino a la sangre que regía un apellido, un imperio, una nación entera.
―Tranquilo, Brauer, tu secretito sigue a salvo de nuestros padres. También tengo mis propios intereses.
―¿Qué intereses? ¿Qué cojones quieres de mí, Alessandro? ¿Dinero?
―Eso es lo que habría querido mi hermano, y por eso terminó muerto. Per favore, Brauer! (¡Por favor, Brauer!) ―exclamó, moviendo la mano en ese gesto tan italiano―. Te lo dejé claro en la última reunión: te ofrecí una salida, un rediseño total del poder.
―¿Quieres que traicionemos a nuestros padres? ¿Que los apartemos del tablero como piezas inútiles en un juego que ya no sirve?
―Esatto! (¡Exacto!).
―¿Y si me niego?
―Entonces contaré la verdad. No toda, claro, solo lo necesario para que Egbert y Francesco sepan que en Alemania se marcó el final de un Vanetto… y que tú estuviste en el centro de todo.