30
La puerta se cerró detrás de nosotros y el despacho se tragó el eco. Niklaus pasó a mi lado sin mirarme, se desabotonó la camisa con un gesto brusco, se sirvió un vaso de whisky y lo vació de un trago antes de abrir el cajón del escritorio y sacar un sobre negro.
―Acércate ―me ordenó.
No me moví.
―Luna…
Sentí la garganta bloqueada, sin embargo, mis pies siguieron moviéndose solos hasta la mesa. Bajé la vista cuando sacó del sobre unos documentos. Intenté leerlos, pero las letras se retorcían y se movían ante mis ojos.
―Merda (Mierda)…
Niklaus abrió de nuevo el cajón del escritorio y sacó una funda de cuero. Dentro estaban mis gafas, de montura metálica negra y cristales intactos. No levantó la mirada. Su atención seguía fija en los papeles, con la mandíbula rígida.
Me puse las gafas sin dudarlo. El mundo volvió a enfocarse, y entonces la letra negra en mayúsculas sobre el fondo blanco se encendió como un cartel luminoso:
CONTRATO MATRIMONIAL
El estómago me dio un vuelco tan fuerte que tuve que tragar saliva para no vomitar.
―Firma.
―No soy tu puta.
Apoyó dos dedos sobre los papeles, los giró hacia mí y dejó el bolígrafo frente a mis manos.
―No. Tú eres más que eso… ―Sus ojos se oscurecieron y sus pupilas se dilataron―. Eres mi mujer.
Intenté reír, pero de mí salió una carcajada rota, a medio camino del sollozo.
―¿Quieres que firme después de lo que me has hecho? ―La voz me tembló de rabia―. Me vendiste, Niklaus. Me entregaste a ese hijo de puta como si no valiera nada para ti.
―Era parte del plan…
―¡Iba a violarme con una puta pistola! ¡Y tú no hiciste nada, cabrón!
―¿Nada? ―repitió, incrédulo―. ¿En serio te parece poco todo lo que he hecho por ti, Schmetterling?
El apodo me golpeó directo en el pecho, justo en el lugar donde el corazón no sabía cómo defenderse.
―He matado al hijo de un capo ―dijo, rodeando el escritorio con pasos lentos―. ¿Tienes idea de lo que eso implica?
Negué con la cabeza.
―Para la mafia, la familia no es solo sangre. ―Se detuvo a un metro de mí―. Es ley… es lealtad… y yo la he profanado por ti. He arriesgado todo lo que soy: mi posición, mi imperio, mi apellido…
―¿Y… qué tiene que ver todo eso con esto? ―Señalé los papeles.
―Todo, Schmetterling ―ronroneó―. Absolutamente todo.
Dio un paso más.
El whisky, la pólvora y su perfume oscuro me atraparon como una trampa, sin dejarme respirar.
―Te lo acabo de explicar… la familia es sagrada. Y nadie ―recalcó― en su sano juicio tocaría a mi esposa. Si firmas, estarás bajo la protección de mi apellido.
―¿Y si no lo hago?
Algo peligroso despertó en su mirada.
―Entonces… todos los demonios que he contenido volverán por ti. Y no hablo solo de los italianos…
No era una oferta de protección, sino una orden disfrazada de reclamación.
Si no firmaba, la araña dejaría de ser mi aliada…
Retrocedí y él enarcó una ceja.
―¿Quieres un matrimonio de conveniencia? ¿Y si… me enamoro de otro hombre?
―No te preocupes, ese hombre no existirá. Lo mataré antes de que siquiera lo pienses.
Una lágrima rodó por mi mejilla. Él frunció el ceño, con los dedos suspendidos en el aire.
―No llores por algo que nunca sucederá. Eres mía. Siempre lo serás.
Finalmente, sus dedos alcanzaron mi mentón, pero giré el rostro, rechazando su toque.
―No podría casarme con alguien como tú ―mentí.
―¿Alguien como yo?
―Alguien incapaz de amar…
Su mano rodeó mi cuello y lo apretó con suavidad, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra el borde del escritorio.
―No te amo como se ama a cualquiera. Te amo con la furia de saber que perderte podría destruirme. ―Sus labios rozaron los míos―. Hay una parte de mí que quiere mantenerte a salvo… y otra que desea aplastarte para que no seas de nadie más.
No era una confesión de amor de cuento de hadas. No había dulzura ni la promesa de un final feliz. Era algo oscuro, egoísta… peligroso. Y, aun así, era la única verdad que había escuchado.
―¿En serio lo has matado por mí? ―inquirí.
―No debí hacerlo… pero cuando te vi en sus brazos… Scheiße! (¡Joder!). Solo pensar que alguien pueda hacerte daño me quema por dentro. Mataría a quien lo intente.
De pronto, se apartó. El vacío entre nosotros me hizo creer, por un instante, que podría huir… hasta que tomó mi mano izquierda y deslizó su anillo ―«NJDB»― en mi dedo anular.
Me quedaba holgado, sin embargo, pesaba como un juramento no pronunciado, ya inscrito en mi piel y mi alma.
Siempre había imaginado una pedida de mano distinta: flores, risas nerviosas, un aire de dulzura… pero en su lugar tenía a un hombre con sangre en las manos, capaz de matar a cualquiera y, aun así, llamarlo amor.
―Eres mía. Mi mujer. Y yo… tu marido.
Sus dedos tatuados subieron por el puente de mi nariz y ajustaron mis gafas.
―No… nosotros no somos nada.
―Entonces dime, Schmetterling… ¿qué somos? Porque yo no mato por diversión ni empiezo guerras por capricho. Si estoy dispuesto a arriesgarlo todo por ti, ¿qué somos?
Se relamió el labio inferior, con los ojos brillando al ver su anillo en mi dedo.
―Si de verdad piensas que soy tuya, si quieres que sea tu mujer… ―Tragué saliva―. Entonces, demuéstramelo. Pídemelo de rodillas, Niklaus.
Sonrió de medio lado.
―Nunca me he arrodillado ante nadie. Y mucho menos por una mujer. Soy un Brauer, el futuro líder de la Spinnenmafia. Los hombres como yo no suplican. Lo que tenemos lo tomamos por derecho, no por compasión.
Lo odié como no había odiado a nadie antes. Y aún más cuando me limpió una lágrima, acariciándome la mejilla.
―No me mires así, Schmetterling. No busques redención en mis ojos; no la encontrarás. No estoy hecho para ser salvado. Estoy hecho para ser temido.
Mi respiración se volvió irregular cuando sus manos me sujetaron por la cintura y me atrajeron hacia él.
―Para mí ―susurró en mi oído―, el dolor y el placer se funden en un solo idioma. Te haré entenderlo… hasta que no sepas cuál te sostiene y cuál te rompe.
―No… ―jadeé―. No puedes hacerme esto… hacerme sentir así… No voy a permitirlo.
Me alejé de él, pero sus labios cayeron sobre los míos con una intensidad feroz que no dejaba escape. Gemí cuando me alzó, aplastándome contra su torso, antes de devorarme con hambre y exigencia.
―No te resistas, Schmetterling…
Mis manos se aferraron a sus hombros, arrugando su camisa, mientras su boca abandonaba la mía para trazar un camino húmedo por mi cuello, entre mordidas y caricias.
―¿Quieres esto tanto como yo? ―gruñó contra mi piel.
Negué, pero mis gemidos deshicieron lo poco que quedaba de mi voluntad.
Su sonrisa se curvó con malicia.
―No me mientas…
Me recostó sobre el escritorio e inclinó su cuerpo sobre el mío, sin apartar la mirada, como si romper el contacto visual fuera una traición.
―No tienes ni idea de lo que me haces sentir. Ni tú… ni nadie. ―Su voz salió ronca.
La tela de mi vestido cedió bajo sus dedos, seguida por mis panties, que se rasgaron y quedaron a un lado, dejándome expuesta al frío que caló mi piel. El sujetador negro de encaje ceñía mis pechos, y las braguitas a juego apenas alcanzaban a cubrir mi vello púbico. Sus ojos se detuvieron en mis pezones, invitándolo a tocarlos… y, por supuesto, no dudó en hacerlo. Ahuecó uno, su pulgar rozando mi pezón con suavidad al principio, solo para aumentar la presión de forma gradual, hasta que la línea del dolor y el placer se desdibujó.
La humedad entre mis piernas era inconfundible, pero lo que realmente me inundaba era la inseguridad. La primera vez que nos acostamos fue en la oscuridad. Ahora, como el encuentro en el pasillo del club, la luz me desnudaba por completo. No había escapatoria. Ni de él ni de mí misma.
Cuando sus dedos acariciaron las estrías plateadas de mis muslos y mi vientre, contuve el aliento. Un juicio cruel resonó en mi mente: «celulitis, estrías, cuerpo flácido…», mientras él tocaba lo que yo consideraba una debilidad.
―No te escondas de mí.
―No soy… ―Intenté hablar.
―Luna… eres jodidamente perfecta.
―No lo soy ―musité―. No como las mujeres con las que sueles estar y…
No me dejó terminar. Su mano se cerró en mi cuello, atrayéndome contra él hasta que sentí su erección contra mi entrepierna.
―Escúchame bien. Cada centímetro de ti encaja conmigo como si todo lo anterior hubiera sido solo una preparación para el momento en que te encontré. No eres perfecta para el mundo… pero lo eres para mí, y eso es todo lo que importa.
Su otra mano, la tatuada, descendió hasta el encaje de mis bragas, sonriendo al descubrirme húmeda y lista para él.
―No puedes ocultarlo, Schmetterling. Soy el único que te moja de esta forma… tu hombre… tu esposo…
Gemí cuando sus yemas se deslizaron con facilidad entre mis pliegues. Mi cuerpo respondió instintivamente, empujando las caderas contra su mano, reclamando más, y él lo entendió de inmediato; su pulgar comenzó a frotar mi clítoris con movimientos circulares.
―Eres mía, Schmetterling. Meine Frau (Mi esposa). No lo olvides nunca.
Alcancé el clímax, temblando. Niklaus mantuvo el ritmo, prolongando mi placer y jugando con la tensión del orgasmo.
Le desabroché el cinturón y tomé su erección en mi mano, sintiendo el pulso de sus venas bajo mi palma. Él gimió y, al ver su anillo en mi dedo, su sonrisa se amplió.
Se sentó en la silla, me agarró por detrás de las rodillas y dio un tirón firme, acercándome hacia él hasta que mis caderas chocaron con el borde del escritorio. Apenas tuve tiempo de reaccionar cuando su boca se lanzó a mi entrepierna.
―¡Oh, merda! (¡Oh, mierda!).
Mis dedos se enredaron en su cabello mientras me retorcía. Él no cedió, profundizando sus lengüetazos, como si cada uno fuera un castigo y una recompensa a la vez. Los sonidos húmedos de su boca se unieron a mis gemidos entrecortados.
―Dilo, Schmetterling… ―murmuró contra mi centro, su voz grave vibrando a través de mi piel―. Di que eres mía… di que serás mi esposa.
―Nunca…
Soltó una risa baja y, entonces, la suavidad desapareció. Su lengua atacó mi clítoris con tal salvajismo que me hizo gritar. El placer comenzó a acumularse, abrasante… insoportable.
―Dilo ―ordenó, hundiendo más los dedos y separándome los pliegues―. Dilo, Luna…
―Me romperás el corazón…
Su boca se detuvo.
―No. Te lo juro, Schmetterling. Incluso después de la muerte, te perteneceré y seré fiel a ti, más allá de todo.
Me apoyé en los codos, observándolo entre mis piernas.
―Soy solo tuyo… pero tú también debes jurarme lo mismo. Ser mía. No hay nadie más para nosotros.
Mis ojos se nublaron de lágrimas cuando la yema de su dedo índice golpeteó en mi clítoris, provocándome otro orgasmo.
―Júralo ―exigió.
―¡Soy tuya! ―chillé―. Tu esposa… tu mujer.
―Así me gusta, señora Brauer. Ahora córrete de nuevo, preciosa… pero esta vez quiero que lo hagas en mi boca.
Su simple mandato me hizo estremecer, sin embargo, la sensación de su lengua penetrándome fue la gota que colmó el vaso. Grité, removiéndome sin parar, a la vez que él me sujetaba los muslos con fuerza, manteniéndome en su control absoluto, succionando, tirando de mi carne…
El orgasmo me dejó con los pies temblando, mientras él absorbía mis fluidos con ansia, sin desviar su mirada de la mía. Los cristales de mis gafas se empañaron y caí hacia atrás, hasta que el techo ocupó mi visión y Niklaus apareció sobre mí, relamiéndose los labios.
―Joder, Schmetterling… me pasaría horas comiéndote el coño. ―Me dio un beso―. Sabes increíble.
Se posicionó en mi entrada, entrelazando nuestros dedos por encima de mi cabeza. Me dio tiempo para ajustarme, para que mi pelvis se encontrara con la suya, antes de comenzar a moverse dentro de mí con una lentitud tortuosa. Cuando la intensidad creció, separó nuestras manos y las clavó en los bordes del escritorio, empujándome más profundo.
―No… no puedo… ―jadeé, cubriéndome la cara.
Me agarró las manos y las llevó a su pecho, reteniéndolas allí mientras besaba mi anillo con devoción antes de volver a mi boca, reclamando mi lengua como si fuera suya.
―Nik… por favor…
Se arrodilló sobre el escritorio, me levantó las piernas y las colocó sobre sus hombros. El rubor invadió mis mejillas, aunque ya no quedaba espacio para la modestia en este juego…
Sus manos se aferraron en mis caderas, arrastrándome hacia él.
―¿Sientes cómo te deseo, Schmetterling? ―Sus dientes rozaron mi hombro―. Me encanta tenerse así… completamente rendida bajo mi control… completamente mía…
El escritorio crujió y mis uñas se clavaron con fuerza en su espalda cuando sus embestidas se hicieron más salvajes, cada movimiento suyo más frenético, más posesivo.
―Niklaus… voy… voy a correrme…
Rugió, penetrándome con una brutalidad que parecía querer atravesarme, marcándome no solo en mi cuerpo, sino también en mi alma.
―¿Lo sientes, señora Brauer? ―murmuró en mi cuello―. El placer y el dolor fusionándose…
Grité, incapaz de distinguir si el dolor en mi centro me estaba quebrando o si lo que me consumía era la forma en que sus dientes se hundían en mi piel, como un vampiro sediento de mi sangre desde tiempos inmemoriales.
Me frotó el clítoris mientras sus caderas no cedían, embistiéndome sin piedad, sin darme tregua.
―Córrete en mi polla, Schmetterling. Complace a tu esposo…
Chillé su nombre, perdiéndome en la convulsión de mi orgasmo, y él no tardó en seguirme, gruñendo, enterrándose hasta el fondo, llenándome con su semilla. Después apoyó sus palmas a ambos lados de mi cabeza, mientras su pene permanecía dentro de mí, asegurándose de que nada de él se escapara.
―Esto… ―susurré―. Esto es un error.
Me tomó la mano.
―El error sería dejarte marchar, Schmetterling. ―Sus dedos tatuados bajaron del anillo hasta mi tatuaje―. La araña no tiene apetito por ninguna presa que no sea su mariposa…
―Seré tu esposa hasta que la muerte nos separe.
Gruñó ante mis palabras.
―No ―corrigió, acariciando mi labio inferior con el pulgar―. Ni la muerte podrá separarnos, Schmetterling.