BOLBORETA 29
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―¡Báixame agora mesmo, fillo de puta! (¡Bájame ahora mismo, hijo de puta!).

El pasillo era una garganta oscura y estrecha, con puertas cerradas a ambos lados. De pronto, una se abrió… la Sala VIP… la Sala Roja…

Me arrojó sobre el colchón, hundido y desgastado, impregnado de la memoria de demasiados cuerpos que habían pasado por allí antes que el mío.

―Dove credi di andare? (¿A dónde crees que vas?).

Corrí sin pensarlo, pero me agarró por la nuca y me estampó contra la pared. El golpe me arrancó el aire de los pulmones y me dejó un zumbido sordo en los oídos. En medio del impacto, la peluca cayó al suelo y, con ella, desapareció Bolboreta…

―Che sorpresa! (¡Qué sorpresa!).

―Por favor… ―musité.

―«¿Por favor?» ―repitió, divertido―. Ni se te ocurra llorar. Esto ni siquiera ha empezado. Guarda esas lágrimas para después, principessa (princesa).

―No… no…

Niccolo perdió la paciencia y sacó el arma de su cinturón. No apretó el gatillo, pero sí blandió la culata. Acabé en el suelo con el sabor metálico de la sangre explotándome en la boca.

―Desde este momento, harás lo que yo te diga.

Abrí los ojos, horrorizada, cuando me separó las piernas y deslizó la pistola entre ellas.

―Por favor… no lo hagas.

Carcajeó sin pudor mientras el cañón recorría la tela que apenas cubría mis pliegues.

―Te gusta esto, ¿verdad? ―Sus labios reclamaron los míos y el sabor de su saliva se confundió con el de mis lágrimas―. Lo noto. Te encanta que te follen duro.

Le escupí en la cara y se giró para limpiarse. Aproveché el descuido; me impulsé por el suelo y me alejé gateando.

―Non così in fretta, principessa (No tan rápido, princesa).

Me agarró del tobillo y me arrastró de vuelta hacia él.

Un instante después, estaba aplastada bajo su peso, inmovilizada.

―Veamos cuánto aguantas sin desmayarte ―añadió, mientras la presión del cañón aumentaba cada vez más, a punto de colarse en mi abertura.

Pum.

Niccolo alzó la cabeza. El segundo disparo llegó casi encima, demasiado cerca esta vez. De repente, el pasillo se llenó de pasos apresurados y órdenes en alemán, gritadas con autoridad.

Dirigió la atención a la puerta, irritado, como una bestia sorprendida en pleno festín, obligada a soltar su presa.

Pum.

El último disparo sacudió el suelo bajo mis manos. La manija cedió con violencia, pero el seguro aún resistía. Entonces, una patada la arrancó de cuajo: la puerta saltó de las bisagras y se estrelló contra la pared.

―Niklaus… ―susurré sin fuerzas.

Su traje, manchado de sangre ajena, se tensaba con cada respiración mientras la pistola aún humeaba en su mano. No miró a Niccolo; me miró a mí. Y en sus ojos ardía la culpa.

―Luna… ―pronunció mi nombre como si le arrancaran la piel.

Su mirada me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en el labio partido y la ropa revuelta, y luego descendió un poco más, hasta la peluca caída a mis pies… antes de fijarse en el arma entre mis piernas.

―Lo sabía, Brauer ―dijo Niccolo con soberbia―. Sabía que esta puta era tu punto débil.

Ahogué un sollozo cuando el cañón dejó mi entrepierna y se alzó hasta mi cabeza.

―Será mejor que reconsideres mi propuesta, amico (amigo), y…

Pum.

La bala le atravesó la frente en mitad de la frase. Su cuerpo se arqueó hacia atrás y después cayó inerte, como un títere sin cuerdas. El sonido me estalló en los oídos y la sangre me salpicó, tiñéndolo todo de rojo.

Quise gritar, pero solo salió un gemido roto que se deshizo en mi garganta. Me llevé las manos a la cara, temblando sin control.

Niklaus se acercó y me sujetó el brazo para incorporarme… hasta que se lo aparté de un manotazo.

―¡Sóltame! (¡Suéltame!).

―Luna… ―Su voz grave osciló entre amenaza y consuelo, sin decidirse por ninguno.

Intentó levantarme de nuevo, pero me encogí en la esquina de la habitación, abrazando mis rodillas.

Permaneció de pie, observándome como si el mundo entero se hubiera reducido a ese rincón ensangrentado. Sus ojos azules eran un cielo oscuro, casi negro, donde cada sollozo mío parecía perforarle el pecho. Tensó la mandíbula, respiró hondo y se contuvo, como si fuera a romperse en pedazos.

Luther irrumpió con cuatro hombres detrás. Sin embargo, Niklaus me alzó en brazos sin desviar su atención de mí.

―Shh… ―Apoyó la barbilla en mi cabeza―. Estoy aquí. Ya pasó. Nadie te hará daño mientras yo esté contigo.

No me di cuenta en qué momento mis brazos se cerraron alrededor de su cuello, pero me sentí a salvo con él.

Avanzó hacia la puerta y Luther se interpuso.

―¿Eres consciente de lo que acabas de hacer? Has declarado la guerra a los Vanetto. Nos has condenado.

Niklaus dio un paso, forzándolo a retroceder.

―¿Y? ―murmuró―. ¿Se supone que debería tener miedo?

―¡Deberías! ―Los ojos de Luther me atraparon―. Felicidades: acabas de ofrecer tu talón de Aquiles en bandeja.

―Es un riesgo… ―Los dientes le crujieron al hablar―. Y, aun así, lo asumo.

―No se juega con la familia de otra mafia y se sale ileso. Nadie lo hace.

El puño de Niklaus vibró con fuerza; su anillo rozó mi hombro con una cercanía peligrosa, a punto de herirme sin querer.

―Niccolo hat den Krieg begonnen, indem er ein Mitglied meiner Familie verletzt hat (Niccolo ha comenzado la guerra al herir a un miembro de mi familia).

Luther parpadeó, perdido tras las palabras de Niklaus. Yo, en cambio, no comprendía nada de lo que estaba pasando.

―Ich verstehe dich nicht… was hast du vor? (No te entiendo… ¿qué tienes en mente?).

Niklaus me atrajo todavía más cerca.

―Sie wird meine Frau sein (Ella será mi esposa).

Las facciones de Luther se descolocaron, sorprendido, a punto de replicar. Pero la idea murió antes de nacer: nadie desafiaba a Niklaus.

―Ruf die Anwälte an und sag ihnen, sie sollen mir sofort die Heiratsunterlagen schicken. Ich will sie jetzt in meinem Büro haben, bevor ich nach Hause komme (Llama a los abogados y diles que me envíen los documentos de matrimonio de inmediato. Los quiero ahora en mi despacho, antes de llegar a casa).

―Scheiße (Joder) ―murmuró Luther, antes de asentir y girarse hacia los hombres de Niklaus―. Schafft die Leichen weg. Es darf keine einzige Spur zurückbleiben (Deshaceos de los cadáveres. No debe quedar ni un solo rastro).

Mientras los demás se ponían manos a la obra, Niklaus se inclinó, rozó mi sien con sus labios y musitó:

―Jetzt kannst du mir nicht mehr entkommen, Frau Brauer (Ahora ya no puedes escapar de mí, señora Brauer).