28
Me detuve frente a la puerta de la sala de reuniones, con la humedad atrapada en las pestañas y la vista borrosa por la miopía. Me froté los ojos con cuidado, sin arruinar el maquillaje ni dejar que se rompiera la fachada de Bolboreta…
―Apártate, estúpida ―habló Andrea―. Déjanos trabajar.
La puerta se abrió y entró con el mentón alzado. Niccolo Vanetto estaba reclinado en su silla, con el whisky girando entre sus dedos, mientras dos guardias lo flanqueaban. A su alrededor, las chicas del club reían, sirviéndoles aperitivos y dejándose tocar donde ellos quisieran.
Y al otro lado de la mesa… estaba Niklaus. Envuelto en negro, como si la noche misma lo hubiera elegido. Su traje impecable, la camisa de seda oscura ceñida a su cuerpo, el chaleco moldeado a su figura perfecta. El negro no lo vestía… lo definía. Era su extensión. Su naturaleza. Tan oscuro como aquello que lo habitaba, como ese amor que me desgarraba por dentro… como la marca eterna que había dejado en mi corazón.
Intenté retroceder… pero el destino, o la cruel ironía de aquello, decidió lo contrario. Una de las chicas chocó conmigo mientras sostenía una bandeja de copas. Los cristales tintinearon.
Todos giraron hacia mí.
―Ah… mio fratello tedesco (Ah… mi hermano alemán) ―canturreó Niccolo con burla―. Gracias por traerme a tu puta favorita.
Mi corazón se desplomó en mi estómago. La sala entera se volvió un túnel: miradas, risas contenidas, susurros.
―Tú lo has dicho ―comentó Niklaus, llevándose un cigarrillo a la boca―. Una puta… ―Encendió el mechero y esperó a que la llama prendiera el filtro antes de dar una calada―… pero no mi favorita.
Su respuesta me abrió una herida en el alma, que sangró aún más cuando Niccolo soltó una carcajada.
―¡Así me gusta, Brauer! ―Levantó el vaso en un gesto de triunfo―. Avanti, ragazza! (¡Adelante, muchacha!). No seas tímida.
Hice lo que me pidió, entrando en modo supervivencia. Andrea y las demás empezaron a desnudarse, dejando sus cuerpos expuestos sin rastro de vergüenza. Sin embargo, Niccolo permanecía indiferente, como si nada de aquello fuera suficiente para distraerlo de lo que realmente le interesaba.
―Me han dicho que eres un hombre que prefiere morir antes que arrodillarse y, curiosamente, aún no te he escuchado decir «lo siento».
―Ni lo tendrás ―sentenció Niklaus.
Me situé junto a Luther y me dedicó una mirada de reojo. Pero, antes de que pudiera procesarla, Niccolo volvió a tomar el control de la conversación.
―Voy a ser honesto, Brauer. ―Alzó la mano, ajustando la venda ensangrentada―. Mi padre y mi hermano están haciendo todo lo posible por destruirme. Creen que soy un error, un hombre que no debería llevar el liderazgo.
―Quizá no se equivocan del todo.
Niccolo vació el vaso de un solo trago; el cristal chocó contra sus dientes.
―Si estuviera en tu lugar, me preocuparía más por tu padre que por tus enemigos.
―Habla claro.
―Podríamos hacerlos desaparecer a todos… tu padre, el mío, Alessandro… y gobernar sin ellos.
―¿Y qué gano yo exactamente?
―Todo lo que quieras: poder, territorios… y me tendrás como aliado.
Niklaus sonrió.
―Tu familia tiene razón: no estás hecho para liderar.
Niccolo bufó por la nariz, irritado.
―Empiezo a sospechar que no tienes los cojones para hacer lo que hay que hacer.
―¿Y tú sí? ―replicó Niklaus―. Vienes a pedirme una alianza sin ser capaz de controlar a los tuyos. Qué clase de líder tan… «convincente».
Niccolo se recostó en el respaldo, fulminándolo con la mirada.
―Eres el futuro heredero de la Mafia Alemana, y aun así tu padre te tiene atado como a un perro. El mío, en cambio, preferiría verme muerto antes que cederme el trono. Somos dos reyes sin corona… sin reino… sin nada. Cazzo! (¡Joder!).
―¿De verdad crees que confiaría en ti? Hoy traicionas a tu familia sin dudar. Mañana seré yo el precio de tu ambición.
Por un instante, imaginé la mesa volando por los aires y las armas desenfundándose. La última noche en el club regresó a mí con el miedo de que todo volviera a repetirse.
Niccolo inspiró hondo y recorrió la sala en silencio hasta que su mirada se clavó en la mía. Frunció el ceño, pensativo, como si acabara de entender algo que antes no había percibido.
―Acércate ―ordenó, señalándome con el vaso vacío.
Niklaus cerró lentamente su mano tatuada, la araña encogiéndose en un puño. Avancé, obligándome a contener la tensión. Tomé la botella y serví el whisky, pero Niccolo rozó mi tatuaje de mariposa con el dedo índice. El vaso tembló y el whisky se derramó sobre su pantalón blanco.
―Lo-lo siento…
Me sujetó la muñeca y llevó mis nudillos hasta sus labios.
―Non ti preoccupare, bella (No te preocupes, hermosa).
Niklaus hizo el amago de incorporarse, pero Luther le presionó la clavícula, impidiéndole cualquier reacción.
―Te repito mi propuesta, Brauer: mata a tu padre, mata al mío, mata a Alessandro…
―No cuentes conmigo, Vanetto.
Se me escapó un chillido cuando, sin previo aviso, me alzó y me echó sobre su hombro.
―Perfetto (Perfecto) ―dijo mientras avanzaba hacia la puerta―. Entonces no te importará lo que haga con ella. Después de todo, no es tu puta favorita, ¿verdad? ―Guiñó un ojo.
Le golpeé la espalda con los puños, desesperada.
―Todos saben que mis gustos sexuales no son aptos para gente sensible.
Sollocé, presa del pánico, pataleando y arañando sin que él cediera.
―¡NIKLAUS! ―Su nombre cayó de mis labios hecho fragmentos.
Desde el hombro de Niccolo, levanté la cabeza y lo vi sentado, impasible, con el cigarro consumiéndose despacio entre sus dedos.
―¡Por favor! ―supliqué.
En sus ojos apareció un destello asesino. Luther le murmuró algo en alemán y él exhaló con fuerza, obedeciendo.
Niccolo me dio un nalgazo.
―Ti spezzerò in tutti i modi, puttana (Te voy a destrozar de todas las formas posibles, puta).
Creí ver a Niklaus abalanzándose sobre Niccolo… pero solo fue una escena en mi cabeza.