27
Parpadeé y el mundo regresó a mí en fragmentos: el peso tibio de las sábanas sobre mi piel desnuda, el aire denso impregnado de tabaco y cuero… y ese matiz peligroso que no necesitaba nombre, porque ya lo conocía.
Niklaus…
Me incorporé despacio, dejando que la sábana resbalara lo justo. Dustin estaba de espaldas a mí, enfrentándose a dos hombres vestidos de negro: armarios humanos que bloqueaban la puerta.
―Sie wird nirgendwohin gehen! (¡Ella no irá a ninguna parte!) ―rugió.
El hombre más alto dio un paso al frente. No estaba allí para negociar.
―Befehl unseres Chefs (Orden de nuestro jefe).
―Ich bin auch ein Brauer! (¡Yo también soy un Brauer!).
El otro levantó una ceja:
―Aber Niklaus ist der Älteste (Pero Niklaus es el mayor).
―Luna… ¡por fin estás despierta! ―Adelaida apareció en el marco de la puerta.
―¿Qué está pasando? ―pregunté.
Dustin se giró y su expresión se quebró.
―Gott sei Dank (Gracias a Dios). ―Me abrazó con fuerza.
Adelaida se acercó, ofreciéndome una taza de té humeante.
―Bebe, te ayudará a recuperarte.
El calor del líquido descendió por mi garganta, casi reconfortante… pero no alcanzó mi mente.
―Te necesita en el club esta noche ―habló Adelaida.
―¿Niklaus?
Asintió.
―Nein! (¡No!) ―interrumpió Dustin―. ¡Ella no irá a ningún lado!
―No estás en posición de desobedecer a tu hermano ―le recordó Adelaida.
―Schau sie dir an! (¡Mírala!) ¡Acaba de despertar! Está débil y asustada. Ni siquiera puede mantenerse en pie.
Uno de los hombres activó su auricular y escuchó con atención. Murmuró algo en alemán antes de acercarse a mí. En un movimiento rápido, me quitó la taza de las manos y me ordenó levantarme.
―Niccolo ya está en el club, reunido con el jefe.
―¿Vanetto? ―musité, incrédula―. No… no tiene sentido.
El guardia no dio más explicaciones. Me sujetó del brazo y me envolvió en la sábana, cerrándola a mi alrededor.
―¡Luna! ―Dustin corrió hacia mí―. ¡Soltadla!
No alcanzó a hacer nada. El otro individuo lo inmovilizó sin esfuerzo. Él forcejeó, pero sin ninguna posibilidad de escapar.
Niccolo Vanetto… ¡Deus! (¡Dios!). ¿Por qué? ¿Por qué Niklaus, después de salvarme de ese monstruo, después de hacerme creer que yo era suya, me volvía a poner en su camino? ¿Y si lo había provocado yo?
El pensamiento apareció sin permiso… y con él, el recuerdo del beso con Izan.
«No quiero ni un vestigio de ese hijo de puta en ti».
El guardia me arrastró por el pasillo, rompiendo mi ensimismamiento.
Regresaba al club…