26
El cigarro chispeaba en la oscuridad mientras la brasa bañaba mis dedos con un fulgor rojo que palpitaba al compás de mi rabia.
El jardín respiraba quietud; los grillos mantenían su rutina inútil, el viento acariciaba los árboles como un cómplice secreto… pero aquella serenidad era solo una máscara, la calma antes del caos.
Dustin me había revelado la verdad. Izan, ese hijo de puta… ¿cómo se había atrevido a hacer algo así en mi casa? En mi piscina. Con mi mujer.
«Mi mujer».
Di otra calada profunda, y la ceniza se desprendió en el aire antes de hundirse en la piscina. Mi reflejo se quebró en ondas, devolviéndome un rostro desconocido. Sí. Luther tenía razón. Luna no era una obsesión… era mi talón de Aquiles, mi única maldita debilidad. Y reconocerlo me hacía más vulnerable que cualquier traición, más expuesto que cualquier guerra entre mafias enemigas. No había nada que pudiera salvarme de lo que sentía por ella: la necesidad que ardía dentro de mí, el terror absoluto de perderla.
De repente, un sollozo rompió el silencio. Mis hombres arrastraban a Izan por el sendero.
Solté el cigarrillo y el humo se dispersó en el aire, llevándose consigo un pedazo de la calma que ya no me quedaba.
―Dejadlo ahí ―ordené.
Izan se desplomó ante mí, como un muñeco roto, sin fuerzas para sostenerse. Su voz, al hablar, era puro remordimiento… el que llegaba cuando ya no había salvación y el miedo lo tomaba todo.
―Por favor, señor Brauer… no quise incomodarlo ―balbuceó con los labios resecos―. Hacía tiempo que no veía a mi novia.
Avancé un paso, girando mi anillo.
―¿Novia? ¿Te refieres a ella… como tu novia?
Su expresión se desmoronó.
―Sí, es mi novia. Se lo juro. Yo…
―Pobre imbécil ―lo interrumpí. Mi puño le arrancó la palabra de la boca. La sangre brotó entre sus dientes y le bajó por la barbilla mientras su cabeza se ladeaba, casi sin conciencia.
―Vuelve a llamarla novia, y veremos qué tan bien resiste tu cara un puñetazo más.
―Ella no es… no es quien creéis ―musitó―. Trabaja en vuestro club. Es… es una puta, una basura. No merece vuestro respeto, ni vuestra atención, ni nada…
El siguiente golpe fue más salvaje. Su mandíbula inferior chasqueó como madera quebrándose. Esta vez cayó hacia atrás, pero mis hombres lo sujetaron por los brazos. La sangre ya no goteaba: fluía en riachuelos densos, tiñendo la grava con círculos brillantes.
«―… para decidir la forma en que haré que ese desgraciado sienta dolor antes de morir, y que tú lo presencies. ¿Eso es lo que deseas, Schmetterling?
―Sí…».
Miré al cielo un instante, a la luna llena, y, de algún modo retorcido, su deseo se había cumplido bajo la luz que llevaba su nombre…
―Solo tienes dos caminos ―le expliqué―. Uno: morir aquí y ahora. El otro: mendigar cada maldito segundo que te quede.
Lloró con los mocos cayéndole por la nariz. Un espectáculo de humillación que daba ganas de apartar la mirada.
Lo sujeté por las solapas de la chaqueta y lo acerqué a la piscina. Sus labios rozaron el borde de piedra.
―Estás asustado, ¿verdad? Así se sintió ella cuando intentaste ahogarla. ¿Lo recuerdas, hijo de puta?
―¡Dijiste que me perdonarías si suplicaba!
―¿Eso dije? Qué curioso. Ella también te suplicó que no la lastimaras. ―Chasqueé la lengua―. Cada lágrima de mi mujer es tu deuda. Y la voy a cobrar sin piedad.
Hundí su rostro bajo el agua, disfrutando el pánico en cada burbuja que se le escapaba. Sus movimientos se volvieron torpes, desordenados. Clavé las iniciales de mi anillo en su cuello y el metal le abrió la piel. El pulso de su yugular latía contra mi palma: primero desbocado, luego irregular… hasta apagarse.
Lo levanté y lo arrojé contra la grava. Sus labios entreabiertos escupieron espuma, el último reflejo de un cuerpo que todavía no entendía que estaba muerto.
Sacudí el agua de mi ropa mientras mis hombres borraban toda evidencia: envolvieron a Izan en plástico negro, reduciéndolo a una bolsa de basura que nadie lloraría, y lo arrastraron sin dignidad alguna.
El olor húmedo de la sangre mezclado con el del plástico era insoportable, pero aun así esbocé una sonrisa.
Luther encendió un cigarrillo y me lo puso frente a los labios. Lo tomé y aspiré despacio.
―Niccolo vendrá esta noche al club ―informó―. Sé que no te disculparás con él… así que sobórnalo con putas, alcohol y drogas.
Di otra calada y dejé que el humo llenara mis pulmones antes de preguntarle:
―¿Y el «pero»? ―Fruncí el ceño. Con Luther siempre había un puto «pero» cargado de problemas.
―El «pero» es que Luna estará ahí.
Deslicé la lengua por el interior de mi mejilla, negando con la cabeza.
¡Ni de coña, joder!
―Ocultarla levantaría sospechas con los Vanetto. Eres famoso por no tener debilidades, Niklaus, pero en el momento en que descubran que tu corazón pertenece a alguien, cualquier mafia rival querrá arrancártelo.
―Verdammt, Luther (Joder, Luther)…
―Ignórala, trátala como a una puta más delante de Niccolo. Que ella misma termine creyéndose esa mentira.
El plan apestaba a mierda… pero aun así tenía sentido.
―¿Y si Niccolo… o algún cabrón intenta tocarla? Luther, juro que no voy a poder contenerme…
―¡No lo harán! He llenado el club con las mejores putas que tenemos. Niccolo no se fijará en Luna y confirmará que ella no significa nada para ti. Gott! (¡Dios!). La mafia vive de apariencias, Nik. Y tú eres un maestro en eso. Pase lo que pase, no cometas ninguna estupidez.
Me recosté contra el poste de la piscina, con la mirada fija en el agua, anticipando lo que vendría… ella atrapada en el peligro, y yo… obligado a enterrar mi corazón, a disfrazar cada puto latido y sangrar por dentro sin que nadie lo viera.
Luther aplastó el cigarro contra el suelo, con el mismo gesto frío y metódico con el que había asesinado a hombres sin que un solo músculo de su rostro se moviera.
―El chófer y dos hombres la llevarán al club cuando despierte ―dijo―. Solo le contarán lo estrictamente necesario. Cuanto menos sepa, más segura estará. ¿Ha quedado claro?
Asentí, no porque me agradara la idea, sino porque era la verdad.
La mafia era un tablero de ajedrez manchado de sangre, mentiras y traiciones. Pero ella no era una pieza cualquiera: era mi reina. La única capaz de torcer reglas que yo había jurado respetar.
Con Luna no existían treguas. Solo guerra. Y yo estaba listo para ganar, sin importar a quién tuviera que matar…