BOLBORETA 25
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No podía concentrarme en nada. Los papeles sobre el escritorio se confundían, los nombres en la pantalla del móvil parpadeaban sin sentido, y la voz de Luther, que me pedía mantener la cabeza fría, apenas llegaba a mis oídos.

«Ya he conseguido lo que quería, Schmetterling. Sabía que un solo polvo bastaría para quitarme de encima esta puta obsesión por ti».

Era un hijo de puta mentiroso…

«¿Eso es todo lo que soy para ti? Pues qué decepción, señor Brauer… he tenido polvos mejores».

Y ella también era una mentirosa…

Después de hacerla gemir mi nombre, de verla correrse varias veces… era imposible que otro lograra hacerla sentir como yo.

Luther se dejó caer en la silla frente a mi escritorio. Bebió el whisky de un solo trago y el cristal vibró cuando volvió a llenarlo, como si su impaciencia tuviera cuerpo propio.

―No me estás escuchando, Niklaus. ―Se frotó la comisura de los labios, molesto―. No tienes ni puta idea de lo que se está cociendo.

Me recosté en la silla, tamborileando con los dedos sobre la madera maciza.

―¡Deja de ignorarme! ―protestó, golpeando el borde del escritorio. La botella bailó y tintineó―. Hablo en serio: tienes que reunirte con Niccolo y disculparte antes de que esto estalle en una guerra abierta.

Bufé, incapaz de ocultar mi incredulidad ante semejante petición.

―Antes muerto.

―Si no lo haces, la que terminará muerta será Luna.

Levanté la mirada despacio y mis ojos se clavaron en los suyos.

―Vuelve a decir su nombre y te juro que no saldrás caminando de esta habitación.

―Niccolo no va a detenerse. Lo has humillado.

―¿Y qué demonios quieres que haga? ¿Arrodillarme? ¿Arrastrarme como un perro? ¿Rogarle clemencia a un loco que ni siquiera merece escuchar mi voz?

Luther se llevó la mano al rostro y apretó el puente de la nariz.

―No lo entiendes, Niklaus… estás enamorado de Luna. Anoche follasteis. Sus gritos se oyeron hasta fuera de la mansión. ―Me señaló con el dedo―. Creíste que con una noche bastaría para olvidarla, usarla y romperla. Pero no… no puedes. No eres capaz, ¿verdad?

―¿Enamorado? ―repetí, entrecerrando los ojos―. No, Luther. Esto no es amor. Es posesión. La siento arder dentro de mí cada vez que la miro. Que Niccolo se atreva a acercarse a ella… que lo intente. Porque el día que lo haga no habrá Mafia Italiana que reclame su cadáver, ni nombre que pronunciar, ni familia que pueda llorarlo. Nadie sobrevivirá.

Luther resopló, como si supiera que insistir no serviría de nada.

Me levanté de la silla con el whisky en la mano y el puño apoyado en el escritorio. Estaba a punto de explicarle que se equivocaba, de convencerlo ―y de paso convencerme― de que no amaba a Luna. Pero la puerta se abrió de golpe. Dustin apareció sollozando y se aferró a mi camisa.

―¡Luna! ¡La piscina!

Lo sujeté por los hombros.

―Respira, joder. ¿Qué ha pasado?

Adelaida irrumpió, visiblemente alterada, y mi cuerpo se tensó al instante.

Scheiße (Mierda)…

Solté a Dustin y salí disparado al jardín. Las piedrecillas crujían bajo mis zapatos, insignificantes frente al estruendo de mi corazón.

La imagen de Luna se me clavó en la mente y el pánico me atenazó. Joder, era el mismo terror que sentí en el club cuando Niccolo la tocó.

Uff… Si lo que sentía por ella no era amor, entonces el amor verdadero nunca había existido para nadie.

Reduje el ritmo al ver, en el centro del jardín, a un hombre de espaldas besando a Luna. No necesitó girarse: era Izan. El hijo de puta que había trabajado como jardinero en la mansión, el que renunció sin dar explicaciones y dejó tras de sí un rastro de dudas que nadie quiso resolver.

«Pues qué decepción, señor Brauer… he tenido polvos mejores».

Gruñí, controlando la respiración y reprimiendo el impulso de desenfundar mi arma.

―¿Acaso te pago para que metas la lengua donde no te pertenece, imbécil?

Izan se apartó de Luna, aterrorizado, mientras ella se mantenía tensa… quizá avergonzada al recordar cómo habíamos follado salvajemente la noche anterior, aunque sus ojos estaban teñidos de tristeza.

¿Qué demonios estaba pasando?

―Se-señor, disculpe ―tartamudeó el muy inútil―. Yo no quería…

No le dejé terminar; mi paciencia ya había llegado a su límite.

―No me interesa saberlo. Pero ya que estamos aquí… ―Encendí un cigarro―. ¿Quieres seguir respirando o prefieres que te entierren entre las flores que tanto cuidas?

El humo se escapó de mis labios mientras él reculaba, perdiendo el equilibrio y casi arrastrando a Luna hacia la piscina.

Segundos después, Dustin se puso a mi lado, dispuesto a defender a Luna sin importarle las consecuencias. Detrás de nosotros se alinearon Adelaida, Luther y dos hombres de seguridad.

Di una calada y tiré el cigarro; la ceniza chispeó sobre el césped mojado.

Me acerqué a él y me detuve lo bastante cerca para que supiera que podía atacarlo en cualquier momento.

―Lárgate de mi vista antes de que olvide que no puedo derramar sangre delante de testigos. ―Aparté la chaqueta hacia un lado. Mis dedos rozaron la empuñadura de la pistola en mi cintura―. O quédate… y descubre lo que les ocurre a los hombres que se atreven a tocar lo que es mío.

Izan retrocedió poco a poco hasta que huyó corriendo.

―Llevad a Adelaida tras él ―ordené―. Que firme su renuncia hoy mismo y desaparezca del país.

Los dos de seguridad asintieron y condujeron a Adelaida al interior de la mansión.

Mi atención volvió a Luna. Cada mínimo movimiento suyo era un reflejo de su terror: manos temblorosas, saliva que tragaba con esfuerzo, el pecho elevándose y cayendo al compás de su ansiedad…

―No… no es lo que estás pensando ―musitó con un hilo de voz―. No es lo que parece…

―¿Ah, no? Entonces explícamelo, Schmetterling. Porque solo veo su boca sobre la tuya, sus manos adueñándose de lo que debería ser solo mío… de lo que solo yo puedo tocar.

―¡No lo entiendes! ¡Fue un error… un maldito error!

Di otro paso y su instinto de huida se activó. Me encantaba la diferencia de altura: cómo tenía que alzar la barbilla para mirarme, dejando su cuello expuesto. Me incliné hasta que el calor de nuestros alientos se mezcló.

La imaginé sobre mi hombro, camino de mi habitación, lejos de todo… solo conmigo.

―Sí, Schmetterling ―susurré, rozando con el pulgar la comisura de sus labios, borrando el rastro de ese beso―. El error fue dejar con vida a ese cabrón después de besarte.

―Nik, lass sie in Ruhe! (¡Nik, déjala en paz!) ―gritó mi hermano.

Chasqueé los dedos y Luther lo inmovilizó.

No aparté la mirada de ella.

―Respóndeme… ¿Lo amas?

Su silencio se volvió insoportable, estirándose hasta doler. Los celos me corroían, dejándome a la intemperie ante la idea de que otro pudiera ocupar mi lugar.

Verdammt! (¡Joder!).

El pensamiento de perderla me estrujaba el pecho, llenándome de un miedo desconocido.

―Si la respuesta es sí… esta noche, su vida termina.

Negó con la cabeza, pero no me calmó. Necesitaba oírlo de su boca, arrancarle la verdad, aunque me rompiera por dentro.

―He tenido que contar hasta tres. ¿Entiendes lo que eso significa para alguien como yo?

Levanté el índice con lentitud.

―Uno… por ti.

Alcé el segundo dedo.

―Dos… por Dustin

Formé una pistola con la mano y la apoyé contra su frente. Mi pulgar bajó, simulando un disparo que solo existía en mi mente.

―Tres… para decidir la forma en que haré que ese desgraciado sienta dolor antes de morir, y que tú lo presencies. ¿Eso es lo que deseas, Schmetterling?

―Sí…

Gruñí y me abalancé sobre ella, inclinándola hacia atrás hasta dejar su cuerpo a centímetros del agua de la piscina.

―No quiero ni un vestigio de ese hijo de puta en ti.

La solté. El agua estalló a su alrededor y el uniforme se pegó a su cuerpo, entorpeciendo sus movimientos. Gimió, desesperada, mientras sus dedos arañaban el vacío. Bajo la superficie, las burbujas escapaban de sus labios y sus ojos desorbitados me imploraban desde aquel infierno líquido que yo mismo había creado.

―Sie kann nicht schwimmen! (¡No sabe nadar!) ―gritó Dustin.

Luther reaccionó al instante, pero yo ya me había lanzado de cabeza al agua. La sujeté por la cintura y la alcé con fuerza. Emergimos: yo, atenazado por el miedo; ella, jadeando, mientras la arrastraba hasta el borde de la piscina.

La tumbé en el suelo y le sostuve la nuca cuando vomitó. Tosió una, dos, tres veces… y su respiración por fin se estabilizó. Sus párpados, rendidos, se cerraron de golpe. Ni siquiera Dustin, arrodillado a su lado y suplicándole que se despertara, consiguió mantenerla consciente.

La alcé en brazos, ignorando a todos, mientras el agua caía de nuestras ropas empapadas. Atravesé la mansión a toda velocidad y subí los escalones de tres en tres. De un empujón abrí la puerta de mi habitación y la recosté sobre el colchón con extremo cuidado.

Le descalcé los pies y fui retirando su ropa hasta dejarla desnuda entre las sábanas. Aparté los mechones húmedos de su frente; su piel, helada bajo mi toque, me abrasó más que cualquier fuego.

Aun así, mi araña se deslizó por su mejilla.

―Mein Schmetterling…

Se oyeron pisadas apresuradas por el pasillo antes de que Dustin irrumpiera.

―Voy a decirte la verdad ―dijo, tragando saliva―. Pero primero, prométeme algo…

Su promesa pesaba sobre mí más que cualquier tratado capaz de unir o destruir mafias enteras.

―¿El qué?

Quería comprobar hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

Cerró la puerta, metió las manos en los bolsillos y su mirada se posó en Luna.

―Bring diesen Hurensohn um (Mata a ese hijo de puta).