24
Me pasé la noche llorando. No fue un llanto contenido, ni suave, ni disfrazado entre las almohadas. No. Fue un llanto desgarrador que me dejó los ojos hinchados y la garganta ardiendo, como si mi dolor no tuviera fin.
Me sentía ridícula… patética.
¿Qué diablos esperaba de Niklaus?
¿Amor? ¿Compasión? ¿Algún vestigio de humanidad en un monstruo que solo sabía destruir y matar?
Qué estúpida había sido. Esperar cariño de él era como rogarle al fuego que no quemara, como suplicar a una araña que no cazara mariposas…
Cada vez que cerraba los ojos, la noche anterior regresaba, castigándome con cada detalle. Su mirada hambrienta, el calor abrasador de su piel contra la mía, el timbre grave de su voz resonando en mis oídos… Y, lo peor, lo verdaderamente insoportable, era que ese recuerdo seguía palpitando entre mis piernas.
¿Pero qué podía hacer? Niklaus me gustaba muchísimo, más de lo que mi orgullo podía soportar… era una atracción que sobrepasaba todo lo que podía controlar.
«Eres especial… No eres como las demás. Eres única… eres mía».
«Ya he conseguido lo que quería, Schmetterling. Sabía que un solo polvo bastaría para quitarme de encima esta puta obsesión por ti».
―¡Luna! ―La voz de Dustin cortó el hilo de mis pensamientos―. Es tu turno, despierta.
Parpadeé, confundida. El jardín, empapado por la lluvia, era un mosaico de charcos bajo un cielo de nubes grises y densas. Frente a nosotros, la mesa de hierro forjado parecía una creación sacada de un sueño oscuro y retorcido. Las arañas, talladas con una precisión escalofriante, me observaban desde sus posiciones, sus ojos de metal fijos en mí como centinelas.
―¿Vas a jugar o te vas a quedar ahí, mirando al vacío como si te hubieras encontrado con un fantasma? ―Barajó las cartas con impaciencia.
―Perdona, hoy estoy un poco distraída.
―Ya me he dado cuenta ―respondió, inclinándose hacia mí con los codos descansando sobre la mesa―. Es como si te hubieran drenado el alma.
En cierto modo, no iba desencaminado…
«Ahora mismo podría romperte en mil pedazos, pero prefiero que experimentes un orgasmo tan intenso que te destruya por completo, cuerpo y alma».
Dustin me sostuvo la mirada un instante más de lo habitual, como si intentara descifrar algo en mí. Luego se pasó la mano por la nuca y desvió la vista, pero la tensión seguía ahí.
―No quería decírtelo, pero esta mañana escuché a Luther y a Niklaus hablar de problemas con los italianos.
«Niccolo Vanetto», pensé.
El viento rugió con más fuerza, arrastrando hojas del suelo y sacudiendo las copas de los árboles.
―No tienes que fingir, Luna. Sé que las cosas no están bien. ―Se encogió de hombros―. Pero me calma que estés aquí. Contigo cerca, este lugar parece menos opresivo. Tal vez sea tu risa, o que eres la única que no me juzga por mi apellido. Te quiero. No hay más misterio que eso.
Mis dedos recorrieron su brazo, buscando absorber su inquietud.
―No te va a pasar nada, Dustin. Te lo prometo.
―¿Y si todo sale mal?
―Entonces… te llevaré conmigo.
―¿Contigo?
―Sí, lejos. A un lugar donde nadie pueda alcanzarnos.
―¿Y después… tú también me abandonarás?
Hablaba del abandono: de una madre que se marchó sin volver la vista atrás, de un padre presente solo en apariencia, y de un hermano que sabía proteger con violencia, con órdenes, con sangre… pero que desconocía la ternura de un abrazo.
―Dustin, yo no soy como ellos. No voy a dejarte. Nunca.
―Eso lo dices ahora, pero luego…
―No. No lo digo por decirlo… lo digo porque es la verdad. Siempre estaré a tu lado, ¿me oyes? Nunca volverás a estar solo. ―Apoyé mi frente contra la suya―. Ich liebe dich… Quéroche… (Te quiero) ―se lo dije en su idioma y en el mío.
Cerró los ojos y una lágrima rodó por su mejilla. La detuve con el pulgar antes de que cayera. Al abrirlos, me miró con sorpresa.
―¿Escuchas eso? ―preguntó.
Un murmullo flotó entre los árboles. Otro respondió. Voces entrelazadas, caóticas, una de ellas inestable.
Adelaida cruzó el sendero de grava hacia el jardín, gesticulando con exageración. No estaba sola.
Entrecerré los ojos; sin mis gafas, la miopía lo difuminaba todo. Aun así… los andares, la postura… era él. Izan. Mi ex.
―¿Qué hace ese tipo aquí? ―inquirió Dustin, cabreado.
Se incorporó de un salto y la silla salió despedida hacia atrás. El estrépito me hizo estremecer.
Adelaida no paró de hablar, atrapada en su propio monólogo nervioso. Izan no la miró. Sus ojos estaban fijos en mí.
Dustin dio un paso al frente, instintivamente protector. Sabía quién era Izan, lo que me había hecho… y también que, por su culpa, había pasado días enteros llorando en la cama, temblando de miedo, esperando siempre que cualquier ruido fuera él regresando a terminar lo que había empezado.
Fue el pequeño Brauer quien, aquella noche, con los puños apretados y las lágrimas contenidas, le contó todo a Adelaida.
Antes del amanecer, Izan ya estaba fuera de la mansión.
Más tarde, ante Egbert, ella sostuvo la misma versión, la misma mentira: Izan había renunciado voluntariamente.
Al principio, me pareció injusto. Me dolió no haber dicho la verdad, no haber tenido el valor de contar lo que realmente ocurrió: que Izan había intentado matarme.
Pero con el tiempo lo entendí. Vi cómo Egbert movía a las personas como piezas de ajedrez… y comprendí que Adelaida no mintió por cobardía, sino para protegernos.
Si mi palabra se hubiera enfrentado a la de Egbert, me habría castigado sin dudar.
Dustin interrumpió a Adelaida en alemán. Un idioma que solo surgía en la furia, cuando dejaba de ser él y se convertía en un Brauer.
Izan estaba cerca. Su sombra se alargó sobre el césped, deformada por la luz gris del mediodía.
Y entonces, regresó todo: el olor a cloro, el sabor metálico del agua en la garganta, la presión en los pulmones, el pánico mientras sus manos me retenían bajo la superficie…
Estábamos en el mismo maldito lugar donde todo había ocurrido. Detrás de mí… la piscina. Un espejo azul de calma engañosa, pero yo sabía qué podía ocultar.
Dustin cortó la discusión y estampó la palma sobre la mesa. Las cartas salieron volando, girando en el aire como pájaros heridos. Luego atravesó el jardín, arrastrado por una ira que borraba toda lógica.
―Nein, nein! (¡No, no!) ―gritó Adelaida, suplicante.
Dustin entró en la mansión y ella fue tras él.
Una gota de lluvia cayó en la piscina. El agua se onduló suavemente, como si presintiera lo que estaba por venir.
―¿Qué haces aquí? ―logré susurrar.
―Vuelvo a ser el jardinero de esta casa.
―No… eso es imposible. Te despidieron.
―Técnicamente, fui yo quien rechazó el puesto. Volví a presentarme. Y ahora, me han readmitido.
Su sonrisa se ensanchó, recreándose en mi desconcierto.
―Nadie se ha quejado de mí. Nadie ha hecho preguntas. Para esta familia, sigo siendo lo que siempre fui: un trabajador ejemplar.
―¿Quién… quién te ha contratado?
―El hijo del señor Brauer… Niklaus.
Una bola se formó en mi pecho, oprimiendo cada respiración.
―Esto no puede estar pasando. No es real…
Avanzó un paso y yo retrocedí, como si el tiempo se ralentizara. Entre la pared invisible de mi miedo y la piscina, cada latido retumbaba en mis oídos.
―Oh, sí que lo es ―murmuró―. Y esta vez nadie te salvará. Nadie te alejará de mí.
―¿Por qué no me dejas en paz?
―¡Porque no puedo, Luna! No después de todo lo que hemos hecho, de todo lo que somos. Cada decisión, cada error… nos ha marcado para siempre. ―Hizo el amago de acercarse otra vez―. Si yo no puedo tenerte, nadie más debería hacerlo.
―¡Tú no sabes amar! ¡Intentaste matarme! ―Mis talones rozaron el borde de la piscina.
Su sonrisa se borró de sus labios y su expresión se endureció.
―No iba a matarte. Solo quería que sintieras el dolor que me estabas causando. No podía soportar que me dejaras. ―Otro paso, y mi corazón se disparó―. Estamos hechos el uno para el otro. Siempre lo hemos estado. Nuestro destino es estar juntos.
Extendió la mano; pensé que me empujaría al agua. En cambio, su agarre se cerró sobre mi brazo, inmovilizándome. De un tirón, me arrastró hasta que mi cuerpo chocó contra el suyo.
―Luna, cariño ―susurró; su voz, la misma que antes me hacía temblar de deseo, ahora me retorcía las entrañas―. Sin mí no eres nada. Me necesitas, aunque no quieras admitirlo.
Izan no necesitaba hacerme daño para someterme a su voluntad. Sus comparaciones punzantes y sus silencios dolían más que cualquier insulto… me hacían sentir siempre insuficiente, siempre inferior a mujeres que solo existían en su fantasía. Era un narcisista que jugaba con mi mente.
―Todavía me amas, lo puedo sentir ―dijo.
No respondí; mi lado racional había desaparecido. Solo quedaba el instinto. La piscina era un abismo detrás de mí, y él estaba demasiado cerca, con las manos aún sobre mí… las mismas que un día habían decidido si podía respirar.
Sus labios rozaron los míos, pero no ofrecí resistencia. Debía ceder lo justo, lo suficiente para mantenerlo engañado, para que creyera que me tenía rendida.
«Aguanta, Luna… solo un poco más», me repetí.
Mis manos se aferraron a sus brazos, no por deseo, sino como defensa. Necesitaba un punto de apoyo, consciente del peligro que él era.
Continuó besándome con ansias, su lengua reclamándome, gimiendo con cada roce, convencido de que yo ya era suya.
De pronto, una voz profunda cortó el aire del jardín:
―¿Acaso te pago para que metas la lengua donde no te pertenece, imbécil?
Izan se apartó de mí, asustado. La arrogancia abandonó su rostro al instante cuando vio a Niklaus a poca distancia. Las manos hundidas en los bolsillos, el viento desordenándole el cabello con una calma antinatural… pero eran sus ojos azules los verdaderamente aterradores, brillando con un fulgor inhumano.
Primero fijó la vista en Izan, quien tragó saliva, incapaz de ocultar el nerviosismo. Después me miró a mí; sus pupilas se dilataron lentamente, oscurecidas por el recuerdo de nuestra noche juntos, imposible de olvidar.
Ni la piscina ni Izan importaban ya; ahora, el verdadero peligro estaba frente a mí…