23 #3
―Quiero estar dentro de ti. Ahora.
La punta de su erección rozó mi entrada.
―Espera. ―Apoyé las manos en su pecho―. ¿No… no vas a usar protección?
Su ceja se alzó lentamente y su sonrisa se ensanchó.
―Tomas anticonceptivos.
―¿Cómo… cómo lo sabes? ¿Me has estado espiando?
―Ya ves… soy todo un romántico.
Me sujetó las muñecas, inmovilizándolas sobre la cama.
―¿Nunca has usado un…?
―¿Un condón? ―Soltó un bufido―. Siempre lo uso. No soy un idiota.
―Entonces, ¿por qué…?
―Porque contigo no quiero barreras. No quiero que nada se interponga entre nosotros.
―Es… es demasiado grande para mí ―admití, insegura.
―Oh, Schmetterling. Tiene el tamaño perfecto para que nunca me olvides. Recordarás cada maldito centímetro de mí.
Me penetró de una sola estocada, entrando sin resistencia, mi coño ya listo para él, empapado por la humedad de los dos orgasmos que aún temblaban en mis entrañas. Hizo una pausa, permitiéndome adaptarme a su grosor y longitud, pero pronto comenzó a moverse, deslizándose dentro y fuera de mí, estableciendo un ritmo lento y controlado.
Siseé, mi cuerpo oscilando al compás de sus caderas, entregándose a cada penetración.
Sus labios rozaron mi frente con ternura y sentí una punzada de vergüenza. Giré la cabeza, pero me atrapó el mentón.
―Nimm deine Augen nicht von mir weg! ―gruñó, antes de traducir―: ¡No apartes los ojos de mí!
Un trueno explotó con tal furia que la casa se sacudió.
―Tengo miedo de lo que veo en ellos… miedo de ti, de lo que eres capaz.
―Si tanto miedo me tienes… entonces grita.
Me embistió con tal violencia que mi cuerpo se estrelló contra el suyo. Y, por supuesto, chillé como si no hubiera otra forma de seguir viva.
Niklaus frunció el ceño, preocupado.
―¿Te duele?
Negué con la cabeza.
―Me… me encanta…
Sonrió, satisfecho, y profundizó el beso, su lengua invadiendo la mía con una exigencia que me hizo gemir, al mismo tiempo que sus dedos tatuados ―simulando las patas de la araña― se entrelazaban con los míos, abrazando la mariposa de mi muñeca.
―Eso es, Schmetterling, quiero sentirte rodear mi polla.
Alcancé mi tercer orgasmo como si hubiera marcado tres tries seguidos en un partido de rugby, pero Niklaus siguió penetrándome, imparable, como si fuera el último minuto del juego.
―Abre más las piernas ―me ordenó.
No lo hice; no porque no lo deseara, sino porque mis fuerzas se habían agotado.
Rugió y me alzó sin esfuerzo, colocándome a horcajadas sobre él. Jadeé, echando la cabeza hacia atrás, sintiéndolo profundamente, estirándome en cada empuje…
―Me estás desgarrando la piel ―protestó entre dientes, mientras mis uñas le arañaban la espalda.
―Porque me estás llevando demasiado lejos…
Se veía tan irresistible… su cabello pegado a la frente por el sudor, los labios entreabiertos, la mirada perdida detrás de los párpados medio caídos, como si estuviera completamente a mi merced.
―Aún no has visto hasta dónde puedo llevarte, Schmetterling.
Se incorporó de la cama, sosteniéndome entre sus brazos, con su pene todavía hinchado dentro de mí, mientras se dirigía hacia la ventana. Mis piernas se apretaron a su cintura cuando me embistió con fuerza contra el vidrio, el azote de la lluvia vibrando en mi espalda, mezclándose con el eco de nuestros gemidos.
―¡Oh, Niklaus!
Me cubrí la boca para sofocar mis chillidos, pero él detuvo sus estocadas y, con un gesto feroz, me apartó las manos de un tirón.
―Cuando gimas mi nombre… ―Embestida―. No quiero que lo susurres. ―Embestida―. Quiero que lo grites hasta quedarte sin voz…
―Nik…
―¡Dilo, Schmetterling!
―¡Niklaus Johann Derek Brauer!
El estruendo de un trueno nos envolvió y, al unísono, nuestros gritos se alzaron, alcanzando el clímax juntos, como si la tormenta misma nos impulsara.
Niklaus dio una última estocada torpe, su pene latiendo en mi interior, inundándome de su calor. Se apartó de mí, pero no aflojó el agarre, dejando que mi cuerpo, exhausto y tembloroso, se hundiera en sus brazos.
―Por fin.
―¿Cómo? ―inquirí
Una sonrisa torcida y cruel deformó sus labios, los mismos que, momentos antes, habían recorrido mi cuerpo con devoción. Los mismos que me hicieron creer que podía ser algo más que un simple capricho para él.
―Ya he conseguido lo que quería, Schmetterling. Sabía que un solo polvo bastaría para quitarme de encima esta puta obsesión por ti.
Le di una bofetada que resonó en la habitación, su rostro girando bajo el impacto, su mejilla ardiendo en rojo vivo. Sus puños se apretaron con los nudillos palideciendo, como si quisiera destruirlo todo… o a mí.
A pesar de su furia, no me doblegué.
―¿Eso es todo lo que soy para ti? ―bufé, soltando una risa amarga―. Pues qué decepción, señor Brauer… he tenido polvos mejores.
Sus ojos me atravesaron, cargados de algo oscuro: ira, posesión, celos… dolor.
No me quedé a descubrirlo. Ni siquiera miré atrás.
Me di media vuelta, con el corazón hecho pedazos, como si se desmoronara a cada paso.
Un trueno aún más violento que el anterior retumbó en la casa cuando cerré la puerta.
Pum.