23 #2
Sobrepasada por esos sentimientos, extendí la mano y la apoyé sobre la suya, apartándola de mi rostro. Me eché hacia atrás y el sonido que surgió entre nosotros fue bastante obsceno, como el eco del descorche de una botella.
―No me trago tus mentiras ―jadeé, intentando incorporarme del suelo, pero sus manos me detuvieron, cerrándose sobre mi cuello y hombro con una presión que no me permitió moverme.
―Oh, Schmetterling… las mentiras no serán lo que más te cueste tragar.
Abrí los ojos, sorprendida, al sentir cómo introducía otra vez su pene en mi boca. Tosí, sacudida por un espasmo, cuando su contacto rozó mi garganta. Me ahogué con mi propia saliva mientras luchaba por respirar, sin embargo, él no cedió. El sabor cambió: salado, sí, pero ahora con un rastro de almizcle que encendió algo primitivo en mí.
Relajé la mandíbula, entregándome a la invasión, mientras las venas hinchadas de su miembro pulsaban con fuerza.
Niklaus gruñó y sus caderas se movieron con ferocidad. Alcé la vista, con los ojos vidriosos y la boca llena de saliva… llena de él. Verlo así, con su rostro distorsionado por el placer… ¡Maldita sea!
Me provocó mariposas en el estómago.
Le masajeé los testículos y se estremeció, aumentando el ritmo de sus caderas. Abrí más la boca y apreté los labios contra la base. El jadeo se le escapó con un sonido ronco, a la vez que su pene palpitaba con violencia. En pocos segundos, sentí el líquido caliente y viscoso en mi lengua… lo absorbí todo.
Se desplomó sobre mí, sus palmas hundiéndose en mis hombros, respirando entrecortado. Se retiró de mi boca, pero su pene aún seguía medio erecto, dispuesto a seguir en ese juego peligroso que ninguno de los dos podía abandonar.
Sin esperármelo, su mirada se suavizó mientras sus dedos recorrían la curva de mi mandíbula, mi mejilla, mi cuello…
Parpadeé repetidamente, como si despertara de un sueño. Aquello no era más que una fachada.
Me enderecé, con las piernas aún débiles, pero decidida a escapar antes de que fuera demasiado tarde.
―No… no puedo ―susurré, retrocediendo un paso―. Esto… esto es demasiado para mí.
Niklaus me asió de la muñeca, asegurándose de que la araña cubriera mi mariposa.
―Aún no he acabado contigo.
―Ya te he «recompensado» por haberme salvado…
―¿Crees que esto se trata de gratitud? No… esto no es un castigo ni un favor. Es para que no olvides… ―murmuró, acercándose hasta que su aliento acarició mi oído―… a quién perteneces.
Sus manos me sujetaron por la cintura y me alzó. Mis piernas se enroscaron alrededor de su cadera mientras sus labios me devoraban y sus dedos recorrían mi columna.
Gemí al sentir su dura erección contra mí y él, impaciente, me arrojó contra el colchón. Cuando logré enfocar la vista, todo seguía borroso, pero ya no por mi miopía, sino por la excitación.
Se colocó encima de mí, destrozándome el vestido… desnudándome.
―¡No! ¡Para! Dijiste que no tenías derecho a poseerme… que solo me harías desearte…
Sonrió, inclinándose sobre mí.
―Tu cuerpo me está diciendo lo contrario. ―Me pellizcó el pezón―. Tu corazón late con fuerza… ―Su palma presionó mi pecho izquierdo―. Tu respiración se entrecorta… ―Sus labios rozaron los míos―. Me deseas.
Siguió bajando sin apartar la mirada de mí. Intenté cruzar las piernas, pero él era más fuerte y me separó los muslos, fijando la atención en los húmedos pliegues de mi intimidad.
―Estás muy mojada ―gruñó con la voz ronca, deslizando su dedo índice―. Tu coño me está pidiendo que lo bese… que beba de él.
―Niklaus, por favor…
―Ahora mismo podría romperte en mil pedazos, pero prefiero que experimentes un orgasmo tan intenso que te destruya por completo, cuerpo y alma.
―¡Deus! (¡Dios!).
Su lengua acarició mi clítoris, provocando que me retorciera, sin embargo, sus manos me lo impidieron, aprisionándome contra el colchón.
―Quiero verte perder el control hasta que no quede nada de ti que se pueda esconder.
―Por favor―supliqué―. Más. Necesito más…
No vaciló ante mi petición, ni se detuvo para respirar. Redobló sus esfuerzos, moviendo la lengua con mayor rapidez, introduciendo dos dedos en mí.
―Córrete, Schmetterling. Déjame saborearte toda.
No pude resistir más. Grité desgarradoramente mientras mi cuerpo se sacudía de una manera salvaje.
Niklaus no disminuyó la velocidad. Continuó succionado, gruñendo, estimulándome con los dedos, prolongando mi orgasmo hasta que quedé completamente extasiada y temblando de emoción. Luego apoyó las manos a ambos lados de mi cabeza, sin aplastarme con su peso, mientras las venas de su cuello y brazos se marcaban por el esfuerzo.
―Du bist unglaublich schön, wenn du einen Orgasmus hast (Eres increíblemente hermosa cuando tienes un orgasmo).
Volvió a descender, separándome las piernas. Sollocé, mi cuerpo aún sensible, cuando sus dedos cedieron lugar a su lengua y mordió mi clítoris.
Una risa escapó de sus labios, el eco de su voz vibrando contra mis pliegues, haciéndome estremecer.
―Non (No)… ―Suspiré, tirando de su cabello para alejarlo de mí.
Sin embargo, mis caderas empezaron a moverse solas, siguiendo el ritmo de sus lengüetazos, desafiando mis palabras.
Me miró fijamente desde allí abajo, entre mis muslos empapados. En pocos minutos, mi entrepierna comenzó a palpitar.
―Otra vez, Schmetterling. Córrete para mí.
Y entonces, tuve otro orgasmo.
Otro. Maldito. Orgasmo.
Niklaus irrumpió en mi campo de visión con el ceño fruncido, como si algo en mí lo hubiera desconcertado.
―Estás jadeando ―murmuró.
―Porque… no puedo… ya no puedo más… ―balbuceé, mi voz quebrada por los gemidos y las súplicas.
―Natürlich kannst du das (Claro que puedes).
Se situó entre mis piernas, erguido sobre sus rodillas, sin apartar la mirada de mí.
La lluvia y los relámpagos filtraron una luz suave por la ventana, esculpiendo sus músculos, dándole una presencia casi inhumana.
Era demasiado… abrumador.
Se desnudó con rapidez y recorrió mi piel sin reservas, sin pudor, hasta que su boca se desvió para tomar mi pezón entre sus dientes; al instante, su lengua aplacó el ardor.
―Eres tan receptiva, joder. Podría pasar toda una vida explorando cada rincón de tu cuerpo sin cansarme, sin aburrirme… cada segundo contigo es un puto deseo inagotable.
―No me importaría que lo hicieras ―musité, y solo después me di cuenta de lo que había dicho.
Me abrió las piernas bruscamente.