23
Me empujó dentro de su habitación y la puerta se cerró tras nosotros.
Quise darme la vuelta para huir ―sí, escapar como una cobarde―, pero mis tacones se engancharon en la alfombra. Perdí el equilibrio y caí, entregándome al suelo… y a él.
―Ni se te ocurra, Schmetterling…
Con un agarre firme, me obligó a ponerme de pie. No hubo suavidad, ni siquiera un resquicio de consideración.
―Así mucho mejor ―dijo, al mismo tiempo que me arrancaba la peluca.
Se deshizo del chaleco, dejándolo caer al suelo sin apartar la mirada de mí. Luego tomó la pistola del cinturón y la colocó sobre la mesita de noche.
―No te haré daño… a menos que me lo pidas.
Con esfuerzo, logré hablar; mi voz salió débil y vacilante:
―¿Estoy… en peligro?
La lluvia golpeó los ventanales cuando un relámpago iluminó la estancia, recortando su silueta contra la luz.
―¿Ahora mismo? ―inquirió.
Asentí, y una media sonrisa se dibujó en sus labios.
―Sí… conmigo, a solas, siempre estás en peligro.
Dio un paso hacia mí justo cuando un trueno estalló, haciéndome jadear sin querer.
―Por favor… déjame ir…
Él avanzó sin prisa, girando el anillo en su dedo. Un escalofrío me recorrió la espalda.
―Esto no es nuevo para ti, ¿verdad? Mi padre ya te hizo daño antes.
―¿Te preocupas por mí?
La distancia se evaporó en un parpadeo. Su mano tatuada atrapó mi rostro, aplastando mis mejillas. Sus dedos eran calor y fuerza, inmovilizándome, mientras su pulgar se hundía bajo mi labio inferior.
―Solo yo puedo destruirte, Schmetterling…
Mi corazón se desbocó contra mis costillas, mientras un pulso traicionero latía más abajo… entre mis piernas. Con un empujón lo aparté de mí, aprovechando el instante en que no esperaba resistencia.
―¡No soy tuya! ¡Nunca lo seré!
Me miró con una quietud que me hizo temblar.
Aun así, respiré hondo y le pregunté:
―¿Qué le has hecho a Tony?
―¿Desde cuándo te permites llamarlo por su nombre?
Volvió a acercarse y la habitación pareció encogerse a nuestro alrededor.
―¿Le has hecho daño? ―insistí.
―Schmetterling… no deberías tener que preguntarlo. Ya sabes lo que le pasa a quien se interpone en mi camino.
No necesitaba más detalles… maldita sea. No los quería.
Di un paso atrás, el miedo obligándome a ceder espacio.
―¿Lo has matado?
Se detuvo frente a la cómoda, dándome la espalda, y se sirvió whisky directamente de la botella; lo bebió de un solo trago.
―No cumplió mis órdenes.
―¡Fue mi culpa!
―Claro que lo fue… Por eso le he asignado un nuevo puesto.
«Asignado». No dijo «muerto». Ni «enterrado». Solo asignado.
Demasiadas películas de mafiosos me habían preparado para esto… o eso creía. Con Niklaus, la línea entre ficción y realidad se desdibujaba; todo parecía posible.
―¿Está bien? ―le pregunté.
Niklaus se sirvió otro whisky y se lo bebió sin pestañear; sus nudillos, blancos, tensaron el cristal como si estuviera a punto de estallar.
―Te preocupas demasiado por él… podrías acabar provocando su muerte.
Mis ojos recorrieron su expresión, esperando ironía o una broma… pero no había nada.
―¿Estás celoso? ¡Meu Deus! (¡Dios mío!) ¡Tony es gay!
Su barbilla rozó mi mejilla; su aliento, cargado de alcohol y tabaco, se filtró en mis sentidos. Mi autocontrol se tambaleó.
―No solo estoy celoso de él, Schmetterling… estoy celoso de todo lo que te mira, de todo lo que te toca, incluso del tiempo que no estoy contigo. ―Golpeó el vaso contra la cómoda―. Cuida tus modales… no abras heridas que puedan volverse contra ti.
―Yo…
―No me provoques ―cortó, con los ojos clavados en los míos―. Wenn sich jemand traut, dich zu berühren (Si alguien se atreve a tocarte)…
No pronunció el final… y, aunque lo hubiera hecho, sus palabras en alemán me habrían resultado incomprensibles.
―Acércate ―ordenó.
Avancé, no en sumisión, sino para plantarle cara.
―No. No tienes derecho a nada… ni a mí.
―No tengo derecho a poseerte… pero puedo hacer que acabes deseándome.
Tragué saliva. Su voz también se coló en mis recuerdos:
«Ahora eres propiedad de la araña…».
Me pregunté si rendirme, si entregarme a él, podía significar algo a mi favor… y lo significaba. Niklaus sacrificaría su mundo por protegerme; derramaría la sangre necesaria para mantenerme a salvo.
―A la mierda… ―musitó, sin darme tiempo a reaccionar.
Me atrapó de la cintura con un brazo, levantándome hasta que mis pies apenas tocaron el suelo. Gruñó, y su beso me reclamó como si yo fuera suya desde siempre, sin darme respiro.
―Te he salvado la puta vida, arruinas todos mis planes y aun así decides tentar mi paciencia ―dijo, rozando mis labios con los suyos.
―No voy a ceder. Sé lo que me harás… y no quiero.
―Oh, Schmetterling… aún no tienes ni idea de todo lo que voy a hacer contigo.
―¡Que che follen! (¡Que te follen!) ―escupí, empujándolo con ambas manos―. ¡Vai tomar polo cu! (¡Vete a tomar por culo!).
La manilla estaba al alcance de mis dedos. Creí que lo lograría, pero su cuerpo me aplastó contra la puerta, bloqueándome la salida.
Pum.
Su palma golpeó la madera junto a mi sien, la araña tatuada desplegándose en todo su esplendor. Luego inclinó la cabeza, acercándose para igualar mi altura.
―¿De verdad crees que puedes escapar de mí?
Su mano se cerró en mi cintura y me giró hasta que mi espalda quedó pegada a la puerta.
―Deja que esto pase. ―Su antebrazo se apoyó sobre mí, acorralándome.
―Me das asco.
Sonrió.
―Tus mentiras me vuelven loco. Me hacen desear cosas que ni tú te atreves a imaginar. Dime… ¿puedes negar que nuestro beso sigue quemando entre tus piernas? Apuesto a que no, Schmetterling.
―No te confundas… se puede desear con el cuerpo y odiar con el alma al mismo tiempo.
Su mano tatuada ―esa maldita araña― impactó la puerta de nuevo, haciendo que la madera crujiera bajo su fuerza.
―Entonces bésame con odio. Arráncame la boca con cada beso. Y si después de eso no te tiemblan las piernas… te dejo libre, para siempre.
Mis labios chocaron contra los suyos, cargados de una rabia que había estado esperando salir. Dientes contra dientes, el aire entrecortado… y lo mordí, a propósito, como castigo. El sabor metálico de su sangre me hizo retroceder, pero no pude evitar observar cómo se llevó el pulgar a la herida y lo lamió, sin apartar la vista de mí.
―Mmm… lo sabía, Schmetterling. Has perdido…
―No… ―Mentira. Estaba temblando como si el cuerpo ya no me obedeciera.
―Apuesto a que estás chorreando por mí ―susurró, descendiendo la mirada hacia mi entrepierna―. Deseando que te folle toda la maldita noche.
―¡Causasme noxo! (¡Me das asco!).
―Cada vez que me hablas en tu idioma… me pones más duro.
Su boca capturó la mía con fuerza. Mi respiración se volvió inestable y me aferré a su camisa, tirando de él, atrayéndolo más cerca. Cuando me presionó contra la puerta, la tensión de sus músculos se transmitió a mi piel, su corazón latiendo contra el mío… su excitación palpitando en mi abdomen. Deslizó las manos hacia mis pechos, recorriendo la fina tela de mi vestido, mientras sus pulgares jugaban con mis pezones, provocando que se endurecieran al instante.
Gemí, arqueando la espalda, ofreciéndole el cuello.
No dudó en dejar un rastro de dientes y saliva, acariciando mi piel desde la curva de mi oreja hasta la clavícula.
―Schmetterling… estás ardiendo, y aún no he tocado lo que quiero.
―Niklaus…
―Ahora… sé buena y arrodíllate.
«Si digo que te arrodilles, te arrodillas; si digo que llores, lloras. Obedéceme… siempre», el recuerdo hizo que la ira burbujeara en mis venas.
―¡Unha merda, fillo de puta! (¡Y una mierda, hijo de puta!).
―Tu boca no está hecha para discutir conmigo, Schmetterling. Chúpamela.
Ejerció presión en mi hombro, pero no hubo fuerza ni coacción; fue mi propia voluntad la que me arrastró hacia abajo, hasta que mis rodillas tocaron el suelo. Todo a mi alrededor se desvaneció, salvo el martilleo de mi corazón y la intensidad de su mirada desde lo alto.
―Te ves preciosa arrodillada ante mí, Schmetterling.
Un músculo en su mandíbula palpitó, casi como si cada palabra que no decía le estuviera desgarrando por dentro.
―No tienes ni puta idea de lo cabreado que me puse al verte arrodillada frente a otro hombre. Esto… ―Su pulgar presionó contra mi labio inferior―… solo me pertenece a mí.
El viento aulló fuera, retorciéndose a lo largo de la casa, mientras Niklaus se desabrochaba el cinturón. Lo que vi me robó el aliento: su pene, duro y brillante por el líquido preseminal, me estaba apuntando directamente al rostro.
Su mano tatuada se apoderó de mi barbilla, forzándome a mirar el resplandor hambriento de sus ojos azules.
―Ich kann nicht aufhören, an dich zu denken, Schmetterling. Du bist die einzige Frau, die etwas in mir geweckt hat… die, die ich wirklich begehre. Mein Herz, so kalt und tot, hört nicht auf zu schlagen, wenn du in der Nähe bist (No puedo dejar de pensar en ti, mariposa. Eres la única mujer que ha despertado algo en mí… la única a la que realmente deseo. Mi corazón, tan frío y muerto, no deja de latir cuando estás cerca).
Empujó mi cabeza hacia adelante y, en reacción, abrí la boca.
―Mein Gott (Dios mío)…
Mis labios envolvieron su pene mientras mi lengua revoloteaba alrededor de su cabeza tan sensible, saboreando la salinidad de su líquido preseminal. Gruñó y sus manos se enredaron en mi cabello cuando lo tomé profundamente, succionando, ajustando mi garganta poco a poco a su tamaño.
Lo miré con los ojos llorosos mientras mis labios se movían cada vez más rápido, más ruidosamente.
―Verdammt (Joder).
Sus caderas empezaron a balancearse. ¡Uff! Lo estaba sintiendo agrandarse en mi boca, sus músculos contrayéndose bajo mi tacto. Estaba cerca, muy, muy cerca…
―Eres especial. ―Me acarició la mejilla―. No eres como las demás. Eres única… eres mía.
«Eres única».
Nunca había sido la prioridad de nadie. Nunca alguien se había obsesionado conmigo. Siempre la que quedaba en el olvido, la que aprendió a vivir con la soledad. Pero con él, me sentía más que suficiente. Me sentía… todo.
«Eres mía».