BOLBORETA 22 #3
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22 #3

Niklaus se acercó a mí, desafiando a todos. Cada arma lo seguía, pero no titubeó ni un puto instante. Cuando se detuvo frente a mí, su sombra me envolvió por completo y su mano tatuada cayó sobre mi muñeca con una autoridad que me arrancó un gemido involuntario. Tiró de mí y me obligó a levantarme. Mis piernas flaquearon, pero no me dejó caer.

Niccolo no se calló, a pesar de las pistolas de la mafia alemana apuntándole; su voz, rota por el dolor y el orgullo, nos persiguió como un eco mientras Niklaus me llevaba hacia la salida.

―¡No me des la espalda, Brauer! ¿Crees que un capricho de faldas vale una guerra entre familias? La Mafia della Vipera (La Mafia de la Víbora) no olvida… ¡ni perdona!

Niklaus apretó mi muñeca con más fuerza, imponiéndome su ritmo. Su paso era firme y dominante; el mío, torpe y descompuesto.

Justo cuando rozábamos el umbral de la puerta, Niccolo lanzó su último disparo verbal:

―Vaffanculo, bastardo tedesco! (¡Que te jodan, bastardo alemán!).

Niklaus frenó en seco y giró el rostro.

―Estás en mi territorio, Vanetto. Y aquí, por menos se pierde la lengua. Si vuelves a faltarme el respeto… no será tu mano la que termine clavada sobre la mesa.

Niccolo palideció, no por la sangre que seguía brotando de su mano, sino por lo que acababa de escuchar.

Niklaus murmuró algo en alemán. Luther y dos hombres más nos siguieron mientras bajábamos a toda prisa las escaleras.

Abrieron las puertas traseras y la noche nos devoró. La llovizna fina empapó mi peluca, pegándola a mi cuello y hombros, haciéndome estremecer. Mi aliento se elevó en vapor mientras Niklaus me arrastraba tras de sí. Luther y los demás cerraron la marcha.

A pocos metros, un BMW negro nos esperaba bajo la luz amarillenta de las farolas. Mis dientes castañearon; no sabía si por el frío, por el miedo… o por el deseo prohibido que Niklaus despertaba en mí. Era una locura total: rodeada de peligro, con armas, con sangre… y aun así, mi cuerpo seguía sus órdenes, obediente.

De pronto, retiró su mano de mi muñeca y, con un gesto brusco, se quitó la chaqueta para colocarla sobre mis hombros; su calor atravesó la tela, quemando suavemente mi piel.

―Entra en el coche ―murmuró, su acento alemán afilando la «r».

Ni loca iba a contradecirlo después de lo que había visto. Me deslicé dentro del coche y me acurruqué en su chaqueta, dejándome envolver por su aroma.

Para mi asombro, ignoró el asiento del copiloto y se sentó detrás… junto a mí. El espacio entre nosotros se volvió diminuto, íntimo, cargado de electricidad y de tensión sexual que me hizo respirar con dificultad.

Su mano izquierda, con la araña tatuada, recorrió su cuero cabelludo, peinando sus mechones húmedos hacia atrás. Parecía un dios caído: furioso, exhausto… y absolutamente irresistible.

―Scheiße (Mierda)…

Sus dedos aflojaron la corbata y los primeros botones de su camisa con impaciencia. No me miró y, de algún modo, eso me alivió. Si esos ojos azules me hubieran atrapado otra vez, habría perdido toda defensa.

Di un respingo cuando Luther abrió la puerta del copiloto y tomo asiento. El motor rugió, y el coche arrancó rumbo a casa.

Niklaus sacó una cajetilla arrugada del bolsillo del pantalón. Se llevó el cigarrillo a la boca, hecha para destruir, dominar… y besar; la llama del mechero titiló en sus ojos mientras me miraba. Lo encendió, inhaló profundamente y el humo salió lento, sostenido en un equilibrio frágil.

―Si desatas esto ahora, será la guerra… y no estamos en condiciones de afrontarla ―dijo Luther.

―Sprich auf Deutsch! (¡Habla en alemán!) ―le ordenó.

Luther negó despacio, sin dejar de mirar el parabrisas bañado por la tormenta.

―No. Hablaré en español. Ella merece conocer el peligro que la rodea.

Niklaus volvió a llevar el cigarrillo a los labios y expulsó el humo por la nariz.

―Lo que has hecho hoy… tu padre jamás te lo perdonará ―advirtió Luther―. Atacar a un Vanetto por culpa de… ―se interrumpió, observándome por el retrovisor―. ¿Comprendes lo que eso conlleva?

―Comprendo… y no pienso arrodillarme ante ese hijo de puta que ha osado tocar lo que es mío. Scheiße, Luther! (¡Joder, Luther!) ―Golpeó el reposacabezas―. Que le den a mi padre y a los Vanetto.

El humo se espesó dentro del coche. Intenté aguantar, pero un ataque de tos me sacudió. Niklaus frunció el ceño.

―Alemania no es tuya todavía, Nik, y entrar en guerra con Italia no te lo pondrá más fácil. Te hará perderlo todo… y quizá algo más.

Se impulsó hacia el asiento de Luther, como un animal desatado, haciendo crujir el cuero bajo sus dedos.

―No busco guerra. Solo dejo claro que nadie… ni Alessandro, ni Niccolo, ni Francesco… ni siquiera mi padre… se entrometerá en mis decisiones.

Luther apartó la vista del retrovisor y me miró de reojo. En cada decisión de Niklaus, yo estaba implicada.

―Cada una de tus decisiones nos acerca al cementerio. La has dejado en la cuerda floja ante los Vanetto y tu padre.

Tosí, con los nervios y el humo atrapados en la garganta. Niklaus maldijo en alemán, bajó la ventanilla y arrojó el cigarro.

―Verdammte Scheiße (Maldita mierda)… ―susurró.

―Si esto se descontrola, no garantizo que ninguno de nosotros salga vivo.

―Ich weiß (Lo sé). ―Sus ojos azules se clavaron en mí―. Es ist mir egal, zu sterben… mir ist wichtig, dass sie am Leben bleibt (Me da igual morir… lo que me importa es que ella siga con vida).

No entender su conversación me frustró.

―Wenn jemand ihr etwas antut… bringe ich ihn um (Si alguien le hace daño… lo mataré).

Su mano tatuada recorrió mi rostro; las iniciales de su anillo rozaron mi piel antes de deslizarse por mi cuello.

―Du gehörst mir (Eres mía).

Sus dedos siguieron su camino hasta mi muñeca, cubriendo mi tatuaje.

―Mein Schmetterling…