22 #2
Niccolo murmuró, molesto con su hermano, y Andrea se encendió al instante; le habían tocado el orgullo, y se deslizó hacia su siguiente presa: Niklaus. Apreté los puños hasta hacerme daño. Él no cedió ni la miró; su atención seguía anclada en Niccolo y en mí, ignorándola como ruido de fondo. Andrea insistió, apoyó la mano en su hombro, pero él la apartó de un golpe, tajante.
La mirada de Andrea se endureció y la sonrisa que intentó sostener se quebró. Luego se recompuso, giró sobre sus tacones y abandonó la sala sin dudar, como si yo no fuera más que un señuelo descartable.
Niccolo soltó una carcajada mordaz.
―Ahí se va nuestra cena… y yo no he saciado el hambre ―dijo, sin apartar su mirada de mí―. Aunque, pensándolo bien, aún queda algo en el menú.
Su risa volvió a estallar.
Niklaus se hundió en el respaldo de la silla y se cruzó de brazos, como si el mundo entero pudiera esperar. Chasqueó los dedos y Luther se acercó con un puro a medio encender. Lo avivó con calma, aspiró y soltó el humo lentamente.
Niccolo podía provocar o reírse cuanto quisiera, pero el verdadero depredador seguía intacto frente a él, aguardando el momento perfecto para destruirlo.
Alessandro extendió la mano hacia Luther, pidiendo otro puro, y murmuró:
―Perdona a mi hermano. Tiene la mala costumbre de olvidar dónde termina la diversión.
Niklaus ni siquiera se molestó en disimular la frialdad de su voz:
―Debe de ser duro cargar con un hermano así.
Niccolo aplaudió con una teatralidad exagerada.
―¡Está bien! ¡Me lo merezco, me lo merezco! ―celebró, divertido.
Niklaus dio otra calada y su mirada se enganchó a la mía. El corazón me dio un vuelco; aparté la vista de inmediato, con las mejillas encendidas.
―Hablando de negocios… ―Alessandro dejó caer las palabras―. Nuestros padres están cerrando una compra de armas. Egbert y Francesco moviendo los hilos en silencio. Los Vanetto y los Brauer juntos otra vez, después de décadas de guerra.
―Odio il mio vecchio… maledetto Francesco (Odio a mi viejo… maldito Francesco) ―escupió Niccolo―. Nos mantiene controlados, vigilados, como si no fuéramos capaces de mover un solo negocio por nuestra cuenta.
―Por lo que veo… ―Alessandro exhaló humo―, tu relación con tu padre dista de ser cercana. ―Señaló la herida.
Niklaus se pasó el dorso de su mano izquierda por la gota que descendió desde su ceja. El contraste era hipnótico, casi violento: sangre sobre la araña tatuada.
―Parece que Romero no sabe con quién se está metiendo, ¿eh? ―agregó Niccolo.
―¿Sabes qué es lo que más disfruto, Niklaus? ―murmuró Alessandro―. Cerrar un trato y ver cómo el otro lado se desmorona mientras finge que aún tiene poder. Romero confía demasiado en ti. En España te trató como a un hijo… dicen incluso que está dispuesto a dejarte el control de toda la Mafia Española. Eres lo bastante listo como para entender que mover una sola pieza en el momento adecuado puede cambiar toda la partida. Nosotros te apoyaremos.
―Mis decisiones las tomo solo. El apoyo de otros nunca ha sido necesario ―dijo.
―Ay, amico, che barba che sei! (Ay, amigo, ¡qué pesado eres!) ―exclamó Niccolo―. Los negocios, a veces, requieren ciertos reajustes. ¿No te atrae la idea de ver a Romero perder el equilibrio? Madonna santa! (¡Madre santa!). Me fascina ese instante en que la presa comprende que ya no hay salida… ―añadió, clavando la mirada en mí―… antes de romperla.
Niklaus aplastó el puro contra la mesa; la ceniza chispeó antes de morir, reducida a polvo sobre la madera.
―La presa no se toca sin mi permiso… y eso no se negocia.
Los Vanetto intercambiaron una mirada cómplice, como si hubieran entendido la referencia a Romero, a las alianzas inestables, a aquel juego sucio. Pero yo sabía que su indirecta era para mí.
Su mariposa… su única presa.
―Pues acláramelo, por favor ―habló Alessandro―. ¿Estás con nosotros o no? Sería una pena desperdiciar esta oportunidad.
―Si esperáis que me venda, os habéis equivocado de hombre ―repuso―. Puede que mi padre haya tomado decisiones sin contar conmigo, pero hay una línea que no cruzo: yo no traiciono.
Niccolo tensó la mandíbula, a punto de responder, pero Alessandro se lo impidió:
―Podrías sernos muy útil para lo que tenemos en mente. Es hora de demostrar que ya no somos niños. Sabemos movernos donde otros se pierden y doblegar a quienes aún creen que nos gobiernan. Claro… siempre que sepas jugar bien tus cartas.
―Yo no juego a las putas cartas ―sentenció Niklaus con voz helada―. Y mucho menos me distraigo con promesas o amenazas.
Alessandro arqueó una ceja, haciendo girar el puro entre los dedos mientras el humo se enroscaba.
―¿Tu padre está al tanto de esta decisión? ¿Sabe que no vas a respaldarlo en la traición contra Romero?
―¿Y el vuestro? ―inquirió él―. ¿Sabe vuestro padre que os estáis moviendo por vuestra cuenta? ¿Que cerráis tratos conmigo a sus espaldas? ¿Que queréis reescribir el rumbo de los Vanetto porque os sale de los cojones?
―Bueno… ―Niccolo se encogió de hombros―. Siempre es útil tener opciones. No todo nace de la obediencia.
―Exacto ―Alessandro asintió―. Los hijos somos los primeros en notar cuándo nuestros padres empiezan a fallar. Y quedarse quieto… suele ser la forma más rápida de perderlo todo.
El grito de Julietta, al otro lado de la pared, rompió la conversación. Era una mezcla de dolor y placer, un chillido que no pedía ayuda, pero tampoco la rechazaba.
Niccolo sonrió de oreja a oreja. Metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña bolsa transparente, dejándola caer sobre la mesa. Deslizó su tarjeta Amex Black por la superficie, trazando una línea perfecta de «polvo mágico», para luego aspirarlo por la nariz.
―Cazzo… lavoro, lavoro, lavoro! (Joder… ¡trabajo, trabajo, trabajo!) ―exclamó―. Estamos en Alemania. ¿No podemos disfrutar un poco?
Sus ojos recorrieron los rostros de los hombres que lo rodeaban… pero no encontraron nada. Solo disciplina.
―Non siete d’accordo, ragazzi? (¿No estáis de acuerdo, chicos?).
Ninguno de ellos respondió, demasiado concentrados en los hombres de Niklaus.
Golpes sordos retumbaron contra la pared, mezclados con gruñidos masculinos y los jadeos de Julietta. Me quedé horrorizada al comprender la brutalidad de la escena: la estaban penetrando al mismo tiempo; un trío en toda regla.
Niccolo, con restos de polvillo blanco en su labio superior, alzó el vaso y lo soltó. El golpe reverberó en la sala, haciéndome tensar. Por suerte, el cristal era grueso y no se quebró.
―Vieni qui, amore (Ven aquí, amor) ―susurró, apuntándome con su dedo índice.
Niklaus se removió en la silla, listo para lanzarse hacia mí, pero Luther le apoyó una mano en el hombro. Alessandro frunció el ceño, atento a cada detalle, hasta que Niccolo volvió a intervenir:
―Cara mia (Querida mía), no me obligues a ir a por ti.
―Yo…
―Arrodíllate, bella (hermosa).
El gruñido de Niklaus rasgó la habitación.
―¿Hablas español o alemán? ―me preguntó Niccolo, indiferente a las reacciones de su adversario.
―Es-español ―tartamudeé.
―Entonces, haz lo que te ordeno. Ven aquí y arrodíllate.
Me acerqué a él y me arrodillé. Tomé el vaso con manos temblorosas y se lo ofrecí. Lo aceptó y lo dejó de nuevo sobre la mesa.
Apenas hice el amago de levantarme, él me detuvo:
―Desabróchame el pantalón.
Miré a Niklaus. Su expresión era la de alguien a punto de perder la cordura… capaz de matar sin pensarlo dos veces.
No quería desobedecer a Niccolo ni provocar un conflicto con los Vanetto… pero cumplir aquella orden me rompía por dentro.
―Amore mio (Amor mío). ―Me sujetó del mentón―. Mírame. Quiero que tengas ojos solo para mí.
Lo aparté de un manotazo, cortando su contacto de golpe.
Alessandro carcajeó. Niccolo, en cambio, no mostró ni rastro de diversión.
―Puttana schifosa! (¡Puta asquerosa!) ―rugió, desabrochándose el pantalón―. Haré que te lo tragues entero y te ahogues con mi puto semen.
Apoyó la mano sobre la mesa ―la misma que había rozado mi mentón― y se levantó del asiento. Las lágrimas me nublaron la vista mientras seguía de rodillas, esperando un milagro… cualquier salvación.
Pero no fue Dios quien acudió. Fue el diablo…
Niccolo gritó y la mesa vibró bajo la presión del sacacorchos que Niklaus sostenía con fuerza, incrustándolo más hondo en su mano, mientras la sangre brotaba en un chorro oscuro, extendiéndose sobre el whisky derramado y los restos de cocaína.
―Figlio di puttana! (¡Hijo de puta!) ―exclamó, con el rostro contraído por el dolor, mientras trataba de arrancar la mano de la mesa, pero el sacacorchos la mantenía inmovilizada.
Los italianos se pusieron en pie de un salto; las sillas golpearon la pared con un estruendo. Decenas de armas se alzaron contra el pecho de Niklaus, pero los alemanes no cedieron. Luther desenfundó su Glock y apuntó al más cercano. Uno tras otro, lo imitaron.
En cuestión de segundos, la sala se transformó en un tablero de ajedrez mortal. Las piezas negras contra las blancas.
Alessandro se incorporó con el puro entre los dedos, demasiado tranquilo para la situación.
―Abbassate le armi… adesso (Bajad las armas… ahora). Non si può portarti fuori di casa, Niccolo, non sai comportarti! (¡No se te puede sacar de casa, Niccolo, no sabes comportarte!).
La luz de la lámpara cayó sobre Niklaus, endureciendo aún más su mirada. Su mandíbula estaba tan rígida que parecía a punto de partirse.
―El que dé un solo paso… no vivirá para dar otro ―amenazó.
La sangre seguía chorreando de la mano de Niccolo, goteando de la mesa al suelo; aun así, logró escupir:
―¿Acaso pretendes iniciar una guerra contra nosotros? ―Me señaló con la mano libre―. ¿Es ella tu puta favorita, o qué cojones te pasa?
Niklaus me observó fijamente, ajeno a las armas, a la sangre y a la muerte inminente. Solo yo le importaba.
―¡Mírame, Brauer! ¿Tan poco hombre eres que tu honor se humilla ante esta perra arrodillada? ¿De verdad vale tanto lo que esconde entre sus piernas, joder?