22
Me ajusté la peluca borgoña y las medias negras, parpadeando sin parar. Llevaba horas sin mis gafas, mi única defensa contra la miopía. Intenté dar forma a los contornos borrosos de lo que me rodeaba, a los destellos rojos y blancos… pero todo seguía desdibujándose ante mí.
―Merda (Mierda)… ―murmuré, frotándome los ojos―. Esto es imposible.
Me abrí paso entre la multitud, chocando con cuerpos que apenas distinguía, hasta que tropecé con un tacón abandonado en la pista.
Deus (Dios)… me ardían los ojos.
Incliné la cabeza hacia atrás y exhalé un suspiro, mientras las luces intermitentes y la música atronadora me revolvían el estómago.
―Perfecto, Luna. Estás jodida ―susurré con sarcasmo.
Si Niklaus estuviera a un metro de mí… no lo reconocería.
Mis dedos se tensaron sobre las medias de rejilla mientras pensaba en Tony y en su ausencia en el club.
¿Lo habrían despedido? ¿O algo peor…?
Aparté el pensamiento. Y entonces, una voz aguda me sacó de golpe de mi cabeza:
―¡Bolboreta! ¡¿Qué demonios llevas puesto?!
Fruncí los ojos, tardando un instante en procesar lo que tenía delante. Por un momento, creí que era una clienta excéntrica a punto de reprenderme… pero entonces su imagen se aclaró: Gertrude.
Sin previo aviso, su mano se deslizó hacia mi escote y tiró de él con tal fuerza que casi me sacó los pechos del sujetador.
―Con tanta ropa encima pareces una cebolla.
«¿Tanta ropa? Si esto es básicamente nada…», pensé.
―Así mucho mejor ―dijo, contemplando lo que había hecho con mi vestido―. Ve a la sala de reuniones. Te necesito como refuerzo.
―¿La sala de reuniones? ―balbuceé, sintiendo cómo el nerviosismo me encogía por dentro.
―Ja (Sí). El jefe está reunido con invitados importantes. Andrea y Julietta no dan abasto. Necesito que alguien más sirva las copas y… ―Bajó la voz, dejando que una diversión perversa se filtrara en sus palabras― …se asegure de que los «lobos» no pasen hambre mientras negocian.
―¿Quieres que…? ¿Y yo… debo…?.
―Exactamente ―me interrumpió―. Prepara tu mejor sonrisa, ajusta esa peluca y… ―Volvió a aferrar mi vestido, tirando de él hacia abajo―. ¡Por Dios, muestra más carne! Estos cabrones vienen hambrientos. No pienso dejar que el club pierda una sola noche de ingresos de cientos de miles de euros.
―Yo solo bailo, Gertrude. No follo con los clientes…
―Pues entonces baila, querida… pero encima de ellos ―sentenció, obligándome a avanzar.
El murmullo del club se desvaneció a mi espalda mientras subía las escaleras, hasta detenerme frente a la puerta negra de la sala de reuniones.
―No… no estoy preparada ―confesé.
―¿No estás preparada? ¡Qué pena! ―exclamó con fingida preocupación―. Ya me lo contarás después, cuando tengas un fajo de diez mil euros entre las tetas.
Empujó la puerta y el crujido de las bisagras me erizó la piel. Intenté retroceder, pero ella se me adelantó:
―Ich bringe euch mehr Material (Os traigo más material) ―habló en alemán, con un tono cargado de humor negro―. Ich weiß, wie ich mich um meine Gäste kümmere (Sé cómo cuidar de mis invitados).
Me lanzó hacia dentro sin ninguna delicadeza.
Andrea y Julietta desfilaron por la sala, sirviendo copas sobre tacones de aguja, exhibiendo sus curvas y su piel bronceada.
«¿De verdad esperan que compita con esto?», pensé, tragándome una risa nerviosa. «¿Qué clase de lobo se conformaría con un filete medio fofo cuando ya tenía un banquete de carne de primera?».
Mis ojos recorrieron la mesa. Los hombres de Niklaus ocupaban los asientos, Luther entre ellos, fulminándome con la mirada.
Desvié la atención hacia el otro extremo. Dos hombres estaban sentados codo con codo, compartiendo una complicidad perceptible incluso a distancia. El mayor, de cabello oscuro impecablemente peinado y unos cuarenta y tantos años, tenía unos ojos verdes fríos y calculadores. A su lado, el más joven, de unos treinta y pocos y ojos castaño claro, irradiaba una prepotencia casi tangible. Un séquito de guardaespaldas los rodeaba, vestidos de blanco impoluto, en contraste con los trajes negros de los hombres de Niklaus, como piezas de un tablero de ajedrez dispuesto para la guerra.
Los Brauer eran depredadores… pero estos otros eran lobos disfrazados de corderos.
Por último, mis ojos se encontraron con los de Niklaus, quien ya me estaba observando mucho antes de que yo lo hiciera. El corazón me golpeó el pecho al ver su piel enrojecida, la huella reciente de una agresión. El estómago se me contrajo. Supe lo que había pasado sin necesidad de confirmación: su padre lo había golpeado.
Su mandíbula seguía rígida y sus ojos chispeaban ira y reproche. No quería verme allí.
El invitado más joven se inclinó hacia adelante con una sonrisa en el rostro.
―Por fin más putas, il mio caro amico Brauer (mi querido amigo Brauer).
Niklaus apretó los puños bajo la mesa.
El otro sujeto cruzó las piernas y entrelazó los dedos, relajado, como si nada en aquella sala pudiera amenazarlo.
―Niccolo, controllati (Niccolo, contrólate).
Andrea apareció a mi lado y empujó la botella de whisky hacia mis manos, sin dejar espacio a réplica.
―Toma, mueve el culo de una puta vez.
Antes de que pudiera reaccionar, giró sobre sus tacones, contorneando sus caderas con demasiada exageración, y se acercó a uno de aquellos hombres de traje blanco, acomodándose en su regazo y restregándose contra su erección. Él permaneció inmóvil, sorprendido, pero no la apartó.
Entonces, Niklaus chasqueó los dedos.
Parpadeé varias veces y me apresuré hacia él, aferrando la botella contra mi pecho como si pudiera defenderme del resto del mundo.
Niccolo soltó un suspiro y abrió los brazos en cruz, como si ya no le quedara paciencia que fingir.
―Alessandro, fratello (Alessandro, hermano)… Niklaus nos trae carne fresca y tú pretendes que le haga un feo rechazando la cena. Che spreco! (¡Qué desperdicio!).
―Compórtate como un adulto ―intervino Alessandro―. No manches el apellido de nuestra familia con este espectáculo.
―Sí, sí, sí… La famiglia Vanetto (La familia Vanetto).
Aquel apellido… Vanetto.
La tensión se me clavó en los hombros. Mi pulso se aceleró y la botella se inclinó un poco más, oscilando al borde del desastre… igual que la primera vez que vi a Niklaus: el vino blanco, mis manos temblorosas, su mirada afilada.
Y, como aquella noche, su dedo índice tatuado interceptó la botella. La «araña» se posó sobre el cristal, impidiendo que el whisky se derramara. Sus dedos descendieron desde la botella hasta mi muñeca y la atraparon. El tatuaje de su araña quedó superpuesto sobre mi mariposa. Luego me obligó a agacharme. Me acerqué sin opción, el vestido tensándose contra mi piel, hasta que mis pechos quedaron peligrosamente cerca de su rostro…
Joder. Niklaus era hermoso, sí… pero de una belleza que jamás se contemplaba sin consecuencias.
Vestido de negro de pies a cabeza, con el cabello engominado hacia atrás, dejaba al descubierto sus facciones afiladas, la mandíbula dura y el hematoma del puñetazo de su padre.
Podían herirlo, pero nunca doblegarlo.
―Baja la mirada ―me ordenó.
Su voz se volvió un susurro, apenas audible para nadie más… y lo bastante intenso como para erizarme por dentro. Sus labios estaban a un suspiro de los míos y mis pezones se endurecieron. Él lo notó. Lo vi en la forma en que sus pupilas se dilataron y en el gruñido que se le escapó.
―¿Y si no quiero? ―lo reté.
―Entonces… te obligaré a bajarla con mis manos en tu cuello.
Un gemido lo rompió todo.
Julietta estaba encima de uno de los hombres de los Vanetto, moviéndose con impudicia, sin importarle que hubiera espectadores. Jadeó, con la cabeza echada hacia atrás y el rostro encendido por un placer que no se molestó en ocultar, cuando él le introdujo dos dedos en su entrepierna.
Le estaba viendo literalmente el vello púbico, toda la abertura expuesta, mientras se autocomplacía tocándose el clítoris.
Otro individuo se acercó y le aprisionó un pecho. Ella arqueó la espalda, presionando su culo contra la erección del primer desconocido, buscando más contacto, hasta que el segundo integrante le agarró la cara con violencia y le comió la boca.
Alessandro alzó la voz, cortando el orgasmo:
―Andate via di qui con quella puttana! (¡Largaos de aquí con esa puta!).
Ambos se movieron al unísono y desaparecieron de la sala con ella entre sus brazos.
Niccolo soltó una carcajada que rebotó contra las paredes.
―¿Lo ves, fratello (hermano)? ―dijo, ladeando la cabeza con diversión―. Nuestros hombres sí saben disfrutar, y estas putas tampoco se quedan atrás.
Me señaló sin pudor, como si fuera parte del servicio, y exigió el whisky. El temblor me recorrió las manos, pero los dedos de Niklaus se cerraron sobre la botella con más fuerza… y me la arrancó de golpe.
Niklaus Johann Derek Brauer ―El Príncipe Oscuro de la Mafia Alemana, Die Spinnenmafia― fue quien sirvió el whisky a Niccolo.
El italiano frunció el ceño y su atención volvió de inmediato a mí.
Niklaus apretó la mandíbula hasta que pareció esculpida en piedra. Los músculos de su cuello se marcaron. Algo en él estaba a punto de estallar.
―¿Quieres más putas? ―gruñó.
Niccolo exhaló con fastidio.
―No… ―alargó la negativa―. Con esta me basta.
Di un paso atrás, guiada por el instinto; sin embargo, la orden de Niklaus retumbó: «Baja la mirada».
―Las tímidas son las peores ―comentó Niccolo―. Siempre esconden los colmillos… y cuando menos te lo esperas, te los clavan y te dejan seco.
―Si nuestro padre te viera ahora ―intervino Alessandro, cansado―, te desheredaría sin pestañear.
Niccolo desvió la atención hacia Andrea y le hizo un gesto con el mentón. Ella avanzó hacia Alessandro y se detuvo frente a él, provocándolo. Pero no ocurrió nada: ni un parpadeo, ni el más leve gesto… Andrea podría haberse desvanecido en humo y él no lo habría notado.