21
Contuve los sollozos mientras mis dedos se perdían entre los rizos de Dustin. Dormía. Su respiración, profunda y regular, llenaba la habitación de una calma delicada, mientras su pequeño cuerpo, hundido entre las sábanas, parecía buscarme incluso en sueños. Cada intento de moverme era respondido por sus pequeñas manos, aferrándose a mí como si soltarme fuera perderlo todo.
Lo arropé y besé su mejilla aún húmeda por las lágrimas. Me incorporé despacio… y, como si el universo tuviera sentido del humor, pisé un peluche olvidado en el suelo. El chillido rompió el silencio.
Me quedé congelada, con el corazón en la garganta.
Desvié la mirada hacia él, temiendo haberlo despertado, pero su rostro seguía sereno… dormido.
Salí de allí y cerré la puerta con cuidado, hasta que el clic del cerrojo se apagó detrás de mí. Me deslicé por la madera y exhalé, como si el aire se hubiera acumulado todo el día en mis pulmones.
Bajé la mirada a mis zapatos… y el recuerdo me golpeó: Egbert rompiendo mis gafas en su despacho, dejándome ciega y desprotegida…
De repente, una sombra se alargó frente a mí, extendiéndose por el suelo como un espectro. Por un instante pensé que era Egbert… pero no. Era Adelaida. Gracias a Dios.
―Tranquila. El señor Brauer se marchó hace dos horas.
―¿Segura?
Asintió, aunque sus labios se apretaron con fuerza, como si se tragara algo que no quería decir.
―Sí. Y, con suerte, no volverá pronto.
―Da igual. Dustin está muy asustado. No ha dejado de llorar en todo el día.
―Es un Brauer, no lo olvides.
―No es como ellos ―susurré, sosteniéndome de una débil esperanza―. Sigue siendo un niño, aunque lleve ese apellido.
Su rostro se suavizó con una leve tristeza antes de hablar:
―Niklaus también fue así: dulce, inocente, con la misma sonrisa que ahora ves en su hermano… hasta que su padre lo endureció a golpes, hasta que la mafia le arrancó todo lo que aún lo mantenía humano. Los Brauer están malditos. Siempre acaban igual, sin importar cómo empiecen.
La idea se instaló en mí con una mezcla incómoda de terror y compasión, atrapándome entre lo que debía temer y lo que no podía evitar sentir.
―¿Y qué quedó de él?
Adelaida respondió sin vacilar:
―Un monstruo. Uno que aprendió a sobrevivir… y a matar.
―¿Y yo? ¿Qué hay de mí? ―pregunté.
―Tú ya estás dentro, Luna. Ya no hay salida para ti.
Sentí que el suelo del pasillo cedía bajo mis pies.
―No quiero ser como ellos… ―susurré, temiendo que pronunciarlo en voz alta lo hiciera real.
―Nadie quiere. Ni Niklaus lo quiso alguna vez. En esta familia, tu voluntad y tus deseos no valen nada. Solo importa cuánto estás dispuesta a perder.
―¿Y si no estoy dispuesta a perder nada? ¿Y si lo único que quiero es salvar a Dustin y evitar que se convierta en un monstruo?
Negó con la cabeza.
―Entonces empieza a rezar. Porque lo que no estés dispuesta a entregar… te lo arrancarán igual.
Uno de los hombres de Niklaus se acercó, manteniéndose a una distancia prudente para no escuchar nuestra conversación.
Ella enderezó los hombros.
―Vuelve a tu habitación y enciérrate ―susurró―. Hoy has causado más caos del que debías.
―¿Encerrarme? ¿Y si… y si Niklaus aparece?
―Entonces harás exactamente lo que él te diga.
Un escalofrío me subió desde los pies hasta la nuca, y Adelaida desapareció antes de que pudiera siquiera parpadear.
Me quedé sola, atrapada entre Egbert, Dustin y Niklaus, tirando de mí en direcciones opuestas, dejando cicatrices en mi cuerpo, en mi mente… y yo, sin saber cómo apartarme de ninguno.
Di un respingo cuando aquel hombre se plantó frente a mí; solo al estar tan cerca pude distinguir su rostro: Luther.
―¿Dónde está Niklaus? ―le pregunté sin rodeos.
―No es asunto tuyo.
―Si le llegara a pasar algo, jamás me lo perdonaría.
Era cierto. Me había defendido de su propio padre… y ahora solo podía preguntarme qué castigo estaba sufriendo por mi culpa.
¡Maldita sea!
¿Cómo podía preocuparme por un hombre como él?
Un depredador. Un mafioso… la araña que había envuelto mi mundo en sus hilos.
Aun así, cada fibra de mi ser gritaba por él: quería su seguridad, su cercanía, verlo a salvo de todo y de todos.
Luther exhaló:
―Deberías marcharte de esta casa mientras aún puedas… antes de que él se entere.
Fruncí el ceño.
―No le tengo miedo a Egbert… ―mentí.
―No me refería a él ―susurró―, sino a Niklaus.
Sus palabras despertaron mis recuerdos:
«Puedo ser tu cielo… o tu infierno. Pero nunca seré el hombre que te deje marchar».
―Lo que ocurra aquí será tu elección ―murmuró antes de irse―. Y no saldrás ilesa.
Me apoyé contra la pared y cerré los ojos, vencida por un instante.
«…nunca seré el hombre que te deje marchar».
Aceleré el paso y me detuve frente a la habitación de Niklaus, temiendo lo que pudiera encontrar al otro lado de la puerta. Giré el pomo. La estancia estaba sumida en sombras, apenas iluminada por la luz que se filtraba entre las cortinas… pero no había rastro de él.
¡Uff!
Solo quedaba un lugar que no había revisado. Era un riesgo suicida, lo sabía… pero la necesidad de encontrarlo pesaba más que cualquier miedo.
Regresé a mi habitación y abrí el armario, sacando la peluca y cada accesorio que necesitaba para convertirme en Bolboreta.
El plan estaba claro: escabullirme de la mansión y llegar al club. Pero un pensamiento me hizo dudar: ¿y después qué? Más allá de verlo, no había nada; ni palabras preparadas, ni una forma clara de actuar.
Apreté los dientes, furiosa conmigo misma, y ajusté la mochila sobre los hombros antes de dar el primer paso fuera.
Pasara lo que pasara, lo afrontaría.