20
Dustin y yo bailábamos torpemente al ritmo de «Footloose» en mi habitación, riéndonos cada vez que nos equivocábamos, chocando hombros y caderas. Entrelazamos las manos y empezamos a girar, una vez, y otra. Todo a nuestro alrededor se volvió difuso: manchas de luz y sombra que se deshacían con cada vuelta… hasta que vi una silueta que, a diferencia del resto, no se movía.
―No, por favor… ―murmuré con voz inaudible.
Egbert Brauer nos observaba con las manos cruzadas tras la espalda, el rostro duro y los labios tensos en una mueca de desprecio. Tras él, cuatro figuras en trajes negros permanecían inmóviles.
―¿Esta es la despedida que se merece tu padre? ―preguntó en un español afilado, escupiendo cada palabra como si quisiera herir.
Su mirada seguía fija en mí, aunque el verdadero veneno apuntaba a su propio hijo, quien bajó la cabeza, intentando hacerse pequeño, desaparecer.
―Mírate ―continuó―. Bailando como una puta niña… no como un hombre.
Fue solo una frase, pero cayó como una bofetada.
―¡Tú! ―Se golpeó el pecho con el puño―. ¡Mi hijo! Deberías estar aprendiendo disciplina, no haciendo el ridículo como un payaso. Si tu hermano no tiene cojones para educarte, lo haré yo mismo.
Dustin soltó un sollozo cuando Egbert empezó a girar el anillo en su dedo meñique.
Una vuelta. Dos…
―¡No! ―grité, desesperada―. ¡Ni se te ocurra tocarlo!
Me planté delante de Dustin, abriendo los brazos y cubriéndolo por completo con mi cuerpo.
Egbert me fulminó con la mirada y sus hombres reaccionaron al instante, llevando las manos a la cintura y dejando asomar las pistolas en un silencio cargado de muerte.
Ahogué un grito cuando sus dedos se aferraron a mi codo. Me arrastró sin darme opción, pasillo tras pasillo, con una determinación despiadada.
―¡Suéltame! ―forcejeé, clavando los talones en el suelo―. ¡Suéltame ahora mismo!
―¡Suéltala, papá, por favor! ―rogó Dustin.
Me empujó y crucé la puerta de su despacho a la fuerza. Caí de rodillas sobre la alfombra; el aire se me escapó del cuerpo con el impacto. Me quedé allí, inestable y frágil, a su merced.
―Recuerda quién eres. No eres más que una puta criada… y las de tu posición obedecen órdenes.
Su mano se enredó en mi cabello y tiró con violencia, obligándome a incorporarme. Un dolor punzante me atravesó el cuero cabelludo y grité. Mis gafas salieron volando, chocaron contra el suelo y el cristal se quebró.
―Y esto es lo que pasa cuando desobedeces a un Brauer.
Me mantuvo frente a él, forzándome a mirarlo.
―¿Recuerdas nuestro último encuentro?
Su dedo recorrió mi mejilla hasta mi labio inferior, deteniéndose donde semanas atrás me había herido.
―Parece que has olvidado demasiado pronto el precio de la desobediencia.
Giró la mano con una calma calculada, dejándome ver el anillo con sus iniciales grabadas. Sabía lo que venía. Y sabía exactamente cómo dolía… ¡maldita sea!
Las lágrimas me nublaron la vista antes del dolor. La angustia me oprimió el pecho mientras Egbert alzaba la mano.
De pronto, sentí una presencia detrás de mí.
Abrí los ojos, todavía esperando la bofetada, pero vi una mano firme, tatuada con una araña, deteniendo el brazo de Egbert antes de que pudiera tocarme.
Niklaus…
Egbert giró el rostro hacia él. Padre e hijo se midieron en silencio, en una mirada amenazante.
En la puerta abierta del despacho, los hombres de Egbert y los de Niklaus se enfrentaron, una línea de trajes negros, armas ocultas y posturas tensas. Y en medio de ellos… Dustin sollozando.
Niklaus puso su atención en mí con ojos vacíos e inhumanos. En su voz, una calma peligrosa ocultaba un filo mortal cuando habló:
―Verschwinde! Sofort!
Su mirada se endureció aún más y habló en español:
―Vete de aquí. Ahora.
Asentí con la respiración entrecortada y las piernas a punto de fallarme. Me obligué a retroceder, como si cada paso fuera una lucha, sin atreverme a darle la espalda ni un instante.
Al cruzar la puerta del despacho, su mirada seguía ahí, clavada en mí… incluso cuando ya no debería alcanzarme…