18
Los gritos de Egbert Brauer resonaban desde el ala este, desatados, mezclándose con la voz afilada de Niklaus.
Ojalá se fuera de una maldita vez a ese viaje de negocios… y no regresara.
Me deslicé de puntillas hasta el despacho, conteniendo la respiración.
―Die Vanetto sitzen uns im Nacken! (¡Los Vanetto nos están pisando los talones!) ―exclamó Egbert.
«Vanetto».
Todo cobró sentido. La prisa de Niklaus por sacarme del club por la puerta trasera. Sus hombres armados hasta los dientes…
Apoyé la oreja contra la puerta, como si eso pudiera ayudarme a entender alemán… hasta que una mano en mi hombro me hizo dar un respingo.
―Escuchar detrás de puertas cerradas nunca es buena idea ―dijo Adelaida.
Abrí la boca, pero me indicó que guardara silencio. Luego me sujetó del brazo y me llevó por el pasillo hacia la cocina.
―Lo siento… ―susurré al fin.
―Tranquila, el señor Brauer se marcha hoy.
―¿Qué está pasando? ―inquirí, incapaz de ocultar la inquietud.
―Lo inevitable. Cuando dos imperios se disputan el mismo territorio, siempre hay uno que termina pagando el precio en sangre.
―¡Meu Deus! (¡Dios mío!)… ¿Dustin estará en problemas?
―No.
Tragué saliva y dudé un segundo. La pregunta ya me quemaba en la lengua:
―¿Niklaus corre peligro?
Adelaida bufó.
―Niklaus es el verdadero peligro. Anoche hubo una pelea en uno de sus clubes con un socio muy importante para la familia.
Se me encogió el estómago.
―Los escuché hablar sobre los Vanetto ―musité.
Ella se enderezó, completamente alerta.
―Esto no es un conflicto cualquiera: mafias rivales, armas, ejecuciones… Tienes que irte de aquí cuanto antes. Lejos de los Brauer.
―Por eso, desde el primer día… ¿me has tratado con desprecio para que me fuera? ¿Para que me despidieran o acabara renunciando?
―Quería protegerte ―admitió―. Las mujeres como tú siempre acaban devoradas por las arañas de esta familia.
Iba a abrumarla con preguntas cuando uno de los hombres de Egbert nos interrumpió. Desde el salón, le dio una orden a Adelaida.
―Ja, ich komme schon! (¡Sí, ya voy!) ―le contestó ella.
Se volvió hacia mí, recuperando su habitual máscara de indiferencia.
―Voy a servirles whisky. Aléjate todo lo posible de ese despacho.
Asentí y la dejé marchar, pero su advertencia seguí ahí:
«…Tienes que irte de aquí cuanto antes. Lejos de los Brauer».
Y, como un eco más oscuro, la voz de Niklaus lo cubrió todo:
«Ahora eres propiedad de la araña…».