17
Me detuve en el pasillo que llevaba a los camerinos y bebí agua de la botella, pensativa. Me había gustado provocar a Niklaus. Más de lo que debía. Arrancarlo de su calma, verlo perder el control por mí… llevarlo al límite, igual que él me volvía loca.
―Trink, Schmetterling… ―murmuró detrás de mí―. Ich brauche dich gut hydriert für das, was ich später mit dir vorhabe (Bebe, mariposa… Necesito que estés bien hidratada para lo que tengo pensado hacer contigo más tarde).
Escupí el agua con un jadeo, tosiendo, y me giré sobre los talones para enfrentarlo.
―¿Por qué me sigues? ¿Es mucho pedir que me dejes en paz?
Dio un paso hacia mí, obligándome a retroceder.
―Porque cuando te vas… me cuesta respirar.
Su franqueza me golpeó de lleno en el pecho.
―Qué dramático…
―¿Sabes cuántos hombres te miraron esta noche como si pudieran poseerte?
―¿Y qué? ―repuse, aferrándome al sarcasmo como única defensa―. No es un delito mirar.
Esbozó una sonrisa maliciosa.
―Si alguien se atreve a tocarte, se quedará sin dedos. Aprenderá a escribir con la puta boca.
Dio otro paso hasta acorralarme contra la pared y clavó los puños a ambos lados de mi cabeza.
―Puedo ser tu cielo… o tu infierno ―susurró―. Pero nunca seré el hombre que te deje marchar.
―Estás loco.
Su mano se separó de la pared y me sujetó el rostro. Acercó su boca a la mía, sin tocarme, como un arma cargada a punto de disparar. Cuando por fin se encontraron, la descarga fue tan intensa que mis gafas se empañaron.
―Eres tan sensible, Schmetterling… ―Apoyó su frente contra la mía y nuestras respiraciones se entrelazaron―. No sabes lo peligroso que es esto para nosotros.
―Entonces… suéltame.
―No. Si huyes, me obligarás a perseguirte. Y no te va a gustar.
Se apartó de mí lo justo para dejar un vacío que dolía, como si la falta de su calor fuera una pérdida física.
―Voy a follarte, Schmetterling. Aquí y ahora ―lo dijo sin miramientos.
Me empujó contra la pared, pero esta vez con más violencia, arrancándome un jadeo cuando presionó su dura erección contra mi vientre.
Me besó de nuevo, sin paciencia, su lengua haciendo sonidos húmedos contra la mía, mientras la cremallera cedía entre sus manos. El vestido se acumuló a mis pies, dejándome apenas cubierta por el encaje.
De pronto, me sentí insegura. Las estrías, la celulitis, los michelines… esos pequeños defectos que la luz siempre delataba.
Quise cubrirme, pero no me dio tiempo. Su mano izquierda atrapó mis muñecas y las alzó por encima de mi cabeza.
―Hör auf, an Unsinn zu denken. Du bist perfekt (Deja de pensar tonterías. Eres perfecta).
No se molestó en traducirlo; su boca capturó uno de mis pezones a través de la tela del sujetador, succionando con fuerza, gruñendo, gimiendo… hasta que percibió la sombra de Luther y la de otros dos.
―Scheiße (Mierda)…
Me puso su chaqueta sobre los hombros en un gesto posesivo. No quería que sus hombres vieran nada de mí.
―Wir haben draußen vor dem Club ungewöhnliche Bewegungen festgestellt, Herr Brauer (Hemos notado movimientos sospechosos fuera del club, señor Brauer) ―comentó uno de ellos cuando nos alcanzó.
Niklaus lo ignoró.
―Sal por la puerta trasera. Luther te escoltará hasta casa. Esta vez hazme caso. No estoy jugando.
Me abrochó la chaqueta, ocultándome de las miradas.
―Vete. Ahora ―insistió.
Observé a Luther y luego a Niklaus; ambos demasiado serios como para llevarles la contraria. Asentí. Con las piernas hechas gelatina, me separé de la pared y me dirigí hacia la salida.
―Mein Schmetterling.
Lo miré por encima del hombro sin dejar de avanzar. Su dedo índice tatuado recorrió lentamente su labio inferior, como si aún saboreara nuestro beso.
Luther me siguió hasta el aparcamiento y subió conmigo al coche.
No era la primera vez que Niklaus me llamaba así…
«Schm… Schm-qué?».
Saqué el móvil, encendí el traductor y tecleé a ciegas, incapaz de dar forma a aquella palabra que sonaba a orden y deseo al mismo tiempo.
Levanté la vista hacia el conductor, concentrado en la carretera, con el rostro pétreo y las manos firmes sobre el volante, como si no solo controlara el coche. Después busqué a Luther en el asiento del copiloto.
―¿Qué significa? ―pregunté, usando el móvil como escudo.
Arqueó una ceja a través del retrovisor, con aparente confusión.
―No finjas que no me entiendes. Sé que dominas el español perfectamente.
Bufó con una sonrisa ladeada, reconociendo que lo había pillado en su mentira.
―¿Qué significa Schm… teileing…?
―Mein Gott (Dios mío). Tu pronunciación es tan mala que me sangran los oídos.
―¡Qué significa! ―exclamé, irritada.
El conductor le lanzó a Luther una mirada en silencio. Él suspiró, me quitó el móvil, escribió algo y me lo devolvió.
Mis dedos temblaron al rozar la pantalla. Acabé fijándome en mi muñeca izquierda… en el tatuaje de mariposa.
―Nunca deja de sorprenderme ―murmuró―. Pero esta vez… ha ido demasiado lejos.
―¿A qué te refieres?
―Que ahora le perteneces ―dijo, apoyando un brazo en el respaldo del asiento del conductor y girándose hacia mí―. Y eso no lo va a cambiar nadie.