BOLBORETA 16
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Luther estaba a mi derecha, con la mano cerca del arma, mientras mis hombres sellaban el perímetro. Los italianos podían aparecer en cualquier momento: Niccolo, Alessandro… no importaba quién. No eran estúpidos; si venían, vendrían con una estrategia.

Apreté el vaso de whisky hasta que el cristal se quejó entre mis dedos, pero no bebí. No tenía sentido fingir.

Mi mente no estaba en el club. Estaba en ella. En Luna. En el choque de nuestras bocas, en su rabia mal contenida, en la forma en que su cuerpo la desmentía, en el rastro que había dejado en mi labio…

Pasé el pulgar por la herida ya cerrada y exhalé una risa breve. Ninguna mujer me había marcado así. Ninguna se había atrevido a mirarme como si quisiera matarme y besarme al mismo tiempo.

«Mein Schmetterling…».

Parpadeé varias veces, como si eso pudiera borrarla. Pero en cada intento seguía viéndola… ya no como un recuerdo. Estaba allí, real, a pocos metros de mi mesa, abriéndose paso entre la gente.

Llevaba un vestido rojo. No cualquier rojo… uno obsceno. Las medias de red delineaban sus muslos, y la peluca carmesí alteraba sus rasgos lo suficiente para volverla aún más peligrosa. Apreté la mandíbula al verla con Tony, su perro guardián, demasiado cerca para mi gusto.

Un gruñido me subió por la garganta. Ella era perfectamente consciente del vestido, de las miradas que arrastraba, del control que ejercía con una sola sonrisa. Tenía prohibido salir de la mansión… y aun así estaba allí, desafiándome.

Pero lo que realmente me alteró fueron sus gafas. Gertrude había sido clara cuando le pedí información: Luna nunca las llevaba en el club. Prefería sacrificar la visión antes que exponerse. Sin embargo… esa noche las llevaba puestas, como si quisiera encontrarme más fácilmente.

―¿Es ella? ―inquirió Luther.

―Sí ―respondí sin pestañear.

―¿Quieres que la saque de aquí?

Negué despacio.

Quería que sintiera mi atención como un peso en la nuca, que entendiera que cada uno de sus movimientos pasaba primero por mí.

Alzó la mirada y me encontró sin esfuerzo. Cuando nuestros ojos se cruzaron, el resto del mundo se desvaneció.

―Está jugando contigo… con fuego ―advirtió Luther.

No… yo no era un simple fuego. Era el incendio que iba a arrasarlo todo, ¡empezando por ella!

La vi subir a la tarima mientras Tony la vigilaba como un rottweiler inquieto, incapaz de relajarse, como si ya supiera que aquello iba directo al desastre.

―Lass deine Wachsamkeit nicht nach (No bajes la guardia) ―le ordené.

Me levanté sin ceremonias y la mesa enmudeció. Cuando me puse en pie, el club lo sintió. Las miradas huyeron, los murmullos se apagaron; mi presencia no solo ocupaba espacio… lo dominaba.

Atravesar la sala fue desquiciante. Las chicas semidesnudas se acercaron, ofreciéndome sus cuerpos como un tributo barato, pero no eran más que ruido, una distracción sin valor. Nada de eso importaba. Solo ella… mi dulce mariposa.

El rojo de su vestido rasgaba la oscuridad como una herida abierta mientras balanceaba las caderas con una cadencia hipnótica… sensual.

Tony estaba al borde del escenario, rígido como un resorte a punto de saltar. Le hice un gesto y se giró, obediente pero alerta.

―Te di una orden. Una sola ―murmuré―. Mañana dejas el club. Estás despedido.

Su expresión se endureció, pero no por orgullo herido. Él no era de esos. Su lealtad, su violencia, su propia existencia… todo respondía a un único propósito: protegerla.

―¿Por qué?

―Porque no soporto verte tan cerca de ella. Así de simple.

Lo fulminé con la mirada y ladeé la cabeza.

―¿Eres leal?

No dudó.

―A ella, sí.

Su sinceridad me arrancó una media sonrisa.

―¿Te gusta? ―inquirí, apretando los puños con rabia.

―Si te preocupa que pueda follármela, no va a pasar nunca. Soy gay.

Me aparté y solté una risa tensa, atrapado entre el nerviosismo y el alivio. Su confesión no lo había debilitado; al contrario, lo había hecho más valioso, más honesto. Ya no lo veía como una amenaza.

―Esto lo explica todo ―reflexioné―. Has tenido suerte. Tu orientación sexual te ha salvado la vida esta noche.

Volví a centrar mi atención en la tarima cuando Luna gateó hasta el borde.

Los silbidos estallaron mientras decenas de manos se alzaban con billetes doblados, como si pudieran comprarla. Algunos cruzaron la línea. Uno de ellos, ebrio de atrevimiento, saltó hacia la tarima creyéndose afortunado.

No lo permití. Me lancé sin pensar, guiado únicamente por el instinto.

Luther se unió de inmediato; en segundos, mis hombres y yo ya lo teníamos rodeado.

Lo agarré por el cuello de la camisa y lo levanté del suelo.

―No quiero volver a ver tu asqueroso rostro en mi vida ―le escupí, arrojándolo como basura.

Mis hombres lo arrastraron lejos de mí antes de que perdiera el control, mientras el club se vaciaba lentamente.

Luna seguía en la tarima, mirándome; ya no había desafío en sus ojos, solo miedo. Había perdido cientos de miles de euros por su culpa. Y aun así… no me importaba una mierda.

―Estás jodido ―dijo Luther detrás de mí.

―¿Qué? ―gruñí.

―Ella…

―No exageres. Es solo una obsesión. Se me pasará en cuanto me la folle.

―Oh, yo creo que no.

―¿No… qué?

―Te conozco desde hace muchos años, Niklaus. Tú no te obsesionas con mujeres. Nunca lo has hecho. Las usas, las rompes y las olvidas como si no hubieran existido.

Lo miré de reojo, irritado, sin apartar la atención de mi mariposa.

―¿Qué mierda estás insinuando ahora?

―¡Que estás enamorado de ella!

¿Enamorado? Gott! (¡Dios!).

No podía sostener esa idea; mi mente no encontraba dónde encajarla. Pero cuando mis ojos la recorrieron, el martilleo de mi corazón me delató. Ella, como si lo supiera demasiado bien, bajó de la tarima y echó a correr hacia los pasillos, huyendo de mí.

―Flieg, mein Schmetterling. Flieg so hoch, wie du willst... am Ende wirst du immer der Spinne gehören... mir (Vuela, mi mariposa. Vuela tan alto como quieras… al final siempre pertenecerás a la araña… a mí).