15
Estaba sola en mi habitación, furiosa, caminando en círculos.
―Fillo de puta (Hijo de puta)… monstro, demo (monstruo, demonio)… ¿Cómo puedes hacerme esto… y aun así ser imposible de olvidar, incluso cuando te odio?
Caí sobre la cama, agotada, pero mi mente seguía despierta, negándose al cansancio, atrapada entre las exigencias de la mansión y lo que él me había hecho. Sus manos. Su boca. Su voz…
«¿Odio? Esto no es odio. Es tu coño rogándome que lo destroce. Y lo voy a hacer, Schmetterling. Hasta que no quede nada en ti que no me pertenezca»…
Un golpe en la puerta me sacó del trance. Me incorporé de un salto y Adelaida entró sin esperar respuesta.
Inspeccionó la habitación: las esquinas, el armario, incluso debajo de la cama. Solo entonces se relajó.
―Ten cuidado con los Brauer, especialmente con Egbert.
―¿Qué… qué quieres decir? ―inquirí.
Bajó aún más la voz, como si las paredes pudieran escucharla.
―Ni siquiera yo tengo todas las respuestas ―admitió―. Esta familia es un enigma.
Tenía tantas preguntas en la punta de la lengua, pero unos pasos en el pasillo me interrumpieron. El rostro de Adelaida se endureció y su postura se tensó al instante, como si los empleados que volvían de su día libre fueran la última amenaza que necesitaba afrontar.
Sin previo aviso, me empujó fuera.
―¡Ve a ocuparte de la habitación de Niklaus! ―demandó.
Risas burlonas se colaron entre los presentes, pero yo solo pensaba en Adelaida. Sus reacciones me desconcertaban.
Subí las escaleras con el cuerpo temblando y me detuve frente a la puerta unos segundos. Respiré hondo… y giré el picaporte.
La habitación era un altar al control y la intimidación. Las paredes negras tragaban la luz, y los detalles en rojo oscuro ―cojines y cortinas pesadas hasta el suelo― evocaban sangre y una violencia que no dormía.
En el centro, una cama masiva ocupaba el espacio, vestida con terciopelo y almohadones densos, como una trampa esperando a alguien lo bastante insensato como para acercarse. No había fotos, ni recuerdos, ni rastro de lo humano. Solo poder. Frío. Silencio.
Al fondo, el baño privado quedaba separado por una pared de cristal ahumado, con un jacuzzi que sugería comodidad.
―Solo he venido a limpiar… nada más ―musité, intentando contener la ansiedad que crecía en mi pecho.
Me acerqué al armario y abrí la puerta. Todo estaba dispuesto con una precisión perturbadora. Ropa negra, gris, blanca, azul marino… perfectamente alineada, sin un solo pliegue fuera de lugar.
―Merda (Mierda)… ―murmuré al deslizar los dedos por la tela de una de sus camisas, haciendo que un broche cayera al suelo.
Al agacharme para recogerlo, un brillo metálico llamó mi atención.
Me quedé helada: una pistola.
El pulso se me desbocó y retrocedí… hasta chocar con alguien.
―¿Buscas algo, Schmetterling?
Alcé la vista y Niklaus estaba tan cerca que su calor me envolvió. Me sujetó por la cintura y me atrajo hacia él con fuerza, como si mi lugar hubiera estado siempre entre sus brazos.
Fruncí el ceño, nerviosa, cuando sentí su erección contra mi trasero, innegable, provocando una respuesta traidora que me hizo jadear.
―¡Sóltame, parvo! (¡Suéltame, idiota!).
Sonrió de lado, enarcó una ceja y sus labios rozaron mi oreja.
―¿De verdad crees que eso me ofende? Oírte hablar en tu lengua materna hace lo contrario… me pone durísimo.
Su agarre se intensificó, aplastando todavía más su erección contra mí.
―De rodillas.
¿Ese era su objetivo? ¿Verme arrodillada a sus pies?
¡Maldito hijo de puta egocéntrico!
―¡Que che den! (¡Que te jodan!).
Sus manos se aferraron a mis hombros y me empujaron hacia el suelo. Mis rodillas golpearon la alfombra y me quedé sin aire, atrapada bajo su presión.
―Coge la pistola ―me ordenó.
Negué, pero su mano no se detuvo. El dorso de su anillo rozó mi mejilla. Cerré los ojos, intentando bloquear el recuerdo de los golpes de Egbert.
―No me hagas repetirlo.
«Ten cuidado con los Brauer», resonó la advertencia de Adelaida en mi mente. Sin saber de dónde, encontré una determinación que no tenía y tomé la pistola.
Niklaus me rodeó y volvió a situarse frente a mí.
―¿Me odias? ―preguntó.
―Sí…
―Entonces… dispara.
Mis ojos se abrieron llenos de sorpresa.
―¿Qué…?
―Hazlo… ¿o prefieres que te enseñe a obedecer?
Las «patas de la araña» se deslizaron sobre mis manos, guiándolas. Un sollozo se me escapó cuando el cañón de la pistola tocó su estómago.
―Vamos, Schmetterling. Demuéstrame cuánto me odias.
Las palabras se me atascaron en la boca; lo único que salió fue un balbuceo torpe, sin sentido.
―Eres imposible ―gruñó.
Me levantó del suelo de un tirón.
El pulso se me disparó cuando su mano tatuada se cerró sobre mi cuello.
―Küss mich… ―Su voz se volvió un rugido bajo―: Bésame, joder…
―Nein (No) ―escupí con rabia.
Fue un error… peor aún al hacerlo en su idioma. ¡Acababa de echar gasolina al fuego!
Nuestras frentes chocaron, y mis gafas resbalaron por el puente de la nariz. Sus dedos atraparon mi mentón, obligándome a sostenerle la mirada, aunque me negaba a cederle la boca.
―Was machst du mit mir, mein Schmetterling? (¿Qué me estás haciendo, mi mariposa?).
El beso llegó violento e inevitable, como si el destino hubiera perdido la paciencia. Lo atraje con fuerza, enredando mis dedos en su cabello, y él respondió contra mi boca con una intensidad desesperada, como si buscara en mí algo que llevaba demasiado tiempo esperando.
Su mano volvió a mi cuello, firme, marcando el ritmo de mi respiración.
Tropezamos y la pared nos detuvo, pero no nos separó; seguimos moviéndonos a trompicones. Sus dientes se hundieron en mi labio inferior y el dolor me atravesó. Reaccioné de inmediato, devolviéndole la mordida, y el sabor metálico de su sangre cortó el momento.
Por fin fui consciente de lo lejos que habíamos cruzado la línea.
Pum. Pum.
El golpe en la puerta nos dejó petrificados.
―Die Vanetto sind in der Nähe des Clubs (Los Vanetto están cerca del club) ―dijo Luther desde el otro lado.
La mandíbula de Niklaus se endureció.
―Quédate aquí ―me ordenó―. Cuando vuelva, quiero encontrarte en mi cama.
―¡No soy tu puta!
Sin aviso, me giró y me estampó contra la pared.
―Serás lo que yo quiera…
Su mano descendió por mi costado y se metió en mis pantalones, mientras su anillo presionaba mis pliegues húmedos, sin dolor… solo otorgándome placer.
―¿Sabes qué es lo peor de ti? ―murmuró―. Que te empeñas en fingir inocencia, cuando en realidad te mueres por ensuciarte conmigo.
―¡Cala! (¡Cállate!)
―Tu coño llora para que lo complazca, Schmetterling ―dijo, al mismo tiempo que me introducía su dedo índice, empapándolo con mis fluidos.
Luther volvió a insistir desde la puerta. Niklaus respondió con un gruñido de irritación. Me sujetó del mentón, aplastó su boca contra la mía y me mordió el labio inferior con tal rabia que solté un gemido de dolor. Cuando se separó de mí, una pequeña gota de mi sangre le resbaló por la comisura.
¡Cabrón!
Caminó hasta la puerta y la abrió de golpe. Luther lo esperaba con el gesto horrorizado, incapaz de creer lo que veía.
Niklaus me guiñó un ojo con descaro, demasiado confiado para lo que yo ya había planeado: ir al club… como Bolboreta.