BOLBORETA 13
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Me levanté decidida a evitar a Niklaus durante todo el día. La mansión entera se sentía como un campo minado: los pasillos, las sombras, las puertas… todo parecía esconderlo. Y no solo a él. También a su padre, demasiado ocupado preparando su viaje de mañana. Así que me aferré a cualquier tarea que me mantuviera en movimiento, lejos de ellos.

Uff…

El cansancio me arrastraba. Me dolían los brazos, las piernas apenas me sostenían y la cabeza me latía con una insistencia molesta. Todo en mí pedía parar, respirar. Pero no lo hice. Si cerraba los ojos, aunque fuera un instante, él volvería: la curva de su mandíbula, el calor de su cuerpo sobre el mío, la forma en que me había hecho llegar al mejor orgasmo de mi vida…

Pasaba la aspiradora cuando los pasos pesados del piso superior rompieron el zumbido constante. Me quedé inmóvil. El corazón se me disparó antes de que pudiera pensarlo.

Me acerqué a la escalera con cautela. Niklaus estaba de pie entre sus hombres, ocupando el espacio como si le perteneciera. A su lado estaba Luther.

―No creo que a Romero le haga mucha gracia este asunto ―comentó Luther en un español que me tomó por sorpresa.

―Die Spinnenmafia está por encima de todos los clanes ―dijo Niklaus―. Romero no tendrá más opción que aceptar lo que decida mi familia.

Hablaron de mafias rivales, rutas de armas y de los hijos de un tal Vanetto merodeando sus negocios. Cada palabra me apretaba un poco más el pecho, acercándome a un mundo que no debería existir tan cerca del mío.

―No podemos confiarnos ―añadió Luther―. Los Vanetto nos vigilan de cerca, esperando nuestro primer error.

―Lo sé…

―Romero no olvida las traiciones ―insistió―. Si llega a enterarse de lo de tu padre… atacará primero, y no habrá forma de pararlo.

Niklaus se apoyó en la barandilla y cruzó los brazos, como si solo estuviera esperando a que algo cayera en su trampa.

―Romero es inteligente. No será fácil ocultarle esto mucho tiempo ―dijo―. Pero me respeta. Así que, si hay algo que resolver con él, lo haré yo mismo.

Su mirada cruzó la sala hasta encontrarse con la mía. Un escalofrío me recorrió la columna; no aparté la vista.

¿Cómo podía sentirme atraída por alguien capaz de ordenar la muerte de cualquiera… incluso la mía?

¿Cómo podía desear al mismo hombre que me lo había arrebatado todo y me había convertido en su presa?

―¿Vas a unirte al grupo esta noche? ―inquirió Luther.

―No. Tengo… otras prioridades.

No mencionó mi nombre, pero su mirada lo decía todo.

Me giré y fui directa a la cocina, donde Dustin se movía entre ollas y sartenes.

Apoyé la frente en su hombro y solté un suspiro.

―Estás nerviosa ―susurró, deslizando la mano por mi espalda.

―Más de lo que imaginas… ―confesé.

Me empujó ligeramente hacia atrás para observarme.

―¿Te encuentras bien? ¿Ha pasado algo que no me hayas contado? ¿Adelaida volvió a regañarte?

Ojalá… ojalá mi mayor problema fuera escuchar a Adelaida gritarme por la vajilla mal lavada o una copa fuera de lugar.

―No… no es nada ―musité―. ¿Te hizo algo ayer? ¿Tu hermano…? ―carraspeé, sin terminar la frase―. No te vi en todo el día y me preocupé.

―Nik no es mi padre. Es un buen hombre. Nunca me haría daño.

¿Un buen tipo?

«Podría follarte sin darte tiempo a gritar…».

Oh, no… Niklaus no era un buen hombre. Era un monstruo. Quizá incluso más cruel que Egbert.

La expresión de Dustin se transformó al ver mi reacción.

―Lo conozco mejor que nadie. Sé cuándo su ira es real… y cuándo es solo un juego.

«Un juego», pensé con incredulidad.

―Ha prohibido que nadie salga de la mansión sin avisar ―le recordé con un tono que no ocultaba mi irritación―. Esto ya no es un hogar. Es una prisión.

―Lo hace para protegernos… para protegerte.

Sabía demasiadas cosas, más de las que él imaginaba. Intenté explicárselo con suavidad, pero sacó el móvil, subió el volumen de «Footloose» y me tomó de la mano antes de empezar a girar conmigo al ritmo de la música.

―¡Eso es, Luna! ―aplaudió―. ¡Lo estás logrando… un poco más!

Con Dustin, al menos, podía fingir que la vida en esta mansión no era una pesadilla constante.

Dimos otra vuelta hasta que su estómago protestó. Nos detuvimos y estallamos en carcajadas.

―Necesitas comer algo…

―¡Pero ya! ―exclamó.

Se dejó caer en la silla y apoyó los codos sobre la mesa.

Lo miré, aún sin recuperar del todo el aliento, cuando apagó la música, nervioso. Adelaida apareció en el umbral y fue directa hacia mí. Me agarró del codo antes de que pudiera reaccionar.

―Ten cuidado ―susurró, un aviso tan críptico que me heló la sangre.

¿Cuidado conmigo misma? ¿Con Egbert? ¿Con Niklaus?

No respondió. Me soltó con desdén y señaló con el mentón la olla que burbujeaba.

―El señor Brauer ha decidido recortar personal. No confía en nadie. Hoy la cocina queda a tu cargo.

Sin más palabras, se fue.

Joder… No era desconfianza lo que movía a Niklaus, sino el deseo de castigarme. Otra forma de doblegarme, de hacer colapsar mi cuerpo con el agotamiento.

Dustin se aclaró la garganta con una sonrisa traviesa, rompiendo la tensión.

―Mi estómago no aguanta sermones ―dijo, frotándose la tripa―. Ignora a Adelaida, y centrémonos en lo que de verdad importa: ¿qué vamos a comer?

Quizá tenía razón. Si iba a ignorar a Adelaida, también debía hacerlo con Niklaus…