12
Avancé por los senderos del jardín, pendiente del roce de los arbustos contra mi abrigo y del crujido seco de las hojas bajo mis suelas. Cuando empujé la puerta trasera, me adentré en el sótano a oscuras, guiada por la memoria hasta mi habitación. Dejé caer la mochila, me arranqué la peluca y la lancé al suelo. Mi cabello se derramó sobre los hombros, húmedo y pegajoso por el sudor.
Solté un suspiro. Quizá el peligro había quedado atrás. Quizá estaba a salvo. Me apoyé contra el tocador y me aferré al borde mientras cerraba los ojos con fuerza, intentando recuperar el control de mi respiración.
Había creído escapar de la araña, pero algo cambió. Una tensión invisible se deslizó por la habitación, borrando de golpe cualquier atisbo de seguridad. Y fue entonces cuando escuché el clic de un mechero al encenderse.
Abrí los ojos y el espejo me devolvió primero la brasa encendida de un cigarro. Después, su silueta. Niklaus Johann Derek Brauer, sentado en mi cama como si perteneciera allí. La luz rojiza parpadeaba con cada calada, arrancándole el rostro a las sombras durante un instante antes de devolverlo a la oscuridad.
―No…
El cigarro cayó al suelo con un chasquido y se apagó contra el cemento. Cuando parpadeé, Niklaus ya estaba frente a mí. Su mano, marcada por la araña, se cerró alrededor de mi cuello con firmeza. Me empujó hacia la cama y el colchón cedió bajo mi espalda. Un instante después, mis muñecas quedaron atrapadas sobre mi cabeza.
Todo ocurrió demasiado rápido.
No dolía. Pero tampoco dejaba lugar a dudas. Bastaba la presión de sus dedos para recordarme que aquella contención era una elección suya.
―¿Creías que podías jugar conmigo, Bolboreta? ―gruñó.
Mi apodo me robó el aire de golpe.
Bolboreta…
Mi secreto, pronunciado por él como si no fuera una palabra, sino una llave girando en una cerradura que jamás debió abrirse.
Desvié la mirada cuando su pulgar rozó mi garganta, siguiendo el pulso que me delataba.
―Mírame ―ordenó en voz baja.
Lo hice. Y sus ojos me recibieron con una oscuridad inquietante.
Intenté decir algo, pero su palma me cerró la boca.
―¿De verdad pensaste que no te reconocería? ―continuó, tan cerca que su aliento rozó mi rostro.
Su voz no hablaba: cortaba y acariciaba al mismo tiempo.
Empezó a dibujar cada curva de mi cuerpo con el dedo índice, hasta que alcanzó el borde de mi ropa interior y presionó la yema… justo ahí.
―Estás mojada. No puedes disimularlo. Gott (Dios)… tu cuerpo ya me ruega, aunque tu boca se empeñe en negarlo.
Se me escapó un gemido. El rostro me ardía, y las lágrimas comenzaron a nublarme la vista. Todo se desmoronó demasiado rápido, como si cualquier intento de resistencia se rompiera bajo su presencia sin esfuerzo.
―Niklaus… ―jadeé.
―Calla ―ordenó, cerrando más el agarre y manteniéndome inmóvil. La fricción me atravesó, tensando cada nervio.
Sus dedos recorrieron la tela de mi lencería, siguiendo con precisión mis pliegues, como si el tatuaje de la araña cobrara vida, mientras yo arqueaba la espalda. Pero cuando apartó la prenda y rozó el vello de mi entrepierna, mis defensas se quebraron por completo y el llanto me venció sin que pudiera detenerlo.
―Ah…
―Eso es. Cada rincón, cada centímetro de ti… todo es mío.
Mis caderas se elevaron de nuevo, buscando más de su contacto.
―Te odio…
―¿Odio? ―Soltó una risa baja, áspera―. Esto no es odio. Es tu coño rogándome que lo destroce. Y lo voy a hacer, Schmetterling. Hasta que no quede nada en ti que no me pertenezca.
Sus labios descendieron a mi cuello y lo mordieron, no con ternura, sino con hambre, antes de hundir un dedo en mi interior. Grité, con la voz desgarrándose en el aire y la piel erizada. Cuando acompañó un segundo dedo en mi entrada, estirándome, llenándome más, abriéndome sin piedad… mi chillido se transformó en un gemido de placer.
―¡Aaahhh!
―Ruégame ―ordenó, aumentando el ritmo.
―¡No! ―grité, retorciéndome, negándome a darle esa victoria, aunque mi cuerpo se arqueaba en abierta contradicción, protestando contra mi orgullo.
―Ruégame… o te dejaré vacía, sin alivio…
―Non (No)…
―Bettel um mich, Schmetterling (Ruégame, mariposa) ―insistió, con esa voz que me excitaba, con la dureza y suavidad de su alemán, mientras su pulgar presionaba mi clítoris hinchado.
¡Merda! (¡Mierda!).
―¡Soy… tuya!
Entonces exploté, convulsionando bajo su peso, mientras él me contemplaba con ojos brillantes y se chupaba los dedos, saboreándome.
―Así… ―murmuró―. Así se rinde una mariposa en mi telaraña.
Mi pecho subía y bajaba con violencia, el aire entrando y saliendo a trompicones, sin poder seguir el ritmo del orgasmo. El sudor me perló la frente y resbaló por mi piel.
―Ódioche (Te odio).
Era casi imposible que entendiera el gallego, pero su sonrisa se ensanchó como si lo hubiera estado esperando.
Me agarró la cara con la misma mano con la que acababa de hundirse en mí, obligándome a mirarlo sin posibilidad de apartarme. El rastro de mi propia esencia seguía en sus dedos, mezclándose con el momento de una forma aún más vergonzosa e íntima de lo que debería, mientras su pulgar recorría mi mejilla con una delicadeza que contrastaba peligrosamente con todo lo demás.
―Du gehörst mir. Eres mía, ¿entiendes?
―Nunca… ―jadeé, aferrándome al orgullo que aún me quedaba―. Nunca seré tuya, Niklaus… ¿entiendes?
Sus pupilas se dilataron, pero no hubo ofensa en su expresión, sino excitación. Tiró de mí para ponerme en pie y, sin darme tiempo a reaccionar, me obligó a arrodillarme. Me quedé allí, mientras él permanecía sobre mí, firme, inalcanzable. La cremallera de su pantalón estaba tan tensa, al límite, lista para estallar contra mi boca.
―Si digo que te arrodilles, te arrodillas; si digo que llores, lloras. Obedéceme… siempre.
Tragué saliva y cerré los ojos, pero mi cuerpo seguía temblando, fuera de mi control, mientras mi entrepierna palpitaba con más fuerza.
Su pulgar acarició mi labio inferior.
―Podría follarte sin darte tiempo a gritar…
―Por favor…
Finalmente, rogué… sí, pero no para huir, aunque él, por suerte, no había captado la verdadera intención detrás de mis palabras.
―Recuerda esto, Schmetterling: cada vez que me desafíes o intentes escapar, habrá un precio. Y no lo eliges tú. Lo fijo yo, lo cobro yo… y decido cuánto de ti se pierde en el camino.
―¿Acaso… me matarás?
Su sonrisa fue un soplo helado contra mi piel.
―De la peor forma que pueda existir. Y aun así me quedaré corto.
―¿De verdad crees que el dinero lo compra todo? ―susurré desde el suelo―. Puedo desaparecer. No volverás a verme.
Se inclinó hacia mí, y el roce de sus labios en mi frente se sintió como una línea borrosa entre una advertencia y algo que jamás debería haberme rozado.
―Jetzt bist du Eigentum der Spinne, mein Schmetterling (Ahora eres propiedad de la araña, mi mariposa).
Fruncí el ceño cuando dio un paso atrás, como si disfrutara de mi confusión. Con una sonrisa torcida, tradujo:
―Ahora eres propiedad de la araña…