11
La Sala Roja olía a sexo rancio impregnado en las paredes como una humedad antigua; a perfumes caros que habían perdido su dulzura tras horas de encuentros salvajes.
Aquí no entraban borrachos de pacotilla buscando a quién manosear ni curiosos con dinero nuevo queriendo presumir de exclusividad. Ni siquiera llegaban a cruzar la puerta.
Este lugar estaba reservado para los muy ricos, los poderosos… y los hijos de puta más peligrosos de la mafia. Hombres acostumbrados a comprar voluntades, romperlas si hacía falta y salir impunes, como si nada hubiera ocurrido.
Gertrude decidía qué cuerpos bailaban, para quién y hasta dónde podían ser tocados. Siempre había sido así… hasta esta noche. Porque las reglas del club ya no significaban nada cuando se trataba de Luna. La idea de verla bailar para otro hombre me resultaba ofensiva, como si alguien intentara tocar algo que, sin entender por qué, ya era mío.
No haría excepciones. Ni para un socio, ni para un político, ni siquiera para un maldito rey con corona de oro dispuesto a dejarla sobre mi mesa. Ni en sueños. Ella no era una moneda de cambio ni una distracción comprable. Era mía. Mein Schmetterling. Y nadie iba a tocarla.
Scheiße! (Joder).
La ironía era insoportable, casi cruel. Ella, hecha para volar sin restricciones, ahora atrapada en mi red, donde cada hilo respondía a mi pulso. Yo era el depredador… o eso debía ser. Porque, aunque pudiera desgarrarle las alas, doblegarla hasta hacerla gritar, en el fondo era ella quien me desangraba a mí. No necesitaba colmillos ni garras: bastaba su existencia para deshacerme poco a poco.
Me froté los ojos y sonreí al recordar el tono nervioso de Luther, el de un hombre que sabía que estaba a punto de dar malas noticias a alguien que no toleraba las sorpresas.
Con una mirada de pavor, me dijo que Luna rompió las reglas. Vi las grabaciones de las cámaras de seguridad, incluidas las ocultas para el personal. Ella se deslizó junto a las paredes, intentando pasar desapercibida. Pero cada uno de sus movimientos hacía vibrar mi red, alertándome de lo que hacía.
Reí entre dientes, áspero, una risa que hacía que los hombres a mi alrededor bajaran la mirada y se preguntaran en silencio quién sería el primero en caer… y qué quedaría de los demás cuando ocurriera.
Mi mariposa creía que podía jugar con fuego sin quemarse.
Qué puta ternura, joder.
Gruñí, todavía con la polla dura, mientras me la imaginaba arrodillada frente a mí, con mi mano anclada en su cuello para obligarla a abrir la boca y llenarla de mi semen, hasta que no pudiera casi respirar, hasta que las lágrimas le nublaran los ojos…
Verdammt! (¡Maldita sea!).
Estuve a punto de rendirme a ella… pero la música se interrumpió de golpe y el momento se quebró.
Podía follarme a quien quisiera, sin esfuerzo, sin consecuencias. Modelos de pasarela con sonrisas huecas y hambre en los ojos; actrices con premios dorados colgados en paredes frías; esposas de políticos arrastrándose por el suelo con tal de olvidar, durante unas horas, lo patéticas que eran sus vidas. Carne distinta… mismo vacío. Todas eran iguales. Obedientes. Con cuerpos impecables. Diseñados para complacer.
En cambio, Luna… Scheiße (Joder). Me parecía única… jodidamente perfecta.
En el club no la consideraban guapa, ni tenía el cuerpo que solía llamar la atención. No encajaba en ninguna de las fantasías que acostumbraba a buscar y olvidar sin mirar atrás.
Y, aun así, ahí estaba… entre sombras y luces rojas, con la polla palpitante, doliente, ocupando mi mente con ella. Para mí, superaba a todas las demás.
Amor… La palabra se deslizó en mi cabeza como una infección. No. Un hombre como yo no se enamoraba. No podía.
Luna era una obsesión, y mis obsesiones nunca terminaban bien para la otra parte.
Si quisiera, podría matarla… pero ni siquiera eso bastaba. No era lo que quería.
La araña no mataba de inmediato: tejía, ajustaba, apretaba los hilos. Dejaba que la presa se desgastara sola, chocando contra la ilusión de la salida, confundiendo el movimiento con la huida. Le hacía creer que aún podía escapar… antes de caer.
Eso era lo que quería con ella: verla moverse al borde de su ignorancia, vigilarla sin que lo supiera, guardar su miedo antes de cerrar el puño sobre su destino.
Encendí un cigarro, protegiendo la llama con la mano hasta que prendió. Inhalé despacio, dejando que el humo se instalara en mis pulmones.
Pensé en llamar a una de las chicas del club, de esas que follaban como si fuera un deporte de combate, con uñas y dientes. Una mujer que pudiera vaciarme en cuestión de minutos, dejarme exhausto y calmar la hinchazón de mis pelotas. Solo sexo, sin nada sentimental por medio. Pero cerré los ojos y, aun sin quererlo, apareció el rostro de Luna.
Mein Schmetterling…
La rabia me mordió por dentro, súbita y violenta, y apreté el cigarro con el puño hasta que la brasa me quemó la palma. El dolor fue punzante, casi útil. No lo solté. No pensaba concederle a mi cuerpo ni un solo gesto de derrota. Respiré hondo, dejando que la tensión se asentara donde debía, mientras la hinchazón de mi polla cedía apenas, lo justo para recordarme que todavía estaba en control… o al menos para fingirlo.
Me puse de pie y pasé la lengua por el labio inferior, como si pudiera saborear ese pensamiento que no se iba.
―Ich werde dich fertig machen, mein Schmetterling (Te voy a destrozar, mi mariposa).
Y, con una sonrisa oscura, crucé la cortina…