10
En el camerino, el ambiente estaba cargado con el dulzor químico de la laca y el rastro de humo de un cigarro que nadie admitía haber encendido.
Me dejé caer frente al espejo, salpicado de restos de maquillaje y huellas de otras noches. Sin las gafas, mi reflejo se volvió más crudo.
Deslicé la peluca sobre mi cabeza, acomodando los mechones sintéticos. Tiré del elástico de la lencería, ajustándola contra mi piel. La tela negra apenas cumplía con la decencia: insinuaba más de lo que cubría.
Al alzar la vista, Tony ya estaba a mi lado, con los brazos cruzados, como si llevara allí más tiempo del que yo podía recordar.
―Llegas tarde ―dijo.
«Claro, Tony. La próxima vez le aviso a la valla para que se abra sola y a las cámaras para que miren a otro lado. Tuve que saltar, arrastrarme y casi saludar al guardia. ¿Qué esperabas, exactamente? ¿Que llegara puntual o que llegara viva?».
―No tenía turno hoy, ¿no?
Me giré hacia el espejo y me dediqué a recolocar la peluca.
―No, pero ha aparecido un cliente importante.
Lo observé a través del reflejo, atrapada en una tensión que seguía intacta desde anoche. Yo con preguntas que me tragué antes de pronunciarlas, y él con respuestas que eligió mantener en silencio.
Terminé de delinearme el ojo y recogí el sujetador del suelo, dejándolo caer sobre la mesa.
―¿El jefe está esta noche? ―inquirí.
―No.
Mentía. Su mirada se desvió de la mía y lo supe.
La puerta del camerino se abrió de golpe. El aroma empolvado de su perfume lo llenó todo incluso antes de que cruzara el umbral.
Gertrude.
El moño tirante le estiraba el rostro, acentuando una severidad que parecía formar parte de su piel, mientras su inseparable portapapeles descansaba contra su pecho, como un escudo… o un arma esperando la ocasión exacta para ser usada.
―¡Bolboreta! Sala VIP. Esta noche entras con pase especial ―dijo, hojeando el portapapeles con rapidez―. Mil euros. Diez minutos.
―¿Qué? ―solté, sin procesarlo del todo.
―Prepárate. El cliente está esperando.
La Sala VIP. La Sala Roja… Nunca había cruzado esa cortina de terciopelo. Nunca. Era un acceso casi mítico dentro del club, reservado solo a unas pocas elegidas.
Las mujeres que entraban allí no eran simples bailarinas: eran mitos vivientes del local… versiones elevadas de todas las demás. Como Andrea.
Su recuerdo apareció sin permiso. Su risa perfecta, su cuerpo demasiado cerca del de Niklaus… La noche anterior con él seguía ahí, latente.
Un nudo se apretó en mi estómago… ¿acaso eran celos? No, imposible. Yo no era de esas. ¿Celosa yo? ¡Qué ridículo!
A ver, no era como si me importara lo más mínimo que Andrea hubiera pasado la noche con Niklaus… ¿verdad? Es solo que… bueno, tal vez un poquito. Un pelín.
Pero, ¿quién podría culparme? Niklaus era demasiado atractivo.
Enderecé los hombros, apreté la mandíbula y crucé la puerta del camerino. Los tacones bajos resonaron en el pasillo.
Tac, tac, tac…
Caminé con la cabeza erguida, fingiendo una calma que no sentía. Cada paso era una batalla: el suelo me empujaba hacia adelante con la promesa de lo que quería, mientras algo invisible me arrastraba hacia atrás.
Cuando mis dedos ya casi rozaban la cortina de terciopelo carmesí ―ese rojo profundo que parecía una boca ansiosa por engullirme―, una mano se cerró sobre mi brazo.
―Luna ―susurró Tony―. Ya sabes lo que siempre te digo. Si ese cabrón te pone un dedo encima, grita.
―¿Lo conoces? ¿Es un cliente habitual?
Cerró los ojos un instante, y en ese breve segundo desfiló ante él algo que preferiría olvidar.
―Está prohibido tocarnos sin nuestro consentimiento…
―Aquí las normas se rompen fácilmente ―replicó, sin desviar la mirada de la cortina―. Por eso tenéis guardaespaldas.
Cuando me miró, su expresión había cambiado. No era solo preocupación: había rabia y miedo, como si estuviera viendo algo peor de lo que yo temía.
―Perdóname por lo de ayer ―murmuró―. Yo… ―Se pasó la mano por la nuca―. A veces mentir es lo único que puedes hacer para proteger a los que quieres.
Quise preguntarle qué quería decir, exigirle la verdad, pero solo asentí, agotada.
―No tienes que disculparte por nada. Eres lo único que tengo aquí.
Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de mi brazo, no con fuerza, sino con una necesidad casi desesperada, como si soltarme fuera admitir que ya no podía protegerme.
―Ten cuidado, por favor. Si gritas, entraré ahí sin dudarlo.
Mi mano cubrió la suya.
―Lo sé… gracias.
Con un último vistazo a Tony, crucé la cortina. El terciopelo cayó detrás de mí, cerrando una puerta que ya no podría abrir. Fue como firmar un pacto con el diablo.
La oscuridad me envolvió, rota por luces rojas que palpitaban en las esquinas, bañando el espacio con un resplandor obsceno que hacía que las paredes parecieran gemir y sangrar.
Al fondo, la tarima baja me esperaba, custodiada por la barra de pole dance que brillaba tenuemente. Nunca había sido buena en esto; no dominaba la seducción. Aun así, subí. Y fue entonces cuando lo vi: un hombre sentado justo frente a la tarima, hundido en un sillón de cuero negro que parecía hecho a su medida.
La penumbra devoraba su rostro, dejando visible solo una silueta amplia que me hizo sentir vulnerable, como si su mirada ―aunque no pudiera verla― me estuviera atravesando.
Sí. Había algo en él que me obligaba a mirarlo. Una atracción silenciosa, innegable, que me tiraba hacia él con una fuerza que no podía ni quería evitar.
La música estalló y la luz roja se deslizó sobre mi piel, borrando mis contornos. Mis caderas respondieron solas; mi cuerpo se dejó llevar, instintivo, como si llevara años esperando ese momento. Mis manos recorrieron mis muslos en un ascenso lento hasta aferrarse a mi cintura. Giré sobre mí misma y la falda corta rozó apenas el borde de mi trasero.
Él seguía inmóvil, como una estatua de obsidiana. Mi respiración se volvió irregular, el calor subiéndome por la espalda. Tuve que morderme el labio para no gemir; cada reacción mía, cada leve movimiento, era un desafío que él no necesitaba más que aceptar.
Si bailar en la Sala Roja me hacía sentir así… lo haría gratis. La música, el ambiente y su mirada bastaban para embriagarme y quitarme los frenos.
«Vamos, Luna. No te acobardes ahora. Si intenta tocarte, solo tienes que gritar», me repetí.
Pero, en el fondo, ya sabía lo que sucedería si ese hombre se acercaba a mí. Gritar no sería lo primero. Tal vez ni siquiera lo intentaría. Y si lo hiciera… sería por otro motivo.
Deus (Dios)…
Bajé de la tarima, sintiendo el peso de cada paso, mientras me acercaba a él. Cada centímetro cargaba el aire de una tensión insoportable, como si todo se hubiera detenido a nuestro alrededor. Cuando me detuve frente a su sillón, él apenas se inclinó hacia adelante, pero su sombra se quebró por un instante, dejando ver la amenaza que colgaba sobre mí.
La sensación de peligro se volvió palpable, latente en cada rincón de mi cuerpo, especialmente entre mis piernas.
Sus manos fueron lo primero que vi: grandes, firmes, capaces de dominar sin esfuerzo. Incluso con la vista borrosa por la miopía y la penumbra, distinguí el tatuaje de una araña negra desplegada sobre su piel. Luego, su anillo. El «NJDB», grabado en el metal, como un sello de poder que nadie se atrevía a desafiar.
Un escalofrío húmedo y ardiente recorrió mi bajo vientre, sacudiéndome de pies a cabeza.
Niklaus. El Príncipe Oscuro de la Mafia Alemana. Un demonio hecho carne. El hombre capaz de destrozarte el alma con una sola mirada y devolvértela irreconocible.
La luz roja cayó sobre él, iluminando su rostro con una intensidad casi sobrenatural, como si el infierno se hubiera rendido ante su verdadero rey. La sala dejó de ser lo que era: allí, la única regla era él.
No dijo nada, solo me observó con sus ojos azules, profundos como el abismo. Había algo inquietante en su deseo, como si ya me hubiera reclamado en lo más hondo de su mente, como si pudiera escuchar la vibración de mi respiración al ritmo de sus manos sobre mi piel. Su certeza era espeluznante: sabía cómo se rendiría cada parte de mí, cómo mi orgullo se desharía bajo el peso de su toque, como si todo ya estuviera escrito.
«¿Sabes cuál es tu función en esta casa? Limpiar. Servir. Callar. Obedecer».
La rabia me subió por dentro, pero lo que de verdad me molestó fue lo que dijo después:
«De rodillas, Schmetterling».
La música cambió de ritmo y, sin pensarlo, me lancé hacia él, acomodándome sobre su regazo a horcajadas con la intención de ser yo quien tomara las riendas.
Su cuerpo estaba rígido y su erección… Meu Deus (Dios mío), su maldita erección era enorme; una barra de acero viva, palpitante, que presionaba contra mi sexo a través de la fina tela de mi lencería.
Intenté moverme, pero la fricción húmeda y caliente me hizo jadear.
¡Joder! La idea era destruirlo, no suplicarle.
Su respiración era un incendio contenido, ardiendo tras sus labios, mientras sus manos se aferraban a los reposabrazos con los nudillos blancos. La prohibición de tocarme lo volvía más eléctrico, más feroz… casi insoportable.
Deslicé mis manos por su cuello y su pecho, sintiendo su piel arder bajo mi contacto. Sus ojos se clavaron en los míos, prometiendo en silencio:
«Cuando te toque, no será para acariciarte».
Debería estar aterrada, huir… pero quería desquiciarlo, llevarlo al límite hasta que me arrinconara contra el sillón y me follara duro. Todo eso iba a suceder… lo presentía. Sin embargo, la música se detuvo de golpe, y con ella, mis intenciones.
Me levanté despacio, con los músculos protestando y las piernas temblando. La humedad entre mis muslos era un recordatorio evidente del poder que él tenía sobre mí, aunque ni siquiera me hubiera tocado como lo habrían hecho otros hombres. Niklaus no necesitaba hacerlo para excitarme…
Crucé la cortina sin mirar atrás. Había sobrevivido… pero seguía atrapada en su telaraña.
Tony estaba en el pasillo, apoyado contra la pared. Al verme, sus ojos se abrieron con sorpresa primero, luego con preocupación.
―¿Estás bien?
Él lo sabía todo desde el principio, y no podía recriminarle nada. Solo podía obedecer las órdenes de su jefe, aunque le doliera lo que estaba viendo.
―No es tu problema.
―No me jodas. Claro que es mi problema ―dijo, dando un paso hacia mí―. Ese hijo de puta… si te tocó, te juro que lo reviento, aunque me cueste la puta vida.
Tony nunca podría entenderlo. Niklaus me atraía.
―No lo hizo… ―susurré.
―Tienes que tener cuidado con él.
―Es tu jefe.
―¡Y también es un Brauer! ―respondió con voz tajante―. Tengo que seguir sus órdenes, pero eso no significa que confíe en él. Te mira como si… ―Sus facciones se endurecieron―. Como si fueras suya.
Me froté los brazos, sacudiéndome el frío.
―Tengo que volver a casa ―dije, con la respiración entrecortada.
―Lun… ―Se corrigió al instante―. ¡Bolboreta!
Entré al camerino, tomé mi mochila y me deslicé en un abrigo largo, abrochando los botones con dedos temblorosos mientras intentaba mantenerme firme. La peluca seguía en su lugar. No pensaba quitármela hasta llegar a casa. No iba a darle a Niklaus el más mínimo indicio de quién era realmente. No podía permitirme un solo error.
Regresé a la mansión… al corazón de la maldita telaraña.
Esto era un juego mortal de depredador y presa, y yo ya no podía seguir siendo solo la víctima. Pero el problema no era él. Era yo. Atraída por el peligro, por su forma de acercarse como una promesa de destrucción. Y eso era lo que me aterraba. Porque, aunque me jurara escapar, una parte de mí quería ser capturada.