BOLBORETA 9
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Ni loca iba a poner un pie en la habitación de Niklaus. No era miedo; ojalá lo hubiera sido. El miedo era simple, medible, incluso engañable… pero esto no. Esto era otra cosa. Si cruzaba esa puerta, no volvería a ser la misma… o no volvería. Porque lo peligroso no era entrar, sino lo que él haría con mi voluntad una vez dentro. Si me atrapaba entre sus sábanas, no sería mi cuerpo lo primero que perdería… sino el alma.

Sus normas seguían rebotando en mi cabeza, como golpes secos contra una pared que ya no sabía si era de piedra o de mi propia resistencia resquebrajándose.

«Nadie entra ni sale sin mi autorización. Nadie se acerca a Dustin sin pasar antes por mí. A partir de ahora, las salidas del personal quedan restringidas: las puertas se cerrarán a las 22:00 y no volverán a abrirse. Cualquier conversación innecesaria… será motivo de despido inmediato. O algo peor».

Cada frase era un grillete. Cada orden una reja cerrándose un centímetro más a mi alrededor. Hablaba como un rey medieval dictando leyes de hierro desde un trono invisible, manchado no de sangre reciente, sino de las voluntades que ya había doblegado antes de la mía.

Uff…

Quería arrancarle la lengua por cada palabra que salía de esa voz grave, insoportablemente atractiva… maldita sea, lo odiaba. Odiaba la forma en que me miraba, como si ya conociera el final de mi historia. Odiaba cómo conseguía hacerme sentir pequeña sin tocarme, vulnerable sin alzar la voz, marcada sin dejar una sola huella visible. Su presencia alteraba el aire, tensaba el mundo a su alrededor, y mi cuerpo reaccionaba antes que mi cabeza alcanzara a imponer orden, traicionándome con una claridad que me irritaba tanto como me atraía.

Pero, por encima de todo, me destrozaba no saber cómo estaba Dustin: si lo habían aislado, si lo estaban alejando de mí, si ya habían empezado a endurecerlo, a arrancarle la risa a golpes hasta vaciarlo por dentro, hasta convertirlo en otro monstruo sin alma… otro Brauer.

Me llevé una mano al pecho, intentando aflojar el nudo que se resistía a ceder. En esta casa no solo colgaban telarañas en las esquinas; había una araña enorme, paciente, observándolo todo desde el centro. Y yo ya estaba atrapada en su red.

Metí en una mochila raída lo poco que todavía podía llamar mío: la peluca, un par de mudas limpias, el maquillaje básico y los zapatos más resistentes que tenía. Luego me deslicé por el pasillo con el corazón golpeándome los oídos. Conocía de memoria la ubicación de cada cámara de vigilancia. Adelaida había sido bastante detallista el primer día al enseñármelas, como si no estuviera instruyéndome, sino dejándome claro que la familia Brauer no ofrecía segundas oportunidades.

Me pegué a la pared y conté los segundos que se estiraban como si la casa respirara conmigo, hasta que el primer ojo mecánico giró hacia el lado contrario. Crucé agachada; la tela del vestido se deslizó hacia arriba con el movimiento y el frío del suelo me mordió las rodillas. Siempre había odiado correr, saltar o siquiera sudar; era malísima en los deportes.

Esquivé las esculturas del jardín que parecían seguirme con una atención acusadora. Los árboles se inclinaron sobre mí; ramas demasiado finas y largas se enredaron en mi cabello.

Salté la verja y caí al otro lado, amortiguando el impacto con una punzada sorda en las rodillas. Las gafas estuvieron a punto de resbalarme, pero las sujeté y las ajusté de nuevo sobre el puente de la nariz.

La carretera se extendía bajo un atardecer enfermo, con el cielo teñido de óxido y una luz apagada que no iluminaba, sino que contaminaba. Pedí un taxi y me quedé esperando junto al arcén, con la mochila colgando del hombro, un recordatorio incómodo de que aún estaba en tránsito, aún era alcanzable.

―¿Luna?

Me tensé por completo antes siquiera de girar la cabeza. Él estaba allí, con la gorra mal colocada, la camiseta blanca manchada de tierra y esos ojos que conocían cada una de mis inseguridades, las que yo había intentado enterrar y que él parecía desenterrar con solo existir a unos metros de mí.

―Izan.

―Luna, espera.

Avanzó con las manos abiertas, demasiado seguro para alguien que pretendía parecer inofensivo, como si ese gesto pudiera borrar lo que ya estaba escrito entre nosotros, como si yo pudiera olvidar que esas mismas manos habían sido todo menos suaves, todo menos seguras.

Merda (Mierda).

Izan, mi ex, un capullo narcisista. Juntos habíamos huido de España hasta Alemania, persiguiendo promesas de futuro y de amor que se deshicieron rápido, como si nunca hubieran tenido intención de sostenerse. No solo me engañó con otras mujeres ―una vez incluso en mi propia cama―, sino que su violencia se volvió cotidiana, casi casual: una discusión que acababa en empujón, un grito que llenaba la casa, noches enteras sin dormir esperando que el silencio no fuera otra amenaza… Y la peor de todas ocurrió en la piscina de los Brauer.

No podía pensar en eso ahora, no aquí, no con él tan cerca, no con su presencia abriéndome recuerdos que todavía dolían.

―¡Luna, joder, háblame! ―gritó, cruzando la calle hacia mí.

―¡Déjame en paz!

El taxi se acercaba, pero él también, acortando la distancia; podía sentir su mirada clavada en mi espalda, como si nunca me hubiera soltado, como si aún le perteneciera.

―¡Solo quiero hablar! ―insistió―. ¡Coño, no me ignores!

―¿Qué haces aquí? ―pregunté sin girarme.

―Trabajo como jardinero en una casa cercana, unas calles más abajo. Me contrataron hace un par de semanas, pero llevo tiempo observándote.

«Claro que me vigilas como un maldito buitre dando círculos sobre mi cabeza, esperando el momento en que vuelva a caer, a romperme, a ser lo bastante débil como para que puedas recoger los restos y fingir que aún te pertenecen», pensé.

―No eres feliz en esa casa sin mí ―continuó con un tono suave, casi condescendiente―. No perteneces a ese mundo.

Solté una risa irónica y me giré al fin para clavarle los ojos, sin darle el privilegio de verme retroceder.

―Y tú sí, ¿no? Encajabas tan bien en ese mundo… tanto que te echaron por lo que hiciste.

―No sé qué se me pasó por la cabeza ese día… lo siento, te extraño.

Extendió la mano hacia mí, pero lo fulminé con la mirada antes de que llegara a rozarme, y su mano quedó suspendida entre los dos.

―No me toques.

La firmeza de mi voz lo congeló y entonces lo vi fallar: una grieta mínima en su expresión, casi imperceptible para cualquiera que no lo hubiera conocido como yo. El Izan que intentaba disfrazarse de calma se desvaneció y dejó paso al de siempre… al que no pedía, al que exigía, al que no sabía soltar.

―¿Te crees muy valiente ahora porque llevas una peluca y meneas el culo para millonarios? Conozco tu secreto, Luna.

No me sorprendía. Era un jodido acosador. Lo había visto demasiadas veces merodeando cerca del club, plantado en la acera de enfrente, fingiendo mirar el móvil mientras me vigilaba como una alimaña. Cada noche, al salir de la mansión de los Brauer, sentía esa presión en la nuca… esa sensación pegajosa de estar siendo observada.

―¿Y qué vas a hacer con mi secretito, Izan? ―inquirí―. ¿Chantajearme? ¿Amenazarme? ¿O vas a llorar porque ya no puedes controlarme?

Sus dedos se cerraron en puños.

―No sabes con quién te estás metiendo. Ese sitio, esa gente… te van a destrozar.

―¿Hablas desde la experiencia? ―repliqué―. Porque si hay alguien que sabe cómo romper a una mujer… eres tú.

Abrí la puerta del taxi y el aire de dentro me golpeó con ese olor a ambientador de limón, demasiado limpio para el caos de mierda que dejaba atrás, pero también con una extraña sensación de salvación. Antes de sentarme, lo miré por encima del hombro, sosteniéndole la mirada.

―La diferencia entre los hombres que pagan por verme bailar y tú es simple: ellos no me tocan ni me hieren. Tú sí. Y por eso estás exactamente donde mereces estar.

Cerré la puerta y lo dejé ahí, con el orgullo herido.

Me incliné hacia el cristal, lo suficiente para que mi reflejo se mezclara con la calle que se alejaba, y susurré, dejando que el aliento empañara el vidrio:

―Las mariposas nunca vuelven al capullo del que escaparon…