8 #2
Mi padre aún no había partido, pero debía empezar a imponer mi autoridad sobre el personal.
―Nadie entra ni sale sin mi autorización. Nadie se acerca a Dustin sin pasar antes por mí. A partir de ahora, las salidas del personal quedan restringidas: las puertas se cerrarán a las 22:00 y no volverán a abrirse. Cualquier conversación innecesaria… ―Incliné levemente la cabeza, dejando asomar una sonrisa oscura―… será motivo de despido inmediato. O algo peor.
―Como usted ordene, señor ―respondió en un susurro.
Luna permanecía detrás de Dustin, aferrándose a su sombra como si pudiera volverse invisible entre otros cuerpos.
Ingenua…
No existía rincón lo bastante oscuro para borrarla de mi vista. Ningún refugio capaz de arrancarla de mí…
Pero sus ojos… esos malditos ojos la delataban sin remedio: marrones, profundos, afilados como cuchillas. No había sumisión en ellos ni rastro de obediencia, solo una furia contenida, de las que no estallaban al primer impulso, sino que ardían despacio bajo la superficie, como brasas esperando el soplo justo para incendiarlo todo. Lo peor no era ese fuego, sino la forma en que me miraba: su desprecio no dudaba, iba directo a mi yugular.
No me temía, aún no, y esa mezcla de coraje y fragilidad me atrapaba de un modo incómodo, peligroso, porque la hacía distinta… irresistible. Una mariposa que se atrevía a desafiar a la araña, batiendo las alas sin entender del todo el filo que la rodeaba.
Sonreí mientras la observaba desde mi posición, erguido, dueño de la mansión y de todo lo que respiraba dentro de estas paredes. El juego ya no estaba en sus manos; había terminado para ella antes incluso de que entendiera las reglas.
―Y en cuanto a la limpieza de mi habitación…
Adelaida levantó las manos como si intentara detener una bala antes de que saliera del cañón.
―No se preocupe, señor Brauer. En esta casa todos sabemos que esa puerta no se cruza. Nadie entra ahí, ni siquiera su padre o su hermano.
―Esa restricción ha cambiado ―dije con una calma que no invitaba a réplica―. A partir de ahora, Luna se encargará de mi habitación.
El impacto en Adelaida fue inmediato: la sangre se le esfumó del rostro, como si una ventana al invierno más cruel se hubiera abierto de golpe ante ella.
―¿Lu-Luna? ―logró articular―. Hay otras sirvientas más cualificadas.
―¿Acaso estás sorda?
―No, señor, pero…
Avancé y ella se encogió sobre sí misma.
―¿Te pagan por opinar o por obedecer?
Su garganta tembló al tragar saliva.
―Por obedecer.
―Dann gehorche (Entonces obedece).
Asintió sin rechistar.
Desvié la atención hacia Luna. Tenía los ojos vidriosos, lágrimas contenidas que se negaba a derramar, pero no apartó la mirada de mí.
Oh, mein Gott! (Oh, Dios mío).
Terminaría de rodillas, de un modo u otro; no para rezar, sino para suplicarme, con la voz rota y los labios temblorosos, mientras yo decidía si merecía el cielo… o el infierno.
Scheiße (Joder).
El control absoluto sobre ella era una tentación obscena, un impulso que no pedía permiso ni conocía clemencia. Se instalaba bajo la piel y no se iba, empujándote a preguntarte hasta dónde podía estirarse una voluntad antes de romperse… o de transformarse en algo irreconocible. La idea de llevarla al límite, de verla enfrentarse a sí misma sin máscaras, era peligrosa e inevitable; porque había personas que no se quebraban como el cristal, sino que cambiaban en el fuego. Y en ella no solo había miedo. Sus pupilas dilatadas delataban una atracción confusa, casi prohibida. Y esa certeza me arrastraba también a mí, jodidamente fuerte, como si cada latido suyo encendiera el mío.
―¡Dustin!
Mi hermano corrió hacia mí, confiado, como si el mundo no estuviera hecho de cuchillos ocultos ni de amenazas, como si aún creyera ingenuamente que la vida podía atravesarse sin mirar dos veces a la oscuridad.
―¿Ja (Sí), Nik?
―Tenemos asuntos que tratar… ―dije, aunque la verdad se quedó encerrada detrás de mis dientes: «a mi manera».
Jamás sería capaz de hacerle a él lo que mi padre me hizo a mí, pero tampoco podía permitirme criarlo en la fragilidad. Las arañas no tejían para proteger, sino para cazar, para anticiparse al movimiento antes de que existiera. En un mundo donde nadie dudaba en morder primero, los que no aprendían a defenderse acababan convertidos en presa. Mi padre y la arpía de mi madre eran el ejemplo más claro. Desde que nacimos, a Dustin y a mí nos trataron con desdén, sin siquiera un gesto mínimo de ternura.
A mí no me criaron: me deshicieron y me reconstruyeron a golpes, a gritos, a base de miedo y disciplina. Cada lección venía envuelta en dolor, cada error se pagaba con violencia. Y al final lograron su propósito: convertirme en una máquina de matar sin compasión.
A veces los odiaba. Otras, casi les agradecía haberme vuelto intocable… o eso creía. Porque entonces apareció Luna y todo ese andamiaje empezó a agrietarse con una sola de sus miradas. Como si hubiera encontrado el único punto débil que ni siquiera yo sabía que tenía.
Sacudí la cabeza, intentando expulsarla de mis pensamientos, y tomé a Dustin por el hombro, guiándolo hacia el despacho. Antes de cruzar el pasillo, mi voz retumbó con claridad:
―Luther, behalte sie im Auge. Sei ihr Schatten. Ich will jeden ihrer Schritte kennen (Luther, mantenla vigilada. Sé su sombra. Quiero conocer cada uno de sus pasos).
Tal vez mi maldita mariposa tenía las alas suficientes para desgarrar la telaraña desde dentro. Y eso la convertía en la criatura más peligrosa que jamás había cruzado mi vida… algo imposible de encerrar, prever o controlar. Porque lo verdaderamente letal no siempre atacaba de frente, sino lo que, sin saberlo, empezaba a desarmarte desde dentro.