8
Mi padre nunca contaba la verdad. Nunca. Decía que se marcharía por «negocios» en unos días, pero todos sabíamos que sus negocios olían a pólvora, a sangre, a huesos rotos y a cuentas saldadas con muerte.
El despacho era un mausoleo disfrazado de estanterías repletas de libros que nadie abría, puros cuya ceniza caía como polvo de siglos y un aire cargado de poder y decadencia, con un matiz metálico que prefería no nombrar.
―Los Vanetto están jugando sucio ―dijo Egbert, sin levantar la vista de su vaso de whisky.
―Siempre lo han hecho ―respondí, reclinándome en la silla, dejando que el respaldo crujiera bajo mi peso.
―Pero ahora intentan hacerlo en nuestro territorio.
Suspiré, apretando la mandíbula.
―¿En Alemania?
Asintió con la expresión tan inmutable y tensa como el nudo perfectamente alineado de su corbata. Mi padre era así: impecable en apariencia, incluso mientras tejía con frialdad la miseria de otros.
―Francesco Vanetto ha enviado a sus hijos, Alessandro y Niccolo. Se atreven a llamarlo «vacaciones». Dicen que vienen a conocer nuestras tierras, a estrechar lazos, a saborear nuestros manjares… y a apostar al póker en nuestros clubes.
Rodé los ojos. El teatro diplomático nunca fue mi fuerte. Siempre preferí los métodos más… definitivos.
―No me trago sus mierdas ―dijo, inclinándose hacia mí―. Ya sabes el dicho: incluso una serpiente dormida en tu cama puede clavar sus colmillos cuando menos lo esperas.
―Entonces deshazte de ellos.
―No todavía. A veces es más provechoso tener al enemigo a tu lado que bajo tierra.
El vaso volvió a sus labios y la luz del despacho se incendió en su cristal, como si bebiera fuego en lugar de licor.
―Quiero que los vigiles, Niklaus. Que tu sombra los persiga. Que cada respiración les resulte incierta, que duden de cada gesto, de cada voz, de todo aquel que ose acercarse.
Matar me resultaba natural. Pero observar, desgastar, manipular hasta quebrar… eso demandaba paciencia. Y la paciencia jamás había sido mi aliada.
―Lo haré ―respondí.
Tomó un sorbo pausado y sus ojos se entrecerraron, evaluándome.
―Luis Romero sigue siendo nuestro aliado. ―Giró el vaso entre los dedos―. No tiene herederos y confía en ti más que en mí. Escúchalo. Mantenlo cerca, pero no le entregues el alma… ni a nadie. En esta familia solo hay una regla, Niklaus: o eres el cazador, o eres la presa.
Cazador y presa. Araña y mariposa…
Las palabras se hundieron en mi mente como un gancho afilado, arrastrando a la superficie aquello que me negaba a reconocer.
Fijé la mirada en él, intentando concentrarme en la conversación. Era imposible. Mi atención no estaba en los Vanetto ni en Luis Romero… estaba en ella. En Luna. Una chispa diminuta rodeada de pólvora a punto de estallar.
¿Qué maldita razón tenía esa mujer para invadir cada rincón de mi mente?
No era especialmente hermosa ni perfecta. No había nada en ella que justificara la fascinación que encendía mi sangre cada vez que recordaba su mirada. Y, sin embargo, ahí estaba: arruinándolo todo desde dentro, robando mi concentración. Incluso mientras mi padre hablaba de enemigos capaces de arrancarnos el corazón, su rostro se interponía en cada pensamiento estratégico.
―Si las cosas se complican con los Vanetto… si deciden traicionarnos… ―volvió a hablar―… haz lo que mejor sabes hacer.
―¿Matar sin dejar rastro? ―pregunté con la voz vacía.
Él esbozó una sonrisa fría.
―Eso mismo.
En nuestro mundo no había lugar para debilidades. Y Luna… era precisamente eso: una fisura que amenazaba con quebrar mi eje, la única que, en treinta y ocho años, había logrado hacerme perder el control. Por eso era más letal que cualquier Vanetto armado.
Negué con la cabeza, intentando sacudirla de mis pensamientos, aunque sabía que era en vano. Las piezas del puzle comenzaban a alinearse, revelando un patrón que me aterraba…
―Te vas a Italia en unos días para cerrar el trato de la venta de armas, ¿verdad? ―pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
Necesitaba escucharlo de su propia boca. Ver cómo lo decía sin un solo titubeo.
―Planeas reunirte con Francesco Vanetto ―dije con el tono endurecido―. Por eso sus hijos están en Alemania. Si tú le fallas… ellos nos harán pagar. Pero si él te falla a ti…
―Tú los matarás. Así que te dejo al mando, Niklaus. Tienes la frialdad suficiente para hacer lo que se requiera. Tus manos nunca dudan, ni siquiera al apretar el gatillo.
Como si eso fuera un elogio, como si arrastrar muertos en mi conciencia se tratara de un logro.
―Acabas de decir que Romero es nuestro aliado ―murmuré, arqueando ligeramente el ceño―. Si se entera de que estás negociando con su enemigo…
Dibujó una mueca torcida, carente de humor.
La Mafia Española y la Alemana compartíamos un pacto limpio, casi fraternal. La venta de armas debía consolidar nuestro poder frente a los Vanetto, no romper lo que ya estaba construido.
―Romero es un perro viejo con un pie en la tumba. Leal, sí, pero la lealtad también muerde cuando se rompe. Por eso este asunto sigue fuera de su radar. Ya no sueña con horizontes ni con guerras por ganar. Los Vanetto, en cambio, acechan con hambre, listos para reclamar lo que creen suyo. Esa es la ferocidad que nuestra familia necesita.
Un acuerdo a espaldas de la Mafia Española, un intercambio de armas con los adversarios de nuestro aliado, un error que podía desatar el caos en todo el continente.
―Si Romero llega a preguntar por mis encuentros con los italianos ―prosiguió―, diremos que se trata únicamente de una operación puntual. Un intercambio de información, sin más.
―¿Y si no se lo traga? ―dije, consciente de la brutal honestidad que iba a recibir.
―Entonces también sabrás cómo manejarlo sin dejar rastro.
Me lo soltó como quien anunciaba que mañana iba a llover. Como si eliminar a Luis Romero ―el hombre que me había dado acceso a su mundo y confiado en mí como un padre de verdad― fuera tan fácil como tachar una nota en un cuaderno.
―¿De verdad crees que puedes jugar a dos bandas y salir ileso? ―inquirí, y mi mente se deslizó nuevamente hacia Luna.
«¿Crees que puedes jugar a dos bandas?».
Sus ojos marrones ardían en mi memoria como brasas vivas, indómitos tras el velo de sus gafas, imposibles de doblegar. Luna, mein Schmetterling, se había colado en el único terreno que ni los hombres más valientes se atrevían a pisar: mi telaraña.
―No ―respondió mi padre, devolviéndome al presente de un tirón―. Yo no juego. Yo gano. ¿Acaso has visto alguna vez a un Brauer rendirse?
Egbert no era solo un estratega con cuerpo de soldado y corazón de hierro. Era un depredador capaz de borrar de un plumazo a quien se interpusiera, sin importar si era aliado o enemigo.
―Los hijos de Francesco son ambiciosos y estúpidos ―continuó―. Pretenden extenderse en Alemania, pero Berlín ya tiene dueño. ―Me señaló con la barbilla―. Haz que lo entiendan. Por las buenas… o por las malas.
Se incorporó y lo acompañé hasta la puerta principal.
―Una cosa más ―murmuró mientras nos acercábamos al recibidor. Los sirvientes estaban en posición: cabezas agachadas, respiraciones contenidas y atentos a cada uno de nuestros movimientos―. Sé duro con tu hermano. Enséñale lo que significa ser un Brauer.
Me vi a mí mismo en sus ojos cuando era un niño, sosteniendo una pistola con manos temblorosas por primera vez, apuntando a un extraño, mientras la advertencia de mi padre retumbaba en mi interior: «o matas, o mueres».
―¿Quieres que lo golpee? ―pregunté, intentando que la seguridad de mi voz ocultara el temblor que aún me atrapaban esos recuerdos.
―Quiero que lo forjes como te forjé a ti: a golpes, a gritos, a muerte. Que sienta en sus huesos lo que tú aprendiste cuando te obligué a apretar el gatillo.
Finalmente, todo volvió a mí: el estruendo de la pistola, la sangre tibia bajo mis pies descalzos y los sollozos que mi padre apagó a bofetadas. Llorar estaba prohibido para los Brauer.
―No quiero repetir tu historia ―dije.
―No es una historia. Es nuestro legado.
Y mientras sus palabras me aplastaban como un yugo de hierro, comprendí que la maldición de los Brauer se transmitía de padres a hijos. ¿Ese era el destino de mi descendencia?
Scheiße (Joder)…
Dustin permanecía al fondo, ajeno al peso de la conversación, y junto a él, Luna mantenía las manos entrelazadas sobre el delantal. Sus ojos estaban fijos en un punto del suelo que nadie más parecía notar, mientras las gafas se le deslizaban por la nariz. El cabello oscuro y desordenado le ocultaba parcialmente el rostro, pero la tensión se le escapaba en los dedos temblorosos, en la respiración irregular y en la rigidez de los hombros…
«Le ruego», murmuró su voz dentro de mi cabeza.
No pude apartar la vista de ella. Me lamí el labio inferior, y un cosquilleo me recorrió la boca, como si el eco de su súplica se me hubiera quedado pegado. Pero mi padre destrozó ese instante:
―Bring diese Schlampe in ihre Schranken! Die Diener haben mir erzählt, dass sie mit Dustin spielt und ihn weich macht (¡Pon a esa zorra en su lugar! Los criados me dijeron que está jugando con Dustin y lo está ablandando). Ich dulde keinen Verrat in meinem eigenen Haus (No tolero la traición en mi propia casa).
La mandíbula se me tensó hasta doler, la ira burbujeando bajo mi piel al oírlo menospreciar a Luna. Aun así, solo asentí.
Salió de la mansión y el cierre de la puerta resonó sordo y metálico, un presagio de muerte que aún vibraba entre las paredes del recibidor.
Luther apareció a mi lado, con su traje negro recién planchado y su cabello rubio perfectamente peinado hacia atrás. Sus ojos recorrieron el entorno con una precisión fría, como si ya estuviera resolviendo problemas que aún no existían. Era mi mano derecha, mi escudo; uno de los pocos capaces de matar sin pestañear y, después, ajustarse la chaqueta con una calma que rozaba la insolencia.
―Adelaida ―hablé.
Dio un paso al frente.
―Señor Brauer.
La observé durante unos segundos, dejando que el silencio la mordiera.
―Habrá cambios en la mansión. Nuevas normas.