7
En el sótano, entre pasillos estrechos y mal iluminados, con la pintura descascarándose como piel vieja de las paredes, tuberías que gemían al ritmo de la noche y un olor persistente a humedad que ni los ambientadores industriales conseguían disimular, vivíamos los empleados de la mansión.
Un mundo bajo el mundo. Invisible. Olvidado a propósito.
Al menos tenía mi propia cama, un baño con ducha y, lo más valioso de todo, una puerta con pestillo. Un pequeño lujo que, en aquel lugar, se sentía como algo prohibido.
Suspiré mientras terminaba de abrocharme el uniforme ―falda, delantal y camisa blanca―, y me alisé el cabello con manos metódicas, como si ese gesto pudiera construirme una versión más presentable de mí misma. Más firme. Más intocable. Más… «no me comáis viva, por favor».
Abrí la puerta de mi habitación y salí al pasillo, donde tres bombillas parpadeaban como si dudaran entre iluminar el camino o apagarse definitivamente. Creí estar lista para otro día… hasta que levanté la mirada y lo vi.
Niklaus estaba recostado contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho, enfundado en un traje negro. La camisa entallada, con las mangas remangadas hasta los codos, dejaba a la vista unos antebrazos firmes, tensos y tatuados.
Clic–clac. Clic–clac.
Jugaba con un mechero, abriendo y cerrando la tapa con una calma deliberada. Sentí un tirón en el estómago, pero no retrocedí. Respiré hondo, alzando la barbilla, y lo miré directamente a los ojos, aunque por dentro todo en mí temblaba.
―¿Te lo has pasado bien con el niño, sirvienta? ―preguntó con ese acento alemán cortante.
―Señor Brauer… ―musité.
―No me respondas con miedo si vas a mentirme ―dijo, avanzando unos pasos, lo justo para invadir mi espacio sin necesidad de tocarme.
Fruncí el ceño, molesta.
―No deberías acercarte a mi hermano. ―Su voz se volvió más baja―. No necesita una mascota ni una niñera… ni alguien que intente ablandarlo.
Quise replicar, defenderme, soltar una respuesta ingeniosa que me devolviera el control… pero sus ojos me lo impidieron. Me atraparon, como si cualquier palabra que intentara formar ya hubiera sido juzgada antes de nacer.
―¿Sabes cuál es tu función en esta casa? ―Su ceja se arqueó y una sonrisa fría, insinuada, le cruzó los labios―. Limpiar. Servir. Callar. Obedecer.
Mi mirada se endureció, aunque no duró. El susto me ganó cuando extendió el brazo y derribó el jarrón de la mesita del pasillo. El cristal estalló contra el suelo y el agua se desbordó en un charco rápido.
―Límpialo. Ahora.
Mi cuerpo se quedó inmóvil.
―De rodillas, Schmetterling.
No entendía el alemán, pero esa palabra sonó a castigo, a humillación.
Dio otro paso, el mechero todavía chispeando entre sus dedos, un recordatorio de lo fácil que le resultaría reducirme a cenizas si decidiera hacerlo.
―Te crees especial, ¿verdad? ―susurró, demasiado cerca. Pude oler su aliento: tabaco y whisky, una mezcla que debería haberme repelido… pero no lo hizo.
Mi pecho subía y bajaba con rapidez, como si respirar fuera un desafío y una rendición al mismo tiempo.
Lo odiaba. Lo juré por todo lo que me quedaba. Odiaba su soberbia, su crueldad, y la facilidad con la que podía desarmarme con una sola mirada.
―¿Crees que puedes jugar a dos bandas? ―murmuró, inclinándose sobre mí.
Mi espalda chocó contra la pared.
―No lo mires.
―¿Qué? ―balbuceé.
―No lo mires así. No le des esperanzas. No lo conviertas en algo débil. Porque yo… no voy a ser indulgente.
Tragué saliva, notando de pronto la boca seca.
―No soy un hombre que repite las cosas, Schmetterling.
Golpeó la palma de su mano izquierda contra la pared, justo a la altura de mi rostro. El impacto me arrancó un gemido involuntario… más miedo que cualquier otra cosa, aunque el pulso traicionero en mi entrepierna se negara a seguir esa misma lógica. Joder… estaba excitada.
―He dicho… de rodillas.
Mi piel ardía con cada centímetro de su cercanía, con esos ojos azules clavados en los míos como si no estuviera mirándome, sino desnudándome por dentro. Y aun así sentía que, de algún modo, ya me había encontrado.
―¿De verdad quieres desafiarme? ―Su otra mano rozó mi antebrazo.
―No… ―jadeé.
―Entonces haz lo que te ordeno, Scheiße (joder)… ―susurró, despejando la palma de la pared. Su dedo índice, tatuado con la pata de la araña y enfundado en su anillo, rozó la curva de mi mandíbula.
Sentí cómo mi orgullo y mi resistencia empezaban a quebrarse. Estaba a punto de ceder, de perder lo poco que me quedaba de control…
―¡Lunaaaa! ―La voz de Dustin nos arrastró a ambos de vuelta a la realidad.
Niklaus cerró los ojos con fastidio.
―¡Te has dejado el sombrero! ¡Mañana tenemos que seguir con el ensayo! ―volvió a gritar desde la entrada del sótano.
Niklaus abrió los ojos de golpe y me fulminó con la mirada. Se acercó de nuevo y apoyó el antebrazo por encima de mi cabeza, encerrándome contra la pared. Su sombra me cubrió por completo, como un eclipse. Era altísimo.
―Jetzt bist du Eigentum der Spinne, mein Schmetterling (Ahora eres propiedad de la araña, mi mariposa) ―gruñó contra mi oído.
No me hizo falta traducción para entender el peligro en su voz.
Luego se apartó, y el pasillo pareció temblar mientras se alejaba.
Dustin bajó las escaleras dando saltos, tarareando la canción del ensayo, sin ser consciente de que acababa de interrumpir una escena que podría haberme cambiado la vida para siempre.
Haber desafiado al Príncipe Oscuro de la Spinnenmafia era una sentencia de muerte, una puerta abierta al infierno… y yo ya tenía un pie dentro.