BOLBORETA 6
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El cielo estaba encapotado, pero el jardín vibraba con una energía que ni las nubes lograban apagar. Dustin giró sobre sí mismo, con las botas camperas hundiéndose en la hierba, el sombrero ladeado y la camisa de cuadros anudada a la cintura, como un vaquero arrancado de una película del lejano oeste.

―¡Yeehaw! ¡Otra vez, Luna! ¡Desde el estribillo! ―gritó con entusiasmo, señalando su pequeño altavoz portátil desde donde «Footloose» retumbaba como si fuera la banda sonora oficial del universo entero.

Reí, incapaz de contenerme.

―¿Otra vez? ¿Qué clase de esclavitud es esta?

―La mejor. ―Hizo una reverencia exagerada―. Yo soy el sheriff y tú eres la forajida más buscada de Texas.

Entrecerré los ojos y me crucé de brazos.

―¿La más buscada por robar qué?

Su sonrisa se amplió.

―Corazones ―respondió, visiblemente encantado con su propio chiste, tan satisfecho que casi perdió el equilibrio.

Las botas le quedaban al menos dos tallas más grandes, así que se le salían cada dos pasos, pero él se empeñaba en llevarlas porque, según decía, «los cowboys de verdad no usan zapatillas».

―Uff… qué cliché ―me burlé―. Tienes que mejorar tus líneas si quieres que las chicas se rindan a tus pies.

Fingió ofenderse, llevándose una mano al pecho como si le hubiera disparado.

―¿Y qué sugieres?

―Prueba con: «Hola, soy Dustin Brauer y sé bailar Footloose sin romperme los tobillos».

―¡Mentira! ―protestó de inmediato―. ¡Casi me los rompo hace cinco segundos!

Me encogí de hombros sin perder la sonrisa.

―Y aun así sigues en pie, vaquero. ―Le guiñé un ojo.

Llevábamos ya tres ensayos y medio y ninguno había salido perfecto, pero daba igual. No importaba en absoluto. Verlo así, riéndose como si el mundo no pesara… joder. Si pudiera embotellar esa risa, la cerraría bajo llave y la guardaría.

―¡Vamos, vaquero! ―le grité, acomodándome el sombrero de paja de mala muerte que habíamos encontrado en el desván.

Dustin tropezó, yo también, y acabamos rodando por el césped mojado, empapándonos. El aire se llenó de carcajadas sin orden ni dignidad.

Nos levantamos como pudimos y seguimos dando pasos descoordinados con los brazos en alto. Justo cuando giré una vez más, algo me atravesó: una punzada helada que me recorrió la nuca y me obligó a detenerme en seco.

Mi sonrisa se apagó, suspendida en mis labios… alguien me estaba observando.

Alcé la vista despacio, con la respiración atrapada en la garganta, y vi a Niklaus apoyado en la barandilla del balcón del piso superior, como si hubiera estado horas espiándome.

El cielo gris, cargado de lluvia, pareció inclinarse sobre él. Su cabello mojado caía en mechones desordenados sobre su frente, pegándose a un rostro demasiado hermoso para encajar en una vida tan oscura. No llevaba camiseta y el agua resbalaba por los tatuajes que le recorrían el pecho y los brazos, líneas negras que se enroscaban en su piel como si quisieran protegerlo y, al mismo tiempo, advertir a cualquiera que se atreviera a acercarse.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo sin prisa, sin disimulo. Sentí su mirada como una caricia no pedida, dejándome inmóvil. Y aunque una parte de mí quería esconderse, desaparecer, la otra ―la que no sabía controlar y detestaba admitir― se quedó enraizada en el césped, atrapada por él.

No dejó de observarme ni un segundo.

Dustin, ajeno a la tensión que apretaba el aire entre su hermano y yo, siguió riendo y avanzó unos pasos más, hasta que se dio cuenta de que yo ya no lo seguía.

Quise romper la conexión con Niklaus, mirar a otro lado, pero me descubrí sosteniéndole la mirada, negándome a ser la presa dócil que parecía esperar.

Sabía que no debía estar bailando con Dustin, porque había reglas, ni mirar de esa forma a un Brauer, mucho menos al primogénito. En esta casa, en esta ciudad, en este país… en este imperio levantado con sangre, dinero y miedo, todo tenía límites. Y él era el centro de todos ellos.

Dustin, en su inocencia, seguía siendo solo un niño… uno que aún no sabía que bajo su piel también podía germinar la misma oscuridad que ya corría por las venas de su hermano. Tarde o temprano, ese mundo lo reclamaría. El apellido Brauer acabaría encontrándolo.

Sí, algún día… pero no todavía. No mientras yo aún pudiera mantenerlo a salvo.

Parpadeé varias veces, intentando encajar los pensamientos. Pero cuando volví a fijar la mirada en el balcón… él ya no estaba.

Niklaus era el heredero de una familia que castigaba cualquier desliz, cualquier gesto fuera de lugar, cualquier grieta que amenazara su orden. En su mundo no existían los errores… solo consecuencias.

Sentí terror, pero no por lo que pudiera hacerme a mí, sino por lo que su furia pudiera hacerle a su hermano. Porque en familias como la suya, la sangre no siempre protegía. A veces, condenaba primero.

―¿Luna? ―preguntó Dustin, ladeando la cabeza como un cachorro curioso―. ¿Estás bien?

Le sonreí. Una sonrisa frágil, perfecta en apariencia… pero falsa.

―Claro, vaquero ―murmuré mientras le acomodaba el sombrero torcido―. Solo me distraje un segundo.

―¡Pues sigamos bailando!

Y mientras lo veía moverse, derrochando felicidad, supe que Niklaus no había desaparecido. Solo aguardaba, paciente, el momento exacto para aparecer donde más doliera.