BOLBORETA 5
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El humo del cigarro se elevaba en espirales lentas, como si quisiera arrastrarme lejos de allí. Pero era inútil. Nada conseguía apartar mis pensamientos de ella. La música del club ―ese bajo cavernoso, sucio― golpeaba contra mi pecho como un segundo corazón que no me pertenecía, más oscuro, más violento… uno que latía al ritmo de todo lo que me negaba a sentir.

Una rubia se acercó a mí, de esas que buscaban calor en la noche sin demasiadas preguntas. Sus uñas rozaron mi cuello en un gesto directo, casi invasivo, reclamando una atención que no estaba dispuesto a darle.

―Gott (Dios)… ―murmuré entre dientes, apretando la mandíbula hasta sentirla crujir.

Pero no era ella la que me alteraba. No era su olor, ni su tacto, ni su cuerpo rozando el mío lo que me tenía al límite. Era otra cosa… alguien que, hiciera lo que hiciera, pensara lo que pensara, seguía clavada bajo mi piel: Luna. La sirvienta, con esa cara de no haber roto un plato en su vida. La misma que me arruinó la noche desde el instante en que la vi en la mansión, inclinándose para servirme vino blanco, como si no tuviera la menor idea del efecto que provocaba.

Scheiße (Joder)…

La ironía me cabreó todavía más. La detestaba, no por el maldito vino ni por su torpeza, sino porque había cruzado una línea que nadie debía tocar: mis jodidas reglas, las únicas que mantenían encadenado esa parte de mí que, bajo ninguna circunstancia, debía despertar.

«Le ruego que me disculpe…». Su voz volvió a mi cabeza, suave, educada, como si de verdad creyera que podía pedir perdón por cualquier cosa y salir ilesa.

La recordé bajo mi mano, su muñeca atrapada en mi agarre, mi araña tatuada contra su mariposa, frágil y ridícula, como si un solo movimiento pudiera destruirla. Depredador y presa. Un contraste absurdo que me volvía loco.

«Le ruego…».

Scheiße, Scheiße (Joder, joder).

Le di un trago al whisky, dejando que el alcohol ardiera al descender por mi garganta. Sabía a frustración… densa, amarga, imposible de ignorar sin que su recuerdo se filtrara de nuevo en mi mente.

Lo peor de todo fue verla aquí, en este agujero saturado de pecado y sexo, donde hombres como yo pagaban por romper mujeres… en la cama, en el suelo, en cualquier rincón.

«Bolboreta», la llamaban en el club.

¿De verdad pensaba que una peluca bastaría para engañarme?

Qué jodida ingenuidad…

La reconocería, aunque intentara borrarse del mundo, aunque se escondiera entre mil. Podía olerla, sentirla, intuirla… incluso antes de verla.

Luna me estaba pudriendo por dentro. Un veneno lento, exquisito; y yo lo bebía como si fuera lo único que me mantuviera vivo.

Cuando Tony ―el guardaespaldas más veterano del club― me dijo que ella iba a dar un baile privado, algo me reventó por dentro. No era miedo. Ni ira. Ni celos… aunque, joder, quizá sí lo eran.

¡Me cago en la puta!

La idea de que otro hombre la estuviera esperando en una de mis habitaciones privadas, listo para ponerle las manos encima… para follarla… me hizo hervir la sangre. Una rabia inmediata, de esas que no razonaban, solo arrasaban.

Nunca me había obsesionado con una mujer. Jamás. Y, sin embargo…

―Agg… ―gruñí, vaciando el último trago de whisky, ya diluido por el hielo, como si incluso la bebida hubiera perdido la fuerza para seguir conmigo.

―Tienes cara de querer matar a alguien ―ronroneó ella, deslizando las uñas por mi pecho, como si yo fuera uno de esos hombres patéticos que se perdían en piel ajena para olvidar su propia miseria.

La aparté de un manotazo sin mirarla. No había paciencia, ni interés… ni siquiera intención de fingir lo contrario.

―Vete. Ahora.

―¡Creí que querías pasar la noche conmigo!

La miré una sola vez y le borré la sonrisa. Se fue sin atreverse a volver la vista atrás, como si supiera que hacerlo sería un error. Inteligente… al menos para ella.

Me quedé solo, con las manos tensas sobre las rodillas y el corazón golpeándome el pecho, como si quisiera escapar de mí.

Lo que sentía por Luna no tenía explicación, ni lógica, ni control. Era una necesidad sucia, obsesiva, que me quemaba por dentro. Quería que temblara al oír mi nombre, que se rompiera al pronunciar mi apellido, que entendiera, sin dudas, que ya la había marcado… que era mía.

Y aun así no era suficiente. Una parte de mí anhelaba aplastarla sin piedad, solo para comprobar si se apagaba esta necesidad que me devoraba por dentro.

Scheiße! (¡Joder!).

Me repugnaba cómo se había colado en mí, cómo incluso al cerrar los ojos aparecía su maldita cara. Me consumía odiarla y desearla al mismo tiempo. Y por eso iba a destruirla. Era la única forma de recuperar el control.

Observé el tatuaje de la araña en mi mano y apreté el vaso hasta que las venas se me marcaron como cables tensos, haciendo que la criatura de tinta pareciera cobrar vida bajo mi piel, inquieta… hambrienta de una mariposa en concreto.

―Las mariposas no sobreviven cuando caen en una telaraña ―susurré, dejando que la frase se deslizara entre mis dientes.

Y mientras una sonrisa oscura se dibujaba en mi rostro, pensé en lo que nunca diría en voz alta:

«No pienso dejarte escapar, mein Schmetterling».