BOLBORETA 4
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La música vibraba en mis huesos y arrastraba mis pensamientos hacia la penumbra del club, donde las luces rojas danzaban sobre cuerpos sudorosos en movimiento.

Aquí, la belleza era un juego cruel. No importaba quién fueras: bajo esa luz engañosa que lo suavizaba todo, los hombres no veían personas, solo carne… solo sexo.

En comparación con mis compañeras explosivas ―mujeres moldeadas por fantasías masculinas, con curvas imposibles, pechos enormes y labios que prometían pecado― yo era todo lo contrario: abdomen flácido, muslos marcados por estrías y celulitis, una espalda ligeramente curvada… y una genética que nunca jugó a mi favor.

Estaba sola en el camerino ―aunque ellas preferían llamarlo «backstage», como si cambiar el nombre pudiera disfrazar lo que era―, sentada frente al espejo.

Acaricié el tatuaje de la mariposa y pensé en él… en sus dedos firmes sobre mi piel, en su mirada capaz de desnudarme sin tocarme, en su voz… que seguía resonando incluso en su ausencia.

―Cambio de turno, Bolboreta.

La puerta se abrió de golpe, empujada con la cadera y cerrada con el golpe seco de un tacón contra el suelo. Era Panther (Pantera), una de las veteranas. Me escaneó en un segundo y desapareció por el pasillo.

En el club, nadie conocía nuestros nombres reales. Ninguna de nosotras los revelaba por seguridad, y porque dejar de ser alguien era parte del trato. Yo elegí Bolboreta: mariposa, en gallego. Por el dolor grabado en la memoria y por una idea de libertad que solo existía cuando bailaba, mientras mis alas invisibles intentaban no romperse del todo.

Me quité las gafas de miopía. Las llevaba siempre si no quería estar casi ciega, pero eso era justo lo que buscaba aquí: no ver nada… para no sentirme culpable.

Me desaté la peluca borgoña, larga y lacia, que cayó sobre mis hombros como sangre. Pinté mis labios de rojo oscuro y me puse el «uniforme»: provocativo, sí, pero controlado. Nada de pezones al aire ni hilos que apenas cubrieran mi chumino. Solo un corsé que comprimía mi cintura y unas medias de red que acentuaban mis piernas.

Ganaba un sueldo decente como sirvienta; no tenía necesidad de trabajar como bailarina en un club, pero era el único lugar donde me sentía libre… sin estar bajo la sombra de ningún Brauer, aunque fueran los propietarios del local. Sonreí con cierta satisfacción. Ellos no tenían ni idea de ese secreto, y esperaba que siguiera siendo así…

El club ofrecía bailes privados, la mayoría con «final feliz». Bah, seamos claros… sexo, puro y duro. Habían intentado convencerme en más de una ocasión; pagaban muchísimo dinero, pero yo solo bailaba en la barra o en privado. No tenía problema con eso… siempre que no hubiera contacto, ni desnudez completa. Por ahora.

Tony me aguardaba en el pasillo. Dos metros de músculo y una expresión capaz de intimidar a cualquiera, aunque tras esa fachada de matón hubiera algo distinto. Siempre había estado ahí para mí. Nunca cruzó límites, nunca preguntó.

―Sala cinco. Cliente nuevo ―dijo, inclinando la cabeza para que lo siguiera.

Rodé los ojos, exagerando la tragedia.

―¿Por qué siempre me toca lidiar con los novatos? Ya sabes… las corridas en los pantalones en tiempo récord me vuelven loca ―comenté con ironía.

Tony resopló divertido.

―Podría ser peor… podrías estar con Dieter, ¿recuerdas? El del bigote gigante. Te pidió que bailaras con una careta de caballo. Die Stute! ―exclamó en alemán, traduciéndolo después―: ¡La yegua! Quería que relincharas en su oreja. Increíble.

―Dios, Tony… ―musité, escondiendo la cara entre las manos―. No me lo recuerdes. Me dejó traumada con las granjas… ahora veo un establo y me sudan las manos.

―Si algún día apareces con una peluca de crin y herraduras en los zapatos… me largo de este trabajo.

―¡Y yo contigo!

―No sé si a Gertrude le gustará la idea…

―Ah, la dulce y amorosa Gertrude ―dije, ajustándome el corsé que apenas contenía mis michelines―. ¿Sabes lo que me pidió? Si podía ponerme aceite con purpurina. ¡Aceite, Tony! ¡Como si fuera un maldito chuletón a punto de entrar al horno!

Soltó una carcajada estridente que rebotó por el pasillo. Por un momento, todo pareció normal… como si no estuviéramos en un club donde la dignidad se vendía más rápido que una línea de «polvo mágico» en el baño.

―Solo prométeme que, si me muero de vergüenza ahí dentro, recogerás mis cosas y le dirás al mundo que morí haciendo lo que amaba: bailar.

―Hecho. Pero también diré que eras una artista incomprendida y que te asesinó la purpurina. Una muerte trágica, pero con mucho brillo.

Reímos hasta que me salieron las lágrimas, arruinando el maquillaje. Él siempre lograba eso: hacerme reír en mis peores noches.

―¿Tony? ―murmuré, desconcertada, casi chocando contra su espalda cuando frenó en seco.

Me sujetó del brazo, evitando que cayera al suelo. Mi vista borrosa apenas lograba distinguir una figura frente a nosotros; entorné los ojos para enfocar, y entonces… esa voz grave, ronca, inconfundible…

―Wer ist sie? (¿Quién es ella?).

La impresión me dejó sin aliento. No podía ser…

Acercó el mechero a su rostro. Su pulgar, como la pata de la araña, levantó la tapa; la llama surgió al instante, roja, deformando sus rasgos con un brillo demoníaco. Inclinó el cigarrillo que colgaba de sus labios y aspiró en cortas caladas, avivando el fuego.

Sus ojos azules, fijos en el humo, se desviaron hacia mí justo cuando su dedo índice cerraba el mechero con un sordo clic que me hizo dar un respingo.

Solo entonces me fijé en su anillo: «NJDB».

El corazón me latía con fuerza, mientras un frío me subía por la espalda. Todo en él transmitía poder, amenaza y control absoluto… y, aun así, me sentía atraída, como si lo hubiera estado esperando toda la vida.

¡Merda! (¡Mierda!).

¿Ahora mi cuerpo iba a comportarse como una groupie hormonal?

Me odié un poco. No. Me odié mucho. No era momento de fijarme en lo peligrosamente irresistible que podía ser un mafioso capaz de matarme incluso con los ojos cerrados.

A su lado, Andrea, una rubia despampanante de piernas interminables, se colgó de su brazo, pero él ni siquiera la miró. Toda su atención estaba fija en mí.

―Guten Abend, Herr Brauer. Sie ist eine Tänzerin im Club… sie hat vor ein paar Monaten angefangen (Buenas noches, señor Brauer. Es una bailarina del club… empezó hace unos meses) ―respondió Tony.

Solo capté: «Guten Abend, Herr Brauer» y «Monaten».

Niklaus ladeó la cabeza, intentando descifrarme. Luego frunció el ceño y apretó la mandíbula, clavándome una mirada capaz de desenterrar cada uno de mis secretos.

―Wohin bringst du sie? (¿A dónde la llevas?) ―inquirió.

Tony dudó. Claro que dudó. Estaba ante el jefe… ante el Príncipe Oscuro al que todos temían.

―Ein Kunde wartet auf sie. Sie gibt einen privaten Tanz im Raum fünf (Un cliente la está esperando. Va a dar un baile privado en la sala cinco).

«Fünf». ¿Cinco? ¿Sala cinco?

¡¿De qué coño hablaban?!

Tony añadió, confundido:

―Warum? Kennen Sie sie? (¿Por qué? ¿La conoce?).

Niklaus dio una calada al cigarro antes de responder:

―Heute Nacht tanzt sie nicht. Bring sie in keinen privaten Raum. Ich will nicht, dass jemand sie anfasst … nicht einmal, dass jemand sie anschaut (Esta noche no va a bailar. No la lleves a ningún sitio a puerta cerrada. No quiero que nadie la toque… ni siquiera que la miren).

Tony asintió, aunque sin convicción. Nadie en su sano juicio contradecía a un Brauer… y los que lo hacían no solían vivir para contarlo.

Niklaus se giró para marcharse. El humo de su cigarro se deslizó hacia mí, envolviéndome, mientras Andrea intentaba seguirle el ritmo.

Tony me sujetó del brazo en cuanto los perdimos de vista.

―¿Qué te ha dicho? ―pregunté.

―Nada que debas saber.

―¿Nada? ―insistí.

Dejó escapar un suspiro lleno de resignación… que arrastraba secretos que no podía contar.

―Solo órdenes que debo cumplir.

―¿Qué tipo de órdenes?

―No es asunto tuyo.

―Tony, por favor… dime la verdad.

Me ignoró y me indicó que volviera al camerino.

―Joder, Tony…

―El cliente ha cancelado el baile.

―¿Qué? ¿Él… te ha dicho eso?

Una parte de mí temió lo peor: que Niklaus decidiera deshacerse de mí por no ser lo bastante atractiva.

―¿Y en la barra? ¿Puedo al menos bailar ahí? No necesito la sala cinco ni grandes propinas… solo déjame hacer algo.

Negó con la cabeza.

―Tony…

―¡Luna, esta noche no bailas! ―cortó―. Esta conversación ha terminado.

Dentro del club, solo él tenía derecho a llamarme así. Mi verdadero nombre solo existía en su boca… y en dos meses jamás lo había pronunciado. Hasta ahora.

Meu Deus (Dios mío)…

Algo estaba mal. Muy mal. El aire entero olía a peligro… sí, a Niklaus Johann Derek Brauer…