BOLBORETA 3
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La noche llegó demasiado pronto.

Los sirvientes nos movíamos en perfecta sincronía, sumisos y meticulosos: peinados inmaculados, uniformes impecables y miradas siempre bajas. Levantar los ojos hacia un Brauer era una provocación suicida.

Lo primero que quebró aquella falsa tranquilidad fue el arrastre de sillas, seguido de murmullos en alemán… voces de hombres. Pero entre todas ellas, una se impuso sobre las demás. Grave, ronca… como un hilo de seda negra cerrándose alrededor de la garganta.

Mi piel se erizó. Era una voz tan potente y magnética que podría pertenecer perfectamente al narrador de un audiolibro erótico… y no iba a mentir: yo sería la primera en comprarlo.

Me mordí el labio inferior, obligándome a mantener los pies firmes y la bandeja estable entre mis manos. El impulso de alzar la mirada y descubrir a quién pertenecía esa voz era tentador… peligrosamente tentador. Pero no lo hice; no era tan estúpida.

Apreté los dientes mientras el miedo me recorría las venas al percibir la presencia de Egbert Brauer. No era un simple hombre… era un carnicero con trajes a medida y relojes que costaban más que mi vida.

Lo temía… pero lo despreciaba aún más.

Lo único bueno de todo esto era que, con el regreso de su primogénito, Egbert desaparecería por un tiempo, cediéndole las riendas de «sus negocios».

Muchos decían que el señor Brauer se reuniría con su esposa. Una figura envuelta en silencio, casi una leyenda dentro de la mansión. Algunos susurraban que Isabella había abandonado a los hombres de su familia; otros, que vivía recluida en algún lugar del sur. Decían que no podía soportarlos… o quizá no podía soportarse a sí misma reflejada en ellos.

Solo Dios conocía la verdad… o tal vez ni siquiera Él lo sabía.

Sacudí la cabeza para expulsar esas ideas. La ausencia del señor Brauer haría la mansión un poco menos mortal… o al menos eso quería creer.

Porque lo que aún no comprendía era que Niklaus Brauer no era un alivio. Era el reemplazo de un monstruo por otro.

Egbert chasqueó los dedos y, como marionetas sujetas por hilos invisibles, todos nos pusimos en movimiento, sin rechistar.

Me dirigí hacia la mesa principal con la botella de vino tinto entre las manos. La primera copa, como siempre, era para él. No podía fallar.

Ni. Una. Sola. Maldita. Gota.

La última vez que lo hice, Egbert me abofeteó con tal fuerza que me abrió el labio. Después mentí a Dustin diciendo que me había tropezado… no podía permitir que su odio hacia su padre creciera por mi culpa.

Mientras servía el vino, noté cómo Adelaida se tensaba a mi lado. Egbert le susurró algo en alemán, con un tono afilado; su rostro se volvió pálido, casi translúcido.

¿De qué hablaban? ¿De mí?

Ese pensamiento me distrajo lo suficiente para que la botella titubeara sobre el borde de la siguiente copa. Pero, milagrosamente, no se derramó nada.

Una mano irrumpió en mi campo de visión y se apoderó de la botella. Grande, firme, masculina… cubierta por una araña negra de cuerpo abultado, cuyas patas se extendían por cada dedo como si el tatuaje respirara. En el índice, había un anillo de plata con las iniciales «NJDB», talladas en alto relieve.

¡Meu Deus! (Dios mío).

Tragué saliva y levanté la mirada con cautela: ojos azules, como los de Dustin, pero en ellos no había ternura ni inocencia… solo el vacío oscuro de alguien que había matado más veces de las que había dormido en paz.

Niklaus Johann Derek Brauer.

El fantasma de las historias susurradas a media voz por el personal. El hombre que, decían, ejecutaba con sus propias manos, marcadas por aquella araña tatuada.

Era hermoso, pero de una belleza salvaje que cortaba el aliento. Pómulos marcados, mandíbula firme, labios tensos… y una cicatriz fina sobre la ceja izquierda que no lo hacía menos atractivo, sino más peligroso.

Su cabello azabache caía con un desorden controlado sobre su frente, rompiendo la perfección de un atuendo impecable: todo negro, de la camisa a los zapatos, como si la luz no se atreviera a tocarlo. El chaleco de traje ceñido acentuaba su figura de casi dos metros, hecha para intimidar. Al cuello, la corbata medio desatada dejaba entrever nuevos tatuajes.

Olía a hombre… a cuero gastado, a madera oscura y a un aftershave caro.

No dijo nada. Ni una mirada de desprecio. Simplemente sostuvo la botella, me ayudó a servir la copa con absoluta indiferencia… y luego me ignoró por completo, como si fuera invisible, como si mi existencia no tuviera el menor valor.

Me acerqué a Dustin y le serví su zumo de piña. Me sonrió con esa chispa traviesa y le devolví un guiño cómplice.

Pero la calma… duró apenas un suspiro.

―¡Luna! ―tronó Adelaida.

Todas las miradas se posaron en mí.

Egbert apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos bajo la barbilla, expectante, alimentándose de mi nerviosismo como si fuera un entretenimiento privado. Adelaida me hizo un gesto con la cabeza, indicándome que me acercara.

―¿Por qué siempre yo? ―murmuré, arrastrándome hacia la cocina, resignada a mi suerte.

Me reprendió en su idioma… a saber qué estaría diciendo de mí. Probablemente algo sobre mi innato talento para tropezar con el aire.

Cuando me tendió la botella de vino blanco, tuve la absurda sensación de estar sosteniendo un fragmento de cristal puro, tan valioso que su precio podría cubrir un año entero de mi sueldo… y aún sobraría para brindar con él.

―¡Sírvelo tú! Niklaus adora el vino blanco.

Solté un suspiro de cansancio y avancé de nuevo hacia la mesa, mientras la atmósfera gélida del porche me envolvía.

Sentí la mirada de Niklaus mucho antes de llegar a su lado, pero me concentré en servirle el vino… hasta que su mano izquierda ―la de la araña― se cerró sobre mi muñeca, deteniéndome en seco, justo encima de mi tatuaje de mariposa.

Qué irónico, ¿verdad?

Los sirvientes se congelaron en mitad de sus tareas, sorprendidos. Incluso el tenedor de Egbert quedó suspendido sobre su boca.

Niklaus frunció el ceño y me taladró con la mirada.

―Ich hasse Weißwein ―escupió en alemán, sin soltarme―. Odio el vino blanco ―lo tradujo con frialdad.

Entreabrí los labios, como si la vida se drenara de mí de golpe.

¡Adelaida me había tendido una trampa!

Egbert dejó los cubiertos. Su mano descansó sobre la mesa, luciendo el anillo plateado en el meñique, similar al de su hijo, pero grabado con sus iniciales: «EB». Era esa misma mano con la que solía abofetearme.

―Nik, Luna no lo sabía… ―intervino Dustin―. Apenas lleva un par de meses trabajando aquí, no ha tenido tiempo de aprenderlo todo.

Niklaus no apartó su mirada de la mía. Su mano seguía cerrada sobre mi muñeca, posesiva, como si mi piel le perteneciera. Entonces desvió la vista hacia su hermano. El cambio en sus ojos fue mínimo, casi inexistente… pero suficiente para que Dustin recuperara algo de aire.

Sin embargo, Egbert se adueñó de la conversación:

―¿Qué te he dicho sobre no involucrarte en los asuntos de tu hermano?

Dustin se encogió sobre sí mismo, dominado por el miedo.

―Es tut mir leid, Papa (Lo siento, papá).

Egbert se recostó en el respaldo con la serenidad despiadada de un emperador, mirando a su heredero, antes de dictar sentencia.

―Hijo, si quieres que la despida ahora mismo…

―Nein (No) ―respondió Niklaus, tajante.

Y entonces me soltó. Mi muñeca ardía, un fuego sordo que ni el agua ni el hielo podían apagar. No había sangre ni moratones, pero la marca seguía ahí, más latente que cualquier herida.

―Le… le ruego que me disculpe ―murmuré, inclinándome en una reverencia automática.

Los ojos de Niklaus se encendieron con un brillo depredador, como si la palabra «ruego» hubiera rozado algo profundo en él. Como si le hubiera entregado algo que ni sabía que deseaba… pero que tomaría cuando quisiera.

Me alejé sin esperar su respuesta, mientras Egbert, a mi espalda, resoplaba con fastidio, molesto por no haber podido completar su castigo.

Rocé el hombro de Adelaida al pasar junto a ella y sonrió, no con burla, sino con tristeza: una mueca de renuncia, de años viendo desaparecer a compañeros del servicio y tragándose secretos para sobrevivir en aquella casa.

Apreté los puños, sabiendo que la única salida a la tensión era bailar hasta que los músculos dolieran y los pulmones ardieran, hasta arrancar de mi mente el recuerdo de sus ojos azul hielo y de su mano tatuada.

¡Esa maldita araña!

Pero mentiría si dijera que solo quería borrarlo… porque ya era demasiado tarde: su veneno circulaba por mi sistema nervioso. Niklaus Johann Derek Brauer vivía en mí, en mi mente… en cada latido. Y lo verdaderamente aterrador no era la huella que había dejado, sino lo que no podía admitir: que una parte de mí no sabía si quería expulsarlo… o dejar que se arraigara aún más, más profundo, hasta no poder distinguir dónde terminaba él y empezaba yo…