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La casa estaba patas arriba.

Los pasos apresurados del personal resonaban por los pasillos de mármol, como si el propio tiempo los persiguiera. Los criados ―porque al señor Brauer le gustaba llamarnos así, no sirvientes― iban de un lado a otro con gestos rígidos y manos temblorosas, mientras las lámparas de cristal proyectaban reflejos inquietantes sobre las paredes blancas.

Esa noche se celebraría una cena importante en la mansión. Y todos sabíamos lo que significaba una «reunión» en casa de los Brauer: negocios sucios disfrazados de veladas elegantes, donde las sonrisas eran máscaras y las miradas, cuchillos capaces de atravesarte sin que apenas lo notaras.

La familia no solo poseía hoteles y clubes nocturnos ―una fachada perfecta para blanquear dinero―; también controlaba los hilos de la mafia más poderosa: Die Spinnenmafia.

Pero aquella noche sería distinta. No contaríamos con socios ni capos como invitados. Era una cena de bienvenida. El hijo mayor del señor Brauer regresaba tras más de un año dirigiendo operaciones en España.

No lo conocía. Llevaba apenas unos meses trabajando en la mansión y, sinceramente, prefería mantenerme lejos de los asuntos de los Brauer. Cuanto más lejos, mejor. Aunque era una ironía cruel porque, de algún modo, mi vida ya estaba entrelazada con la de ellos.

De día, sirvienta. De noche, bailarina en uno de sus clubes. No… no estaba en posición de juzgar a nadie.

Cuando mi madre me abandonó, me lanzó al vacío sin red. No me quedó más remedio que desplegar mis alas y volar lejos del infierno que era mi casa: mi padre, un hombre consumido por el alcohol y la violencia, que confundía el amor con el castigo. Nunca volví a verla, pero tampoco sentí rencor. Tal vez, si yo hubiera sido ella, habría hecho lo mismo… habría elegido la supervivencia por encima de todo.

«Usa sempre as túas ás para evitar as arañeiras que se crucen no teu camiño (Usa siempre tus alas para evitar las telarañas que se crucen en tu camino)», me lo susurraba antes de dejarme en la cama con un beso de buenas noches que, con el tiempo, se convirtió en un beso de despedida.

Y eso hice. Volé. Lejos de casa, lejos de Galicia, sobreviviendo como pude, aprendiendo a no depender de nadie, a ser mi propia fuerza.

Pero si realmente quería romper con mi pasado, tenía que ir más lejos… fuera de España. Así que, a los treinta y dos años, me lancé a Alemania sin entender una palabra del idioma ni conocer el país. Me acompañaba mi entonces novio, que ya no era seguridad, sino solo un punto de partida.

Deus (Dios)… el simple recuerdo me provocó náuseas.

Mientras reorganizaba los platos bañados en oro en la cocina, no pude evitar pensar que aquel trabajo era como jugar a la ruleta rusa. Un solo error, y casi podía imaginarme vendiendo un riñón para cubrir el desastre…

Una vocecita me sacó de mis pensamientos y me arrancó una sonrisa:

―¡Luna!

Me giré y allí estaba Dustin, con las pecas saltando sobre su nariz y sus mejillas.

―¡Me prometiste que hoy ensayaríamos el baile! ¡Este finde toca sesión cowboy! ―dijo, levantando el pulgar y llevándose la mano a un sombrero imaginario, como si de verdad lo estuviera colocando sobre su cabeza.

Dustin Hans Brauer era la luz que se filtraba entre las sombras de la mansión, un niño de apenas doce años que había aprendido demasiado pronto lo que era la soledad.

Cuando lo conocí, apenas hablaba ni sonreía. Siempre estaba encerrado en sí mismo, como si el peso de su familia lo hubiera aplastado demasiado pronto. Tal vez yo fui su chispa de alegría… y él, sin saberlo, terminó siendo mi refugio.

―¡Luna, ¿me estás escuchando?!

Me quedé observando su carita redonda y sus pecas, embelesada por la mezcla de inocencia y determinación que había en él, y por ese acento alemán tan marcado cuando hablaba español. Él y su padre dominaban ambos idiomas. Al principio me sorprendió… hasta que supe que su madre era española.

Nadie hablaba mucho de Isabella Brauer. Las veteranas del servicio la describían como una mujer fría y calculadora, que se había casado con el señor Brauer por dinero y que nunca había mostrado el más mínimo afecto por sus hijos.

Pero a mí me bastaba con mirar los ojos de Dustin: cristalinos, brillantes, cargados de una tristeza que su corta edad no podía esconder. Sus padres no lo merecían.

Tal vez por eso lo comprendía tan bien. Porque sabía lo que era ser abandonada, aprender a volar sola cuando aún temblabas de miedo. Guardar un fragmento de esperanza en medio del vacío… y aferrarte a él como si fuera lo único que te mantenía en pie.

―Hoy no puedo. Pero mañana te lo prometo… ensayaremos la coreografía entera, paso a paso.

―Vale… ―murmuró, con la decepción dibujada en una mueca.

―No estés triste. ―Le enmarqué el rostro con las manos y fruncí los labios en un puchero.

―No lo estoy. ―Sonrió―. Hoy vuelve mi hermano. Lo he echado muchísimo de menos. Seguro que os llevaréis bien, Luna.

Asentí con los dientes apretados, forzando una sonrisa, mientras su nombre me martilleaba la mente:

Niklaus Johann Derek Brauer… el Príncipe Oscuro de la Mafia Alemana.

No me hacía ninguna ilusión tener a otro mafioso en casa, y menos uno del que el propio personal ya me había advertido: «Mantente alejada de Niklaus».

Decían que su mirada podía congelar el aire a su alrededor, que su voz arrastraba a quien la escuchaba directo al abismo y que su belleza era tan peligrosa como irresistible. Lo habían convertido en un demonio sin cuernos… y lo peor era que yo había empezado a creerlo.

Die Spinnenmafia no era una organización criminal cualquiera. Movían los hilos en la política, en los negocios, en lo legal y lo ilegal. Tenían al país entero atrapado en su telaraña. Y, una vez dentro, no había salida, solo la pérdida de la libertad, la seguridad y, casi siempre… la vida.

Antes de que pudiera rebatir a Dustin sobre lo de llevarme bien con su «querido» hermano, Adelaida, la jefa del servicio, me fulminó con la mirada. Estaba estrictamente prohibido que el personal entablara vínculos afectivos con ningún Brauer… y yo acababa de romper todas las reglas.

Me aparté de inmediato, pero Dustin se tensó a mi lado, como si intentara absorber para sí el peligro que desprendía aquella mujer.

Adelaida se acercó como un espectro amargado, con una escoba que parecía más una varita de bruja que un objeto de limpieza. Me chilló algo en alemán. No entendí casi nada, pero cada palabra sonaba afilada, como si estuviera hecha únicamente para herirme.

Dustin frunció el ceño y se interpuso entre ella y yo. Mi pequeño caballero…

Le respondió en alemán, sin el menor tacto. Adelaida apretó los labios, le dedicó una reverencia rígida y se retiró echando fuego por los ojos, mientras escupía órdenes al personal: las mesas debían montarse en el porche y la decoración quedar lista antes del anochecer.

Solté un suspiro largo y me froté la sien. Dustin tomó mis manos entre las suyas.

―No dejaré que nadie te haga daño. Es una promesa ―dijo con una determinación que no admitía réplica.

―He escuchado demasiadas veces esa frase. Eres un hombre… rara vez cumplís vuestras promesas ―bromeé.

―Yo no soy un simple hombre. ¡Soy alemán! ¡Soy un Brauer!

―¡Peor me lo pones!

Nos reímos juntos.

―In meiner Familie sind Versprechen heilig. Man hält sie bis zum Tod.

Fruncí el ceño, intrigada.

―En mi familia, las promesas son sagradas. Se cumplen hasta la muerte.

―Eso suena muy dramático.

―Lo digo en serio ―insistió―. Aunque todos sean malos, yo no voy a ser como ellos… nunca.

―Lo sé ―respondí, acariciándole la mejilla―. Tú eres especial.

Ladeó la cabeza, dejándose llevar por mi toque.

―Entonces… ¿mañana bailamos? ―preguntó con los ojos brillantes, como si en esa respuesta se jugara toda su felicidad.

Asentí, incapaz de negarle algo así.

―Mañana, cowboy. ―Le guiñé un ojo mientras fingía quitarme el sombrero imaginario.

―No te olvides… ¡o tendré que ponerte una falta!

―¡Qué horror! No me pongas falta, profe Dustin.

Nos reímos de nuevo, pero enseguida sentimos cómo varias miradas se posaban sobre nosotros.

Carraspeé y di un paso atrás.

―Me voy antes de que Adelaida me asesine con la mirada.

―¡Pero mañana ensayamos! ―me lo recordó.

―Te lo prometo…

―He escuchado demasiadas veces esa frase ―repitió con una sonrisa traviesa―. Eres una mujer… rara vez cumplís vuestras promesas.

Dustin lo había dicho en broma… pero yo podía ver más allá. Sus palabras llevaban el eco de promesas incumplidas por su madre, heridas que aún no habían cerrado.

―Yo no soy una simple mujer. Soy española… gallega.

―¡Peor me lo pones!

Las carcajadas volvieron a estallar entre nosotros. Me despedí de él y regresé a mis tareas.